Asier Aldea: ‘La policía marroquí en El Aaiún nos dijo que éramos personas no deseables y nos mandaron a Agadir’

Entrevistamos al periodista Asier Aldea, quien fue expulsado por el régimen marroquí por tratar de documentar la realidad del pueblo saharaui.

Por Héctor Bujari Santorum | 22/03/2025

Hace un mes, el periodista navarro Asier Aldea y el youtuber Rama Jutglar fueron retenidos en el aeropuerto de Casablanca durante más de diez horas antes de poder abandonar Marruecos. Ambos se habían desplazado al país para documentar la realidad de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.

Esta entrevista con Asier Aldea, quien vivió en primera persona esta experiencia, ofrece un relato detallado de los momentos más críticos de su viaje y el seguimiento a los que fueron sometidos.

¿Cómo surgió la idea de realizar este viaje a los territorios ocupados?

Bueno, la idea no fue mía, sino de el youtuber Rama, del canal Ramilla Aventura. Nos conocimos el año pasado en los campamentos de refugiados saharauis, cuando yo estaba con una beca del Gobierno de Navarra para ayudar a una ONG en comunicación y como reportero freelance. Durante esos seis meses, con motivo del Sahara Maratón, conocí a Rama, quien venía a conocer un poco los campamentos y el Sahara Maratón. Ahí nos conocimos e hicimos buenas migas.

A finales de enero, me escribió un mensaje diciéndome que el activista Taleb le había planteado la idea de ir a los territorios ocupados por Marruecos, también relacionado con el hecho de que Ryanair había abierto un vuelo directo Madrid-Dajla a principios de enero. Rama no quería hacer este viaje solo, sino acompañado de alguien, preferentemente un periodista, y me preguntó si estaba interesado. Yo había estado un tiempo en los campamentos informando sobre lo que está ocurriendo en esta parte del mundo, así que dije que sí. Ese fue, en parte, el motivo. Él me lo propuso y me pareció una buena idea para contar lo que ocurre con la población saharaui en los territorios ocupados.

¿Encontrasteis muchas dificultades al llegar? ¿Podíais moveros con libertad o tuvisteis muchos problemas?

Sorprendentemente, uno de los temas que más dudas nos generaba, tanto a Rama como a mí, era si tendríamos una posibilidad real de poder entrar en Dajla. Habíamos visto casos de periodistas que habían sido deportados, como el de Francisco Carrión, quien ni siquiera pudo salir del avión. Teníamos dudas, pero, para nuestra sorpresa, cuando aterrizamos en Dajla no tuvimos ningún problema. Hicimos el control de pasaporte, nos hicieron preguntas rutinarias sobre a qué íbamos, y dijimos que íbamos como turistas. No nos plantearon ningún inconveniente. Después de eso, salimos del aeropuerto normalmente y comenzamos a recorrer la ciudad sin problemas. Sin embargo, encontramos el caso de una familia saharaui que denunciaba la desaparición de un familiar desde hacía tres años. Hablamos con ellos, nos contaron su caso, les entrevistamos, Rama grabó para su video y yo tomé fotos para el reportaje.

Al cabo de una hora o hora y media, cuando Rama fue a un cajero a sacar dinero, nos abordó un grupo de policía marroquí vestida de paisano, los «secretas». Nos pidieron el pasaporte, nos dijeron que estuviéramos tranquilos, que era un control rutinario y que todo estaba bien. Ese fue el primer momento en que surgió el primer inconveniente.

¿Desde ahí empezasteis a sentiros vigilados? ¿En qué momento tuvisteis la sensación de estar siendo vigilados?

Nos pidieron los pasaportes y nos preguntaron qué íbamos a hacer. Nosotros les dijimos que teníamos un viaje en autobús a El Aaiún porque queríamos conocer la zona. En realidad, teníamos una reunión preparada con una activista saharaui y habíamos acordado encontrarnos ahí, pero, por supuesto, no íbamos a decirles eso. Les explicamos que queríamos conocer El Aaiún, y ellos dijeron que les parecía «perfecto». Nos pidieron que les diéramos el billete para confirmarlo, y nos sacaron fotos, lo que nos pareció sospechoso. Después de ese momento, nos dio la sensación de que una de esas personas nos estaba siguiendo. Ya en la cena, en el restaurante, teníamos la sospecha de que nos iban a deportar en El Aaiún. Creíamos que había una posibilidad de que lo hicieran. Teníamos dudas; pensábamos que, tal vez, sí nos dejarían estar en El Aaiún, pero que, en el momento en que detectaran algo raro, nos mandarían de vuelta a casa.

Esa noche, pasamos por varios controles. Rama también me lo explicó; al final, éramos dos extranjeros viajando en un autobús de noche. En cada control, nos veían la identificación, nos pedían el pasaporte para revisarlo, no sabíamos bien qué hacían, pero seguimos el camino.

A las siete de la mañana, por fin llegamos a El Aaiún. Allí, varios policías vestidos de paisano no nos dejaron bajar del autobús, nos dijeron que éramos personas no deseables y que teníamos que irnos. Nos cogieron dos billetes y nos mandaron a Agadir. Fue un viaje de 20 horas; desde El Aaiún a Agadir eran 10 horas más en autobús. Teníamos la sensación de que había varias personas, o al menos una, del autobús compinchada, que nos estaba vigilando. Cuando bajábamos para repostar, comer o ir al baño, sentíamos que alguien nos estaba siguiendo y se aseguraba de que continuáramos en el autobús.

Cuando entramos en Marruecos, ya no se subió ningún policía para pedirnos los pasaportes; pasábamos los controles sin más. Yo vi a un policía grabando el recorrido del autobús, con una cámara grande, de esas de televisión, con trípode. Teníamos dudas de si en Agadir nos iban a deportar o si nos dejarían a nuestro aire, ya que nos habían deportado de El Sahara Occidental. Para nuestra sorpresa, en uno de los últimos checkpoints, fue muy descarado. Estábamos al fondo del autobús y la policía marroquí fue directamente a por nosotros. Había un grupo de policías uniformados. Empezaron a hacer llamadas, que vimos a través de la ventana, estaban informando que estábamos llegando a Agadir.

En Agadir, para nuestra sorpresa, fue muy evidente que había un grupo de personas siguiéndonos, a la espera de que bajáramos del autobús. Cuando finalmente bajamos, nadie se nos acercó ni nos explicó que estábamos deportados, no recibimos ningún tipo de información. Sin embargo, nos estaban siguiendo. Una persona nos sacó una foto estando a diez metros de nosotros, y se le veía claramente. Cuando cogimos el taxi, una persona vestida de negro habló con el taxista para saber a dónde íbamos. Luego, una furgoneta arrancó al mismo tiempo que nosotros y siguió al taxi hasta el hotel.

Hablamos con Taleb para explicarle la situación y que nos orientara un poco. Nos dijo que la deportación se oficializaría por la mañana. Desayunamos tranquilamente y, con el paso de las horas, vimos que no se producía la deportación. En resumidas cuