Caballo blanco, futuro negro ( II )

Por Daniel Seixo

«El comerciante no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. Mejora o simplifica su mercancía, sino que se degrada y simplifica al cliente.»

El almuerzo desnudo

“Bajo el efecto de las drogas no te importa nada, sólo quieres aislarte del mundo y conseguir una paz interior que no se consigue en el estado normal.”

Kurt Cobain

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En la actualidad, los consumidores de heroína ya no se dedican a aparcar coches en una explanada, ni tampoco piden limosnas a la salida de los supermercados para lograr conseguir un par de monedas para su dosis, ese ya no es al menos su perfil exclusivo. Desde la lacra social que la heroína supuso para toda una generación de jóvenes en los ochenta, el perfil del consumidor se ha ido ampliando poco a nuevos sectores de la sociedad, alcanzando con ello a extractos sociales que hasta este momento se mantenían alejados de una droga relacionada en el imaginario colectivo con la exclusión social y la muerte. La cicatriz de quienes que en los ochenta y en los noventa se vieron abocados a la marginación y la delincuencia por su adicción a los opiáceos, queda hoy lejos para unos nuevos consumidores, que sin saberlo, se asoman a un precipicio demasiado reciente en la historia de nuestro país. El consumo de heroína se encuentra a día de hoy menos vinculada al Pico de Eloy de la Iglesia o a las andanzas del Torete y El Vaquilla que al glamour de Trainspotting o el codiciado Club de los 27, el coqueteo con la heroína no supone sino una evolución lógica del desapego con el sistema, un paso más en el consumo de drogas que se ha convertido en el ocio más accesible de cara a lograr romper con una realidad que no responde a las verdaderas necesidades de toda una generación abocada a la precariedad y la falta de una identidad definida.

La figura de los clásicos narcos gallegos como los Charlines, los Oubiña o Sito Miñanco, no suponen a día de hoy más que difusos reflejos de los protagonistas de una serie de televisión exitosa, basada en un libro que pretendió denunciar la lacra que supuso la droga en la Galiza de los años ochenta y que finalmente, en manos de las grandes plataformas de entretenimiento globales, terminó otorgando al tráfico de drogas que inicialmente pretendía denunciar, un aura de glamour y atracción social que logró transformar a las oscuras figuras que empujaron a la muerte a gran parte de una generación de jóvenes gallegos en antiheroes modernos. Por buenas que fuesen las intenciones iniciales del relato de Nacho Carretero, el tirón televisivo de unos estraperlistas embutidos en camisas estrafalarias, negociando de tú a tú con las redes del narcotráfico colombiano, tenía la partida del relato ganada de antemano ante el sufrimiento y la desgarradora lucha de unas simples madres gallegas por arrebatar de la muerte a sus hijos. Durante toda una década, la figura del narco, sea este Oubiña o el sanguinario Pablo Escobar, se ha propagado y blanqueado de forma global siguiendo los circuitos del ocio irreflexivo. El narcotraficante hecho un producto de consumo.

Cuando hace más de treinta años el arrepentimiento –o más bien el hartazgo tras numerosas estancias en prisión -de un pequeño narco llamado Ricardo Portabales, puso en marcha la primera gran operación policial contra el narcotráfico en Galiza, pocos podrían haber imaginado en las calles gallegas que la Operación Nécora se terminaría saldando con la desarticulación de gran parte de los históricos capos de la droga y con el fin de la impunidad de la que hasta aquel momento los clanes habían hecho gala. La operación encabezada el 12 de junio de 1990 por el juez central de instrucción de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón y el fiscal antidroga Javier Zaragoza tras años de investigación, no solo supuso un mazazo devastador para los clanes del narcotráfico arosanos, sino que marcó definitivamente la toma de conciencia del estado y la sociedad civil sobre la problemática del narcotráfico y sus consecuencias sociales. Pero si bien el operativo policial afectó a estas grandes organizaciones y parte de las rutas establecidas se vieron ciertamente alteradas, en la actualidad y tras años de políticas antidroga erradas y un claro repunte del atractivo social del tráfico de drogas y la figura del narco, según diagnósticos de las propias autoridades europeas, la oferta de cocaína se encuentra en su máximo apogeo de todos los tiempos y la pureza de la droga en nuestro continente ha alcanzado el mayor grado de pureza en la última década.

