Carne de pega

Por María Villaluenga

Ya es algo habitual encontrar en cualquier supermercado alternativas a la carne y sus derivados, en forma de hamburguesas, albóndigas, bebidas vegetales y cualquier otro producto, hasta hace poco, inimaginable.

Si antes se podía ver como algo estrambótico para «gente rara que comía raro», ahora es de lo más común. Pero el camino hasta aquí no ha estado exento de controversias y posturas enfrentadas.

En el último año han tenido lugar acontecimientos que han vuelto a poner el foco en la carne, su producción y su consumo. 

El principal, omnipresente para todos, ha sido la aún activa pandemia de coronavirus. Numerosos estudios científicos han señalado a los sistemas de producción y el consumo de carne como causantes de esta zoonosis, del «salto» del virus de un animal al ser humano. La ganadería intensiva supone la concentración de miles de animales de la misma especie en un espacio limitado. A su vez, implica la deforestación masiva para establecer monocultivos que alimenten a esos animales. Todo esto destruye la biodiversidad y los ecosistemas, que son la barrera principal para evitar la transmisión de enfermedades entre especies. La COVID no ha sido la pionera. Enfermedades como la gripe aviar o el SARS, entre otras, siguen siendo motivo de preocupación por su capacidad de transmitirse a las personas. Cuando surge algún brote de estos virus, la solución más rápida en tomarse es la de matar a miles de animales de esa especie. Lo hemos visto muchas veces en las noticias. La última, la matanza de todos los visones de una granja de Dinamarca en la que se dio un brote de una mutación del coronavirus entre los animales. De nuevo una granja industrial; de nuevo la masificación de animales destinados a consumo.

Aunque la COVID ha eclipsado prácticamente todos los demás temas, en el mes de octubre, fue noticia durante varias semanas el debate en el Parlamento Europeo de las enmiendas 165 y 171 al reglamento 1308/2013 presentadas por la Comisión Europea, en las que se pedía, respectivamente, la prohibición de emplear nombres que se usan comúnmente para la carne y sus productos en aquellos que no la contengan y, la aún más restrictiva segunda enmienda, el veto de expresiones como “sustituto de” o “parecido a”, entre otras, en alternativas vegetales a los lácteos. Ya estaba prohibido desde 2017 el uso de denominaciones como “leche de soja” o “queso vegano”, pero esta enmienda venía a acabar con toda referencia que pretendiera asemejarse. Uno de los argumentos más repetidos que defiendía estas enmiendas, como el manifestado por la propia industria cárnica, es que el uso de estas expresiones puede causar confusión en el consumidor…

Tras la votación, se rechazó la primera enmienda, por lo que se pueden seguir usando, por ahora, términos como “hamburguesa” o “albóndigas”, entre otros, pero se aprobó la relativa a las alternativas vegetales a los lácteos, haciendo más restrictivo aún el vocabulario a la hora de referirse a esos productos.

Que este debate haya llegado al Parlamento Europeo y hayan manifestado su opinión diversos grupos de interés demuestra que el consumo de alternativas a la carne y derivados ya no es algo anecdótico ni minoritario. Debates como este van alineados con los objetivos de la Unión Europea en el Pacto Verde, para una economía sostenible, y De la Granja a la Mesa, que aboga por dietas saludables y sostenibles que implican una reducción del consumo de proteínas de origen animal. 

Desde hace años, los experimentos para crear carne en un laboratorio, sin tener que recurrir a la producción tradicional, han sido numerosos por parte de diversas empresas. Se logró una alternativa sostenible y ética a partir de células animales cultivadas en un ambiente controlado, algo que reduciría considerablemente el uso abusivo de recursos como agua y campos de cultivo, así como la emisión de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI). 

Y a finales del 2020 saltó la noticia: Singapur es el primer país en aprobar la comercialización de carne cultivada en laboratorio por parte de la empresa norteamericana Just. El órgano regulador, formado por expertos distintos ámbitos de la nutrición y la seguridad alimentaria, dio luz verde para el consumo humano, en concreto, carne de pollo en forma de nuggets.

Un negocio que está en auge y que se extenderá por más países a partir de ahora. En España también contamos con una empresa dedicada a la carne cultivada, BioTech Foods.

Los consumidores de alternativas vegetales a la carne no dejan de crecer. Las grandes empresas lo saben y se están subiendo a este carro: cadenas tradicionales, como McDonald´s o Burger King, ya cuentan en su carta con opciones vegetales. Otra prueba más de que la demanda de estos productos no es algo anecdótico y hay que tenerla muy en cuenta.

Elijamos la opción que elijamos y por el motivo que sea, no podemos ignorar ni negar la relación de la producción insostenible de carne con la mayoría de los problemas que están destruyendo nuestro medio ambiente, y poniendo en serio peligro a muchas especies, demasiadas, entre ellas, a nosotros mismos. Proteger el medioambiente, la salud y el futuro del planeta y de sus habitantes pasa por deducir el consumo de proteínas animales. Su consumo masivo es insostenible, pero podemos hacer algo: aquí he desarrollado solo una pequeña lista de alternativas para todos los gustos.

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