Aunque seas rara y seas pájaro

Por Daniel Seijo

A tempo de tentar a principal caída
despóxome da gloria e da semente de riqueza.

«Aunque seas rara y seas pájaro» de Lúa Mosquetera, es el segundo libro de una poeta. Hasta ahí todo normal, quizás lo sorprendente es que esa poeta sea también la Directora editorial del libro, la camarera del bar del pueblo de al lado, la chica con esos tatuajes de la vieja escuela tan bien trabajados, el amor inconfesable de un viejo amigo, la persona que con un solo poema levantó la mala noche de más de una compañera o aquella escritora joven y valiente que sin saberlo, te hizo llorar y poner los pelos de punta con alguno de sus textos. Y eso no es tan normal, porque la poesía se supone algo muerto, algo ya pasado de moda, arcaico incluso, ¿para qué leer poemas cuando con apenas el graduado escolar, unos bíceps / tetas bien marcadas y un match efímero uno puede preocuparse únicamente por el sabor de los condones? ¿Para qué soñar? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué dejar en el papel el alma, el llanto, la risa y la melancolía? En definitiva, ¿para qué escribir?

La respuesta que les ofrezco: pues para descubrir cosas como este «Aunque seas rara y seas pájaro» de Lúa Mosquetera. Para saber que a pesar de los imbéciles, existen poetas ahí fuera y son realmente fuertes, resilentes  y talentosas. A través de sus páginas y sus latidos, Lúa habla de política sin nombrarla, lo hace como solo puede hacerlo una persona que sabe y siente las injusticias y conoce que las necesidades y el valor necesario para superarlas, nos habla de feminismo, sin complejos, sin tostones, sin miedos. Porque bailar reggaetón, el sexo oral, sentirse poderosa, hermosa o tremendamente fea, puede ser lo más empoderante del mundo cuando ante los prejuicios y los juicios de valor de la sociedad, gritas «¡A la mierda!«. Cuando la verdad sangra, cuando la verdad ríe, cuando la vida llora y se corre, grita y se enfada, pide perdón y se enamora. Cuando los pelos se ponen de punta con algún detalle realmente hermoso, resulta que no existe mayor placer que lograr transformar el mundo en arte. Y eso, arte, es lo que es la poesía de Lúa. Arte y revolución, revolución interior que nace del pecho de esa camarera a la que más de un gilipollas seguro le ha mirado las tetas mientras pedía en la barra sin llegar o ni tan siquiera querer imaginar lo que latía ahí dentro y a la que algún otro victimizó o culpabilizó antes de dejarla, antes de marcharse… Porque también a las poetas, también a los pájaros, los dejan de esa forma, intentando cortar sus alas. 

Resulta hermoso que una poeta esté ahí para ver lo bello, pero también para relamerse sus heridas y con los restos de su saliva y la de tantos otros, lograr transformar el dolor, el daño, en algo tan bello. Papel y tinta, dolor y tiempo, materia prima que todos en nuestras vidas acumulamos y que solo quienes realmente se desnudan ante el espejo son capaces de transformar en algo que realmente valga la pena que prevalezca en el tiempo. Los nuestros se van. Lo sabe Lúa, joder que si lo sabe. No puedo ni imaginarme como debe llegar a escocer el sonido de la última tecla cuando uno la golpea diciendo adiós, hasta pronto, hasta el próximo poema, a quién debiera de seguir tan cerca, quién sigue tan dentro. Por ello también la admiro, por lograr revivir a su madre en un folio en blanco, eso que tanto tememos los escritores, especialmente cuando nos enfrentamos desnudos ante el paso del tiempo. Y me imagino a su madre, sin conocerla de nada, sin haberla visto en mi vida, sin tan siquiera tener una idea fiel de ella, pero me la imagino en alguna ventana, con los pies descalzos, dando la bienvenida a un eterno verano y sonriendo con un cigarro en la mano, mientras elegantemente, pero sin pretender que para nada sea así, en la otra sostiene el folio que su hija ha transformado en un jodido poema. Sí, en un jodido poema cuando se supone que la poesía debería estar muerta, pero ella lo ha hecho, devolviéndole con ello vida, la vitalidad de la juventud y toda una eternidad por delante… A ella, que se suponía también debería estar muerta, pero a quién el talento y la cabezonería de una joven poeta de Miño, le ha devuelto a la vida por un instante. Y eso que imagino, supongo que lo sabes perfectamente Lúa, termina con una calada al viento y la imagen de una madre profundamente orgullosa de la fuerza, la determinación y el talento de su hija. El talento de una verdadera poeta.

Yo agradezco a Lúa que se desnude para nosotros en este libro, le agradezco que me enseñe lo bonito de cagar con la puerta abierta y que siga siendo rara y pájaro a pesar de los imbéciles. Este libro os removerá por dentro, eso, os lo aseguro. No soy crítico literario, ni falta ninguna que me hace, no voy a hablaros de métrica, alegorías y mierdas de esas que si bien son importantes, tienen en esto que os estoy contando la misma importancia que las clases de sexualidad o el porno cuando realmente en tus ojos y en los suyos el sexo cobra un nuevo sentido, distinto a todo. De los que yo os estoy hablando, no se pueden dar lecciones prácticas o consejos, simplemente uno debe de comprar este libro, buscar su hueco y devorarlo. Devorarlo como yo, que no he podido seguir el consejo de Lúa y de tener abierto la primera página en el baño, estoy seguro de que las piernas se me abrían dormido y tarde o temprano alguien hubiese llamado a la puerta para saber si ha pasado algo conmigo. Lo siento Lúa, pero no he sido capaz de soltarlo una vez he abierto tu libro. Prometo que seguirá ahí para volver una y otra vez sobre sus páginas cuando la vida se enfade conmigo, pero también cuando quiera ver lo bonito de una tarde de resaca o pensar en esas fotos que tus padres te sacaban para que lograses entender que el enfado, la tristeza o la propia vida, es tan efímera que no vale la pena perder el tiempo por nada, ni por nadie. No al menos por aquellos que no entiendan la necesidad que el poeta tiene de abrir sus alas. 

El libro de Lúa es una pluma desprendida de una poeta que aprendió a volar, no sin dificultades, ni la amenaza del suelo, pero que de todas formas, logró desplegar sus alas. Y eso, señores míos, es la prueba más irrefutable de que la poesía no ha muerto. Todavía sigue viva. Y pueden estar ustedes seguros de que eso seguirá siendo siempre así, mientras existan personas que cagan con la puerta abierta.

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