Carne, machismo y dominación: la misma lógica de poder

No es casualidad que la carne haya sido convertida en un símbolo de masculinidad. Durante siglos, la fuerza física y la capacidad de matar fueron elevadas a virtudes masculinas.

Por Isabel Durán Báez | 10/06/2026

Cada vez que se plantea una crítica al consumo de carne, surge la misma reacción: “¿Qué tiene que ver un filete con el machismo?”. La respuesta es sencilla: mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Se trata de entender que la cultura que glorifica el consumo de carne y la cultura que sostiene el machismo comparten una misma raíz: la dominación de los más vulnerables por parte de quienes ostentan el poder.

El patriarcado no es solo un sistema que subordina a las mujeres. Es una forma de entender el mundo basada en jerarquías. Unos mandan y otros obedecen. Unos poseen y otros son poseídos. Unos tienen valor por sí mismos y otros existen para ser utilizados. Esa lógica ha justificado históricamente la explotación de las mujeres, de los pueblos colonizados y también de los animales.

No es casualidad que la carne haya sido convertida en un símbolo de masculinidad. Durante siglos, la fuerza física y la capacidad de matar fueron elevadas a virtudes masculinas. El cazador, el guerrero y el conquistador se transformaron en modelos de hombre. La carne pasó a representar poder, virilidad y control.

Todavía hoy vemos cómo esta asociación sigue presente. Las barbacoas se presentan como rituales masculinos. Los anuncios de hamburguesas apelan a la agresividad y al exceso. Los hombres que rechazan la carne suelen ser ridiculizados como débiles o poco masculinos. Mientras tanto, la empatía, el cuidado y la compasión continúan siendo considerados valores femeninos y, por tanto, menos prestigiosos en una sociedad patriarcal.

El mensaje es claro: para demostrar que eres un hombre debes dominar. Dominar tu entorno, dominar a otros seres y demostrar que no te afecta el sufrimiento ajeno.

Esta mentalidad tiene consecuencias devastadoras. Es la misma que convierte el cuerpo de las mujeres en mercancía para la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler. La misma que transforma a los animales en máquinas de producción encerradas, inseminadas, mutiladas y sacrificadas para satisfacer los deseos de quienes tienen más poder.

En ambos casos encontramos la misma justificación: el fuerte tiene derecho a utilizar al débil. El deseo de unos prevalece sobre la libertad y la integridad de otros.

Por supuesto, la mayoría de las personas que consumen carne no reflexionan sobre estas cuestiones cuando comen. Han nacido en una cultura que normaliza la explotación animal.

Del mismo modo que generaciones enteras normalizaron otras formas de discriminación. Pero la normalidad nunca ha sido un argumento moral.

Las sociedades avanzan cuando se atreven a cuestionar aquello que parecía incuestionable. Hoy cuestionamos la violencia contra las mujeres, la explotación sexual y las desigualdades estructurales. También debemos cuestionar un modelo alimentario construido sobre la violencia sistemática contra miles de millones de animales.

El feminismo ha enseñado que ninguna persona debe ser tratada como un objeto al servicio de otra. Quizá ha llegado el momento de extender esa reflexión más allá de nuestra propia especie.

Porque una sociedad verdaderamente justa no puede construirse sobre la explotación de los cuerpos de las mujeres mientras ignora la explotación de los cuerpos de los animales. Ambas realidades nacen de la misma idea: que algunos seres existen para servir a otros.

Y esa es, precisamente, la esencia de toda forma de dominación.

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