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Campofrío nos intenta vender esta enésima reedición cursi de la «reconciliación transicional» como quien nos ofrece mortadela: empaquetada, barata, lista para digerir sin pensar.
Por Lucio Martínez Pereda | 16/12/2025
El anuncio de Campofrío demuestra la habilidad del capitalismo actual para apropiarse de un grave problema cultural, trivializarlo, revestirlo de emoción patriótica y venderlo envuelto en jamón. La empresa se disfraza de “conciencia colectiva” para hacer creer que el país puede regenerarse en una mesa compartida.
No hay nada inocente en este tipo de publicidad. Es el nacionalismo blando de las grandes marcas: una nostalgia sin conflicto, higienizada. El anuncio nos propone una visión falsaria de la polarización, una simetría de responsabilidades inexistentes, como si no hubiese habido en su origen conocido y demostrado unos sujetos agentes causantes que la ponen en marcha y otros que se limitan a responder.
Esta visión falsaria de una característica histórica es usada para propone la ilusión de una sentimentalidad común en la que consumidores y corporaciones se abrazan comiendo productos del cerdo. Campofrío nos intenta vender esta enésima reedición cursi de la «reconciliación transicional» como quien nos ofrece mortadela: empaquetada, barata, lista para digerir sin pensar. Y ahí radica la trampa: en la operación cultural que transforma un problema histórico y político en el producto emocional de una campaña publicitaria.
Para finalizar: El campo léxico-ideológico del anuncio publicitario se articula así: comida Campofrío – Navidad – reconciliación – Transición – Monarquía arbitral.
Campo frío pertenece 100% a sigma alimentos una empresa de los putos asesinos Judios que financian el genocidio.