El barrio grita

El consumidor de heroína ya no se encuentra circunscrito de forma exclusiva al típico condenado en vida que arrastra sus pies por los barrios de la periferia, el nuevo consumidor de H puede ser una ama de casa demasiado presionada por no llegar continuamente a fin de mes, un ejecutivo que tan solo buscaba compensar el subidón de la cocaina a la que ya estaba enganchado con un poco de calma o ese amigo o amiga que comenzó abusando del éxtasis, se pasó al speed y cuando sus nervios ya no soportaban la demencia de sus obsesivos pensamientos, decidió pasarse a algo un poco más fuerte para buscar solamente un poco de silencio. El consumo de drogas legales o ilegales se ha propagado como la pólvora en nuestra sociedad capitalista y la adicción es hoy ya un componente trasversal a todos los grupos sociales.

El adicto a la heroína ya no supone algo alejado de las oficinas y los trajes, los locales de ocio de moda o las comidas familiares en los barrios acomodados de las ciudades. El nuevo consumidor suele iniciarse en su consumo en la veintena y alterna el consumo de heroína con otras drogas. Tanto el antiguo adicto que ha sufrido una recaída o el nuevo consumidor que utiliza la heroína para compensar los efectos de otras drogas como la cocaína, a día de hoy prefieren inhalar la droga. Es como si de esa forma, evitando la jeringuilla, la sensación de enganche quedase más lejana y pudiesen ahuyentar los demonios que en los cercanos años ochenta arrastraron a la muerte a más de 20.000 personas por sobredosis. En realidad, cada calada que llena sus pulmones con el efecto del opiáceo los acerca un poco más al desastre, convirtiéndolos en muertos en vida que durante apenas un par de horas pueden desconectar de sus preocupaciones, desconectar de un mundo en el que no siempre es fácil sobrevivir.

Cuando estás enganchado tienes una única preocupación, pillar, y cuando te desenganchas de pronto tienes que preocuparte de un montón de otras mierdas. No tengo dinero, no puede ponerme pedo. Tengo dinero, bebo demasiado. No consigo una piba, no hecho un polvo. Tengo una piba, demasiado agobio. Tienes que preocuparte de las facturas, de la comida, de algún puto equipo de fútbol que nunca gana. De las relaciones personales, y de todos las cosas que en realidad no importan cuando estas auténtica y sinceramente enganchado al caballo.”, las palabras del escritor escocés Irvine Welsh, puestas en boca de Mark Renton, el personaje principal de su famosa novela, suponen quizás una de las mejores descripciones de los motivos que pueden llevar a una persona a engancharse a la heroína. Vamos, seamos sinceros, cualquiera de nosotros ha buscado desconectar de sus preocupaciones al menos una vez en las últimas 24 horas, simplemente, cualquier de nosotros ha sido consciente de que el peaje de la droga, tarde o temprano acaba pasando factura.

El adicto pensó que podría controlar a la heroína, algo que quizás pudo ser real al principio, pero la adicción es un proceso, una paciente trampa que te permite llevar una vida responsable en los primeros compases de la misma, incluso parecer una persona creativa y con iniciativa. Cuando uno hace un uso esporádico de la heroína, los peligros no solo parecen lejanos, sino que no parecen ciertos, las ventajas de las drogas se imponen sobre los temores y uno puede trabajar, escribir o bailar más y mejor de lo que nunca hubiese imaginado, pero cuando ese consumo no solo no se frena, sino que aumenta exponencialmente, la heroína termina por atraparlos, pasando a convertirse en esclavos de la droga. Cuando uno está realmente enganchado, la próxima dosis, es la única preocupación posible.

