Baroja siempre tuvo razón

Esta nueva crisis por los incendios nos ha vuelto a hacer testigos del cinismo de nuestros políticos, de esas conductas mediocres que la prosa de Pío Baroja atacó con vehemencia.

Por David Valiente | 3/08/2026

Los recientes incendios que han asolado Madrid, Ávila, Toledo y Castellón han hecho florecer de nuevo los mejores sentimientos de altruismo en la mayoría de las personas, especialmente en los más jóvenes. Ante la crisis han dado un ejemplo de civismo encomiable y han vuelto a demostrar que gracias a ellos, al país le espera un futuro brillante. Sin embargo, también se ha podido comprobar cómo la picaresca y la falta de escrúpulos siguen vivas dentro de nuestra comunidad: es repulsivo encontrar a personas aprovechando las evacuaciones de los pueblos para entrar en las casas desalojadas y arramplar con todo cuanto tuviera algún valor.

Actitudes como estas fueron retratadas en todas sus variantes por la agudeza literaria de Pío Baroja. Sus novelas son un escaparate de lo grotesco y la pendencería; chulos feos sin logros personales haciendo lo que mejor se les da hacer: eludir las responsabilidades laborales y prostituir a sus mujeres por cuatro perras. Pero lo más preocupante de todo esto —asunto que se comprende cuando se profundiza en su obra— es que la sociedad y la administración pública, lejos de sancionar esas actitudes e intentar erradicarlas, las toleran y también llega a premiarlas. Buena prueba de ello, lo encontramos en el hecho de que muy pocos gobernantes españoles se librarían de recibir los peores calificativos barojianos por su comportamiento reprobable. Esta nueva crisis nos ha vuelto a hacer testigos del cinismo de nuestros políticos —no se libra ninguno: ni de la derecha, ni de la supuesta izquierda—, de esas conductas mediocres que la prosa de Pío Baroja atacó con vehemencia.

La normalización de esos personajes esperpénticos y su habilidad para el engaño y la bufonería les ha permitido acceder al hogar donde, supuestamente, reside la soberanía española y lo han convertido en un circo romano, en el cual desde las gradas y el gallinero los mismos borregos mendaces aplauden con fuerza cada “tú más” que pronuncian sus compinches de marrullerías. El propio sistema ha aupado a los Ábalos, a los Aznares, a los Abascales y a los Errejones, políticos que no han tenido escrúpulos a la hora de malversar fondos públicos, llevar a su pueblo a una guerra ilegal, traicionar a España o realizar aquellas prácticas depravadas que sancionaban en el resto.

El sábado, nuestro queridísimo presidente del Gobierno dio un espectáculo bochornoso —personalmente no termino de acostumbrarme a sus sainetes de mal gusto—. Ese mismo hombre que se abrió paso en la política nacional dando zancadillas, prometiendo acabar con los males de la nación y exterminar la corrupción de raíz, se plantó ante el atril y, con una sonrisa sardónica, comenzó a dedicar a la pobre población afectada por las llamas una monserga sobre el cambio climático —fuera de lugar— y recordó lo importante que era un gran pacto de Estado contra la emergencia climática para combatir unos megaincendios que, a juzgar por sus palabras, han venido para quedarse. Por supuesto, evitó las preguntas de los medios de comunicación, no vaya a ser que pudieran evidenciar la escasez de recursos destinados a prevenir y combatir los incendios.

Con esto, no intento negar los efectos nocivos del cambio climático. Cuanto más suben las temperaturas, menos húmedo está el ambiente, por tanto, mayor es la probabilidad de que el campo pueda arder. Pero los incendios no serían tan destructivos si el ganado volviera a pastar por las praderas y dehesas, los cortafuegos estuvieran mantenidos y los bosques limpios de combustibles. La gestión del campo no evitará nuevos incendios, pero muchos de ellos no alcanzarían la categoría seis ni desbordarían las capacidades de extinción de los bomberos y demás cuerpos.

Baroja ya advierte a sus lectores del perjuicio que se genera cuando el caciquismo, la picaresca, la falta de responsabilidad y la decadencia moral se enquistan dentro de la élite política, mientras que la creatividad y la honradez escollan a saber en qué puerto de mar.

