Borbon go out

Por Puño en alto

El todavía rey emérito, Juan Carlos I, es un presunto corrupto, esto no lo digo yo con maledicencia, lo dice su hijo por escrito, el también todavía Rey de España, Felipe VI, al renunciar a la herencia de su padre al considerar su enorme fortuna de dudosa procedencia y al retirarle como castigo el sueldo de casi 200.000 euros anuales que tenía asignado a través de los presupuestos generales del Estado.

Mientras que la ciudadanía española en estos momentos está ocupada en la lucha contra el contagio del coronavirus COVID-19 y sus consecuencias sociales y económicas, hay quienes están más ocupados y preocupados en salvarse de la quema, no del contagio por el patógeno, sino por salvarse de esa otra quema que supone las consecuencias de lo que se está conociendo de las andanzas del llamado “Campechano”. El gesto del actual monarca de renunciar a su herencia, no es más que un gesto a la desesperada de salvaguardar la honestidad de la corona, ya que en la legislación española no se puede renunciar a una herencia en vida del causante.

Pero el caso del emérito (mejor llamarlo ya como demérito) no es único de conducta reprobable en el seno de la familia real. Un yerno en la cárcel, también por corrupción, una hija salvada in extremis de ser igualmente condenada gracias a una solución imaginativa de la Agencia Tributaria, unos nietos con presuntas conductas nada recomendables en conocidos círculos de la capital, una nuera muy estirada y distante que llamaba Compi Yogui a otro presunto corrupto y maltratador insultando a la vez a los medios de comunicación que se hicieron eco del caso más preocupada en mantener a raya a su suegra, una esposa connivente que no está ni se le espera y un hijo monarca que recuerda al rey pasmado solo ocupado por salvar su culo, conocedor de todo desde hace un año y lo calló, compone junto al crápula padre una realeza a la que a cambio de una vida plácida y cómoda solo se le exigía ejemplaridad y están dando lo mejor de sí para demostrar todo lo contrario.

Unos y otros se comportan en un sentido y en otro a la imagen y semejanza de quien ahora se está confirmando con pruebas y testimonios lo que al parecer se sabía en todos los mentideros dentro y fuera del tendido patrio sobre su disipado comportamiento y sus actividades muy reprobables ajenas de la mera representación del Estado.

Este mayúsculo escándalo, no se puede ni se debe despachar mediante un informe del Servicio Jurídico del Congreso en el cual se dictamina la inviolabilidad de los actos del rey recogida en la propia Constitución para impedir la constitución de una comisión parlamentaria de investigación sobre los hechos denunciados por los medios de comunicación, ni tampoco por una intranscendente administrativa y jurídica manifestación de renuncia a la herencia del presunto disoluto, libertino y calavera rey padre. Se nos quedaría la cara de tonto si vemos que después de todo las únicas beneficiadas de los tejemanejes del demerito son sus conocidas y no tan conocidas amantes.

Si ahora desde todos los ámbitos nos recomiendan que nos quedemos en casa como mejor medida de contención del contagio para no colapsar la Sanidad Pública, me atrevo a exigir que con coronavirus o no, que se vayan y dejen a España y a los españoles a dedicarnos plenamente a afrontar el grave problema actual lejos de escándalos y de conductas éticas y morales reprobables. Pero no sin antes dejar en las arcas del Estado la inmensa fortuna conseguida de forma tan irregular por unos y otros.

Por ello, nada de renuncia intrascendente y sí a una transparente investigación sobre todos los hechos denunciados y a la asunción de responsabilidades en todos los órdenes de quien cometió los presuntos delitos, de quienes lo sabían y callaron y, por supuesto, de quienes lo amparan por una cuestión inadmisible de inviolabilidad.

Sería igualmente inadmisible que tribunales de otros países sean quienes investiguen los hechos y, como ocurrió con la dictadura franquista, en España no se pueda investigar y saber por cuenta propia lo que hay de verdad respecto a la honradez y honestidad en la monarquía borbónica desde su nueva instauración.


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