Un viejo cuento

La epidemia de la heroína en los años 80 supuso un mazazo social inesperado con consecuencias sanitarias sin precedentes y por ello cambiaría las dinámicas de consumo de drogas durante varias décadas, propagando el miedo a su consumo especialmente de forma intravenosa. Con el tiempo, la cocaína, el hachís y las drogas de diseño sustituirían a la heroína, convirtiéndose en drogas socialmente más aceptadas y con menor mortalidad en su consumo, poco a poco se perdió el temor al consumo de drogas entre la juventud e incluso las series de televisión y todo tipo de ficciones volvieron a glorificar o cuanto menos blanquear la imagen de su consumo. Las drogas regresaron con fuerza si es que alguna vez se habían ido y lograron ampliar su uso a clases sociales que hasta ese momento se habían mantenido alejadas del abuso de estas sustancias, con el tiempo la crisis económica, la adicción y la falta de esperanza, hizo que no fuese necesario nada más para repetir los viejos errores y acercarnos de nuevo a las consecuencias de los mismos.

Actualmente el consumo de heroína supone un gran enigma. Las estadísticas, tal y como sucedió en los ochenta, se muestran incapaces de arrojar luz sobre una realidad que se escapa de los mecanismos de control de una sociedad que nunca se ha interesado demasiado por lo que sucede tras a cortina de la legalidad. El consumo de heroína y la adicción a la misma, tan solo comienza a mostrar su cara al sistema cuando el aumento del VIH, la delincuencia o los adictos en busca de metadona evidencian el cuerpo disfuncional bajo la cara visible de la droga y por ahora, ese no es el caso. Las cifras del Plan Nacional de Drogas y de las autoridades sanitarias aún no reflejan ese aumento del consumo con estadísticas concluyentes, los últimos datos disponibles que datan de 2017 muestran que no existe un repunte del consumo de heroína, solo el 0,6% de la población la ha consumido una vez en la vida y el 0,1% lo ha hecho en los últimos doce meses, el mismo porcentaje que asegura haberlo hecho en el último mes. Tampoco el número de personas que han sido atendidas en Urgencias en relación a esta droga se ha incrementado, de hecho, solo el 9% de las personas que han acudido a las instancias sanitarias para ser tratadas por problemas de drogas lo ha hecho por la heroína, frente al 56,1 % que lo hizo en 1996.

Los datos estadísticos no parecen hablar de un repunte del consumo de heroína, pero al tiempo que los barrios lanzan la voz de alarma, la policía admite que cada vez llegan alijos más grandes procedentes de Afganistán, un país en el que concluida la guerra, la producción de opiáceos se ha elevado de forma descomunal hasta llegar a alcanzar unas 4.800 toneladas en 2015. De 33.212 euros que costaba el kilogramo en 2010, ha pasado situarse en los 32.781, manteniendo en un 40 por ciento su índice de pureza. Por ello, hoy la dosis se puede encontrar en nuestras calles a 10 euros, una adicción mucho más barata que la cocaina e igualmente accesible en las ciudades, gracias al desmantelamiento de los poblados chabolistas que hasta hace no mucho, concentraban gran parte del mercado de heroína en las afueras de las mismas.

Hoy las organizaciones gallegas permanecen siendo fieles aliadas de los traficantes de heroína, desde los comienzos bajo la batuta de Los Charlines, las cosas han cambiado, pero las conexiones con las organizaciones del Este, las viejas rutas de los Balcanes y las nuevas vías abiertas en el norte de África tras las llamadas revoluciones árabes, han provocado que el mercado de la heroína de nuevo amenace a nuestros barrios.

Si en los ochenta las familias y los consumidores se encontraban ante una problemática que desconocían y a la que no sabían como enfrentarse, hoy el repunte en el consumo ha sido inmediatamente detectado por unos barrios que pese a las estadísticas y a la pasividad institucional, saben que se encuentran ante una plaga que ya conocen. La rápida actuación, la prevención y especialmente, el debate acerca de nuestra política en la lucha contra las drogas, suponen hoy las únicas armas para lograr evitar que una vez más, la drogoadicción vuelva a cobrarse la vida y los sueños de toda una generación

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