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El libro, como anuncia el título, trata del amor en las canciones. ¿Y qué es el amor? El amor es, sin duda, el gran tema. Del amor, de las cosas del querer, se ha dicho tanto que habría que preguntarse qué es lo que no se ha dicho.
Por Sol Gómez Arteaga | 22/06/2026
“Canciones de amor (levemente) desafinadas” es el nuevo libro de Ignacio Fernández Herrero editado por Eolas. Lo componen ocho relatos y un ensayo. Libro que no llegó en Reyes, no llegó el día que dicen de los enamorados, pero llegó en el mes de mayo, como una lluvia fina, esperada, necesaria que, de a poco, cala hondo.
Con la escritura pulida, exquisita, a la que nos tiene acostumbrados el autor, uno entra en los relatos sin saber a ciencia cierta si lo que pasa en ellos ocurrió de verdad o es puro cuento, pura ficción. Autoficción lo llaman ahora. Intuyo que ambas cosas. Detrás de cada contada me perece entrever el rastro del autor camino Soria y otros caminos perfectamente reconocibles de la comunidad castellano-leonesa que tanto ha transitado en los últimos años de su andadura como presidente de la fundación sindical Jesús Pereda. También están sus gustos, pensamientos, sentires, filias, fobias, convicciones. Y justo porque los que le conocemos un poco sabemos de su convencimiento de que la vida es ficción y juego, entramos en su libro ávidos de saber qué de juego y qué de realidad hay. Pero inmediatamente me digo, ¿qué importa si lo que sucede en las ‘Canciones de amor’ es o no verdad si resulta verosímil, creíble, si está al servicio de cada historia que cuenta? Desde luego lo que sucede en la obra que tenemos delante lo es. Con eso basta.
El libro, como anuncia el título, trata del amor en las canciones. ¿Y qué es el amor? El amor es, sin duda, el gran tema. Del amor, de las cosas del querer, se ha dicho tanto que habría que preguntarse qué es lo que no se ha dicho ¡Cuántos ríos de tinta, canciones, películas y obras de arte en general ha inspirado! Pasión alta que altera el ánimo y exacerba los sentidos; nos hace, como dijo el poeta, atrevernos, desmayarnos, estar furiosos. Puede producir mucho daño si no es correspondido, llevar a enfermar a quien lo padece -de ello dan buena cuenta los estados de melancolía, los delirios pasionales, erotómanos, la celotipia-, e incluso conducir a la muerte. Se habla mucho estos días del síndrome de Takotsubo o corazón roto en relación a la muerte reciente de la activista y dibujante franco-iraní Marjane Satrapi, cuyos síntomas son los mismos que los del ataque cardíaco.
Así nos encontramos que el amor tiene su doble cara o reverso como una moneda, que es la muerte del amor, o desamor, acaso mucho más interesante, amargo, menos edulcorado.
La primera cita del libro “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos” es toda una declaración de principios. La pronuncia Ilsa Lund a Rick Blaine en la película “Casablanca” en el tiempo convulso de la II Guerra Mundial, como convulso es también el tiempo en el que vivimos. El amor en este contexto se convierte en un acto político, un acto de rebeldía, un acto de disidencia, un acto de resistencia poética que, frente al horror y el caos, lleva implícita buena dosis de esperanza.
Con la idea de que el amor conlleva cierta o mucha admiración hacia aquel o aquella que se ama, entramos en el primero de los relatos que tiene como trasfondo el amor cortés -amor idealizado, extramatrimonial y secreto, que surge en el sur de Francia a finales del s. XI como forma de rebeldía frente a los matrimonios arreglados de la época-. Tiene uno de sus exponentes en el romance entre “Abelardo y Eloísa”, cuya conducta reprobable para la época -Pierre Abelard deja embarazada a la sobrina del canónigo Fulberto, a la que instruía- les lleva a una sucesión de desgracias que incluye la lejanía física. Los amantes suplen los encuentros carnales con una correspondencia altamente pasional y prolongada en el tiempo, avivando la llama de una pasión que nunca se extinguirá.
Con otros personajes que llevan el mismo nombre, el autor nos cuenta una historia más moderna que trascurre en la tierra maragata de la Somoza. El Abelardo actual es un filósofo convencido de que para que el amor sea ha de ser imposible. Su esposa Eloísa no comparte esta idea pero, sustentada por la misma, va edificando una historia de mentira. La confesión final hará que el marido comprenda que ella ha asumido el rol que la antigüedad reservaba para los amantes plenos, nos dirá el autor. Y también que no es el tiempo lo que importa, sino la intensidad.
Mucho amor y despliegue de imaginación hay en el relato “Birkin”, que tiene como eje a la musa de la canción, quien con su “Je t’aime…moi non plus” subyugó a toda una generación de la que ni el narrador testigo ni su amigo Santos pudieron sustraerse. Ello les lleva a viajar a París (1982) y perderse en sus agujeros negros para literaturizar la vida hasta límites insospechados con la presencia dudosa del propio Serge Gainsbourg en el mítico cafetín de la Calle la Sal. Tintes de realidad y ficción se dan cita en este precioso relato de espejos y espejismos para poner de relieve esos amores muertos que, como “Les feuilles mortes” de la canción de Yves Montand, nunca acaban de morir.

Al igual que esos loquitos -cuando en el amor no hay locura no es amor, nos dirá Calderón de la Barca- que tocados por la flecha de cupido tatúan sus nombres en chopos centenarios, tenemos la enigmática palabra “Clivus”, que da título al tercero de los relatos, tatuada en el nacimiento del pecho de la procuradora en las Cortes de Castilla y León en la que se fija su empleado y escribidor una tarde de primavera en Puente Requejo, sobre el río Duero. En ese instante de hechizo recibe una confesión y un encargo que cumple con diligencia hasta que, deshecho el sortilegio, se impone la cordura y la sensatez.
Hay también amores que ya desde su nacimiento son imposibles, desdichados y acaban mal. Tal es el caso de “Don Paco”, prometedor cura de pueblo que aspira a ser obispo, y la joven Lola. Aparece como trasfondo en este relato una fuerte presión social entre dos mundos contrapuestos y antagónicos, uno conservador que huele a ajo, a alcanfor, otro que tiene el aroma del romero, la genciana y destila frescura y aires de libertad. Gana la batalla el primero. No sin cierta amargura en el reconocimiento de que acaso el amor significa que alguien te explique el misterio de las plantas y hasta aumente el vocabulario con sus nombres.
El filósofo y músico Simon Critchley en su libro “Apuntes sobre el suicidio” menciona una frase de la epístola de Oscar Wilde “De profundis” escrita en prisión en la que dice: “Amar es dar lo que no se tiene (sino que se necesita) y recibir aquello sobre lo que uno no tiene poder”. Se trata de un ofrecimiento de nuestra falta o carencia a otro ser humano que también está incompleto. Esto conecta con la teoría lacaniana de que el amor no es la fusión de dos mitades ni la complitud romántica, sino el intento de un sujeto por llenar su propia falta estructural.
Critchley nos dirá también que el amor se desarrolla en subjuntivo, “quizá sea, podría ser”, esto es, en la espera, en la esperanza. Y justo bajo ese condicional se desarrolla el único microrrelato del libro que lleva por título “Ella y él”, “¿Y si no funciona?”, pregunta ella. “¿Y si funciona?”, contesta él. Bajo la premisa de la duda apuestan a usa sola carta, se atreven, osan.
Pero no siempre ocurre así. De amores que no se atreven, que no osan, da cuenta el siguiente relato titulado “Julia” en el que la narradora, inmersa en un triángulo amoroso, reconoce haberse quedado atrapada en un baño de la facultad en el que un día experimentó un vendaval de emociones. Presa de esas emociones, que quedaron grabadas en su memoria con huella indeleble, admite su falta de audacia, de perseverancia, su caída en picado hacia la resignación. Al final, con un atisbo de esperanza, la vemos dispuesta a viajar a Soria, mientras de fondo se escucha el disco al que se ha hecho adicta “Julia cambió de pronto el compás” de la Romántica Banda Local.
