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Da igual que sean periodistas, presentadoras o comunicadoras con décadas de experiencia: en las campanadas se las devuelve al mismo lugar de siempre, el del cuerpo disponible para el consumo visual.
Por Isabel Durán Báez | 4/01/2026
Cada 31 de diciembre, millones de personas miran las campanadas como un gesto aparentemente inocente, festivo, casi automático. Pero basta detenerse un momento en quién viste qué y para quién para entender que no se trata solo de celebrar el cambio de año, sino de repetir, una vez más, una coreografía profundamente desigual.
Las mujeres llegan a las campanadas hipervisibilizadas: vestidos ajustados, escotes estratégicos, transparencias, tacones imposibles, cuerpos moldeados hasta la incomodidad. La ropa no es neutra: está pensada para ser mirada, evaluada y comentada. Cada año, antes incluso de escuchar las uvas, los titulares ya están escritos: “arriesga”, “deslumbra”, “sorprende”, “enseña”, “se atreve”.
Los hombres, en cambio, aparecen uniformados en la respetabilidad. Traje oscuro, camisa blanca, zapatos cómodos. Nadie comenta su cuerpo, nadie especula sobre su peso, su edad o su piel. Su vestimenta no está diseñada para atraer miradas, sino para ocupar el espacio con autoridad. Ellos están ahí para conducir, explicar, bromear. Ellas, para adornar el plano.
No es una elección individual
Decir que “ellas eligen vestir así” es una trampa liberal que ignora el contexto. La televisión no es un espacio libre: es un escaparate regulado por el deseo masculino, la audiencia y el mercado. Las mujeres que se salen del guion —que no se ajustan, que no enseñan, que no cumplen— son castigadas: invisibilizadas, ridiculizadas o directamente expulsadas.
El mensaje es claro y persistente: el valor de las mujeres sigue ligado a su apariencia, incluso cuando han alcanzado reconocimiento profesional. Da igual que sean periodistas, presentadoras o comunicadoras con décadas de experiencia: en las campanadas se las devuelve al mismo lugar de siempre, el del cuerpo disponible para el consumo visual.
Edadismo, sexualización y disciplina del cuerpo
Las campanadas también funcionan como un recordatorio cruel del edadismo femenino. Las mujeres envejecen “mal” en televisión. Sus cuerpos deben seguir pareciendo jóvenes, firmes, deseables. Si no lo logran, desaparecen. Los hombres, en cambio, envejecen con prestigio: las canas suman, las arrugas dan carácter, la barriga es irrelevante.
La ropa femenina no solo adorna: disciplina. Obliga a controlar el cuerpo, el movimiento, la postura. Tacones que limitan, vestidos que no permiten comer, sentarse, respirar con libertad. Mientras ellas miden cada gesto, ellos están cómodos, relajados, ocupando el espacio sin fricción.
¿Tradición o resistencia?
Nada de esto es tradición. Es repetición. Y toda repetición puede romperse. La pregunta no es por qué ellas llevan vestidos imposibles, sino por qué sigue pareciéndonos normal. Por qué aceptamos que la última imagen del año refuerce una jerarquía tan vieja como efectiva.
Unas campanadas verdaderamente igualitarias no pasan por cambiar el color del vestido o añadir un discurso vacío, sino por romper el código visual: mujeres vestidas para estar cómodas, diversas, no sexualizadas; hombres fuera del uniforme del poder; cuerpos reales sin castigo mediático.
Hasta que eso ocurra, cada campanada seguirá marcando lo mismo: no solo el final del año, sino la persistencia de un sistema que viste a las mujeres para ser vistas y a los hombres para ser escuchados.
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