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Conversamos con María sobre las condiciones en las que trabaja como agricultora y cómo lo compagina con las tareas cotidianas.
Por Isabel Durán Báez | 20/02/2026
María tiene 56 años y lleva toda la vida trabajando tierras y un huerto en un pequeño municipio del interior. Sin embargo, ni la titularidad ni las decisiones económicas principales están oficialmente a su nombre. Conversamos con ella para que nos explique su situación.
¿Cómo te defines?
Me defino como agricultora, aunque en los papeles no conste así. Llevo toda la vida trabajando en el campo y en mi huerto, pero oficialmente yo “ayudo”. Esa palabra la he escuchado demasiadas veces.
¿Las tierras están a tu nombre?
No. Están a nombre de mi marido y parte vienen de su familia. Siempre se hizo así. Yo he trabajado igual, pero la titularidad nunca fue una opción real cuando empezamos.
¿Quién toma las decisiones económicas?
Las decisiones importantes las toma él. Las hablamos, claro, pero la última palabra la tiene quien figura como titular. Cuando hay que firmar papeles, es su nombre el que aparece.
¿Cómo influye eso en tu autonomía?
Influye más de lo que parece. Aunque trabajes todos los días, saber que legalmente no es tuyo cambia la sensación de seguridad. No es lo mismo decidir que opinar.
¿Te planteaste alguna vez pedir la titularidad compartida?
Cuando se empezó a hablar más del tema, sí lo pensé. Pero a nuestra edad ya parecía complicado cambiarlo todo. Además, muchas veces estas cosas generan tensiones en casa, y no siempre una está en posición de abrir ese conflicto.
¿Cómo se reparten los cuidados en tu familia?
Como en casi todas las casas de mi generación: los llevo yo. He trabajado en el campo, he llevado la casa, he cuidado hijas y ahora mayores. Él «ayuda» más que antes, pero la organización sigue siendo cosa mía.
¿Has renunciado a algo por esa doble carga?
A mucho tiempo propio. A formarme más. A participar en asociaciones. El campo no tiene horarios y la casa tampoco. Cuando terminas una cosa, empieza la otra.
¿Te has sentido limitada por ser mujer?
Sí. Sobre todo cuando era joven. En las herencias casi siempre se pensaba antes en los hijos varones. Y aunque tú trabajes igual, parece que el hombre es el que “lleva la explotación”. Eso pesa.
¿Hay mujeres en espacios de decisión en tu entorno?
Muy pocas. En cooperativas y comunidades de regantes casi todos son hombres. Las mujeres estamos, pero detrás. Y muchas ni siquiera figuran oficialmente como agricultoras.
¿Qué dificultades específicas enfrentan las mujeres rurales?
La invisibilidad. Porque trabajar, trabajamos. Pero no siempre cotizamos, no siempre figuramos, no siempre decidimos. Y eso tiene consecuencias en la jubilación, en la independencia y en el reconocimiento.
¿Qué es lo que nunca se cuenta sobre las mujeres rurales?
Que sostenemos el campo sin que se nos nombre. Que muchas explotaciones no saldrían adelante sin nuestro trabajo. Y que no queremos que nos llamen “ayuda familiar”; queremos que se reconozca que somos trabajadoras.
¿Qué tendría que cambiar para las mujeres jóvenes?
Que desde el principio pongan las cosas a su nombre también. Que no acepten quedarse fuera de los papeles. Porque luego pasan los años y ya es más difícil reclamar.
Si pudieras decir algo a quienes hacen las leyes, ¿qué sería?
Que faciliten de verdad que las mujeres figuren como titulares. Que informen, que acompañen, que no lo dejen en un papel que nadie entiende. Y que piensen en nosotras cuando hablan del campo.
Para terminar, ¿qué significa dignidad para ti?
Que mi trabajo cuente. Que no sea invisible. Y que cuando yo falte, nadie diga que solo ayudaba. Porque yo he trabajado toda mi vida.
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