¿Soluciones?

A mi juicio, Baroja no ofrece soluciones claras. En El árbol de la ciencia se presentan disquisiciones sobre las dos grandes corrientes filosóficas europeas —el idealismo alemán y el empirismo británico—, pero nada de esto se puede entender como un remedio, ya que no dejan de ser concepciones abstractas con poco recorrido desde una perspectiva materialista. De hecho, la propia pluma de Baroja asesina lo que yo creo que representaba la verdadera solución para España.

Me explico: Andrés Hurtado, el protagonista de la novela, comienza su andadura universitaria sumido en una profunda crisis existencial. Llegará a sentir una repugnancia profunda por la sociedad hasta que el amor se cruza por su camino. Lulú, su enamorada, no representa simplemente la estabilidad; la joven estimula una renovación espiritual profunda en él que lo aproxima a un estado de serenidad incompatible con prácticas deleznables, como la corrupción o la mendacidad. Hurtado termina comprendiendo que la regeneración no depende únicamente de las grandes teorías, sino también de hábitos y responsabilidades cotidianas. Su insistencia en la higiene personal puede interpretarse, en un plano más concreto, como una reivindicación de esas pequeñas acciones que por lo general suelen pasar inadvertidas, pero que llevadas a cabo dentro de una comunidad organizada pueden llegar a suponer la diferencia entre evitar el desastre o caer por el precipicio. Por ello, yo propongo dar un paso, ir más allá: nuestra sociedad necesita una renovación tanto espiritual como intelectual.

Por otro lado, cuando esta crisis acabe, deberíamos hacer algo más que pedir cuentas a nuestros gobernantes —cosa que ni siquiera hemos hecho en desastres anteriores—. Y llegados a este punto es pertinente recordar la malísima imagen que Pío Baroja tenía de una casta política que gobernaba más preocupada en cumplir unas agendas personales que en proporcionar bienestar a sus ciudadanos. La Restauración, periodo que abarca una buena parte de la producción literaria y periodística de Baroja, estuvo sustentada en un sistema turnista. El modelo era simple: liberales y conservadores se turnaban en el poder de manera pacífica, gracias a un pacto previo entre ambos partidos. Todos salían ganando, supuestamente. El país alcanzaba la estabilidad institucional y cada grupo político conseguía su cuota de poder.

¿Os recuerda a algo?

Salvando las distancias, la Constitución del 78 ha establecido unas dinámicas parecidas. Desde que la democracia regresó a España, los únicos que se han alternado en el poder han sido los herederos de los vencedores y los perdedores de la Guerra Civil. Los procesos electorales han sido limpios, pero la falta de alternativas en estos cincuenta años ha conseguido crear un ambiente endogámico casi idéntico al que se vivió a finales del XIX y principios del XX. Esto hace que los dos partidos políticos se sientan cómodos en su posición dominante debido a la reducción de la competencia, lo que repercute en menos incentivos para la innovación, facilita el reparto de los organismos públicos, polariza el cuero social y estimula la desafección ciudadana.

Sin esa sangre nueva será muy difícil erradicar la corrupción de nuestro sistema —PP y PSOE compiten para superar al otro en corruptelas—. Las escisiones partidistas tampoco han ayudado a mejorar el panorama. Por el contrario, solo han contribuido a profundizar en la atrofia política y está llevando el revanchismo hasta puntos insospechados. Necesitamos ya recuperar la creatividad que se localiza en los márgenes, impulsar a candidatos con ideas renovadas sobre lo que puede llegar a ser la democracia.

En conclusión, Baroja comprendió que ningún país puede regenerarse mientras premie al pícaro antes que al honrado. Un siglo después, seguimos sin preguntarnos si estamos recompensando a las personas correctas. Si continuamos encumbrando al oportunista, al cínico y al mediocre, toda reforma que se emprenda quedará inconclusa. Si, por el contrario, aprendemos a exigir responsabilidad a quienes gobiernan y a ejercerla nosotros mismos, entonces quizá descubramos que el mejor homenaje a Baroja no consiste en leerlo, sino en dejar de parecernos a los personajes que creó.

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