Tampoco hay valentía en el relato titulado “Patroclo” donde otra narradora, también mujer, en este caso profesora, se pregunta cómo hubiera sido si en vez de rechazar el amor del inspector de educación lo hubiera probado para saber que sabor tenía cuando, al modo de las películas de Rohmer, éste se fijó en su nuca y se produjo un bouleversement o convulsión. Lo que sí sabe es que no dar rienda suelta al deseo la convirtió en piedra de la que ya no se extrae, nos dirá el autor, metal alguno, ni raro ni precioso, y a él en pescado tieso y hundido en el fondo del congelador, mientras el alma, ay, se duele. Esta forma de alejarse de los combates y las dificultades emocionales la contrapone la narradora a la osadía de Patroclo, el amigo fiel de Ulises que en la guerra de Troya viste su armadura y muere, lo que incita al propio Ulises a luchar y ordenar juntar las cenizas de ambos cuando ya solo sean pasto de la nada en una de las formas más sublimes de fusión.
En el último de los relatos de nuevo aparece el juego de espejos al que, a estas alturas, nos tiene acostumbrados el autor, en el que una misteriosa mujer, de nombre Beatriz, como la musa de Dante, aparece y desaparece en un concierto de Nuberu en la cercana Villa de Llanes, dejando en prenda, como ocurre en los cuentos fantásticos, un aro dorado en el dedo anular de la mano derecha de Walter, para enfatizar una vez más que no hay más ficción que la vida ni más vida que la ficción.
El escenario en el que ocurren los relatos está atravesado por paisajes cotidianos, fácilmente reconocibles, en los que siempre aparecen dos personajes principales (a veces tres), un setter, el río Duero, los poetas y poemas de Agustín García Calvo y Claudio Rodríguez, para dejar patente que esos amores que nos parecen únicos, extraordinarios, amores que creemos que solo nos ocurren a nosotros, le ocurren en realidad a millones de personas al mismo tiempo en distintos lugares el mundo. Pues el amor es común y es universal.
Juegan en el libro un papel importante las cartas escritas a mano, con tinta azul o, de forma más prosaica, mediante mensajes enviados por correo electrónico. También la amistad que, como nos dirá el autor, es una forma de amor, las referencias a personajes clásicos de la literatura y, por supuesto, esas canciones que le han conmovido y constituyen la banda sonora de su vida y la nuestra, pues como coetáneos que somos nos reconocemos y participamos de ellas.
Y entre estribillos, cartas, poemas, medias verdades o verdades a medias, paisajes que nos resultan propios, setters que acaso nunca existieron o sí, ¿quién sabe?, aterrizamos en el ensayo “Canciones (levemente) desafinadas” que viene a subrayar con letra grande y en negrita que nuestra educación sentimental está irremediablemente ‘tocada” por la literatura, el cine y, ¿cómo no?, por las canciones que hemos escuchado y que, además, forman parte de nuestro acervo cultural y popular. Esta influencia, nos dice el autor, produce un desafinamiento, una discordancia (de ahí lo de levemente desafinadas) cuando descubrimos que el amor romántico, idealizado que nos vendieron, no es ni tan romántico, ni tan ideal, y, mucho menos, poético o duradero al aterrizar en el erial de la realidad. El autor concluye que, si no hubiéramos sido aleccionados por lo que leímos, visualizamos o cantamos, sin duda amaríamos mejor, de un modo más simple, menos doloroso o frustrante.
También comparte con los lectores el hecho constatado de que en el mundo digital y líquido en el que vivimos las letras de hoy se han simplificado en demasía, lo que le lleva a lanzar una interesante pregunta: ¿Cómo amarán las generaciones futuras?
Fiel a su optimismo templado y, bajo la certeza de que cada época tiene sus usos y costumbres, ni mejores ni peores, augura que en los tiempos futuros también habrá canto. Tal vez canto sobre los tiempos oscuros si estos lo son, añade aludiendo a Bertolt Brecht.
En todo caso siempre quedarán los clásicos (y París, añado yo).
Libro más que recomendable, que entre realidad y ficción nos enseña unas cuantas verdades. Yo me quedo con una. A los amores que tuvimos, que prometieron la eternidad y se quedaron en promesa, a los amores muertos que nunca acaban de morir, les debemos lealtad por lo que un día fueron, pues mientras duraron eran verdad y porque un minuto de amor puede ser una eternidad.
Al fin y al cabo, lo importante es sentir, sentir siempre.
Solo les puedo recomendar que pasen, siéntense, sorpréndanse, emociónense, paren, sigan leyendo. Hagan suyas las canciones.
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