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El mecanismo de transmisión es esencialmente oral y performativo. El bar funciona como un espacio de catarsis gregaria donde el discurso de odio se legitima mediante el humor, la exageración y la complicidad grupal.
Por Lucio Martínez Pereda | 25/11/2025
La historiografía española ha prestado escasa atención a los espacios informales de socialización política en la democracia posfranquista. Mientras se han analizado exhaustivamente los mítines, los medios de comunicación y las redes sociales como vectores de radicalización, el bar -institución secular de sociabilidad en España- ha permanecido en un extraño limbo académico: demasiado cotidiano para merecer estudio, demasiado evidente para requerir explicación. Sin embargo, la observación y un análisis comparativo con períodos anteriores revelan que el bar español constituye, desde al menos la segunda mitad de la década de 2010, uno de los principales espacios de normalización de discursos de ultraderecha con claros rasgos neofascistas.
No es la primera vez que el bar cumple esta función. Durante la Segunda República, los cafés y tabernas fueron centros de reclutamiento y propaganda tanto para la CEDA como para la Falange.
Los cafés -como el Café Lion d’Or o el Nuevo Club en Madrid, o el Café Suizo en muchas capitales de provincia- eran lugares habituales de reunión de los cedistas y de las Juventudes de Acción Popular (JAP). Las JAP organizaban frecuentemente mítines-relámpago y actos de propaganda en la calle que empezaban o terminaban en cafés cercanos. El famoso grito “¡Jefe, jefe, jefe!” de las JAP nació en gran medida en ese ambiente semiformal de café y cervecería.
La Falange hizo del café y de la taberna un espacio de reclutamiento. El Café Lyon, el Café Pombo, el Café Regina o la cervecería Santa Bárbara en Madrid eran puntos habituales de reuniones y estudiantes falangistas. El propio José Antonio Primo de Rivera frecuentaba el Café Lyon y la Gran Peña, y muchos de los primeros militantes (Ruiz de Alda, Sánchez Mazas, etc.) se reclutaron allí. En provincias, las primeras reuniones falangistas se hacían bares y tabernas de barrio. El ambiente de violencia política de 1934-1936 hizo que muchos de estos locales se convirtieran también en lugares donde se organizaban las “patrullas” de acción o se repartían pistolas.
El bar, como lugar de encuentro intergeneracional e interclasista, permite la transmisión oral de relatos antidemocráticos sin los filtros que sí operan en entornos laborales, educativos o familiares más vigilados.
La ausencia de una condena social unánime al franquismo y la pervivencia de tópicos como «con Franco se vivía mejor» o «antes había orden» constituyen un sustrato ideológico que el discurso neofascista actual no necesita crear: basta con reactivar. El bar, al carecer de moderación institucional y operar bajo códigos de masculinidad tradicional («aquí se habla claro»), facilita la reactivación de estos tópicos sin el costo reputacional que conlleva expresarlos en otros contextos.
El mecanismo de transmisión es esencialmente oral y performativo. El bar funciona como un espacio de catarsis gregaria donde el discurso de odio se legitima mediante el humor, la exageración y la complicidad grupal. La risa compartida ante el chiste racista o la broma sobre «fusilar a veintiséis millones» cumple la misma función desensibilizadora que en los años treinta cumplían las caricaturas que animaban al golpe de estado
El bar, como lugar de consumo alcohólico y desinhibición controlada, reduce los mecanismos de autocensura y permite que los discursos de odio puestos en circulación por la ultraderecha se traduzcan en un enunciado que -repetido con suficiente frecuencia- se convierte en un recurso de vinculación emotiva relacionado con el placer y en consecuencia difícilmente neutralizable por la razón
La imagen captura de video que encabeza el texto es Casa Olga: una marisquería ubicada en A Garda, Pontevedra. En este local se exhiben múltiples retratos y fotografías de Francisco Franco en las paredes del comedor: Franco con uniforme de capitán general, Franco sentado en su despacho de El Pardo, Franco en familia. Tiene un “altar» dedicado al dictador que se acompaña con fotografías y eslóganes de miembros del Partido Popular. La dueña, Olga, lleva un reloj de pulsera con los colores rojigualdos de la bandera de la dictadura española. Se describe el local como un lugar donde entusiasmadamente «se canta y se celebra con consignas preconstitucionales». En ocasiones, cuando el alcohol ha circulado en abundancia y los comensales están medio borrachos la propietaria se pasea entre las mesas cantando el himno fascista para animar a los asistentes a corear la canción falangista.
Este texto es la continuación del artículo publicado el 19 de noviembre del 2024 en NR Bares y ocio neofascista en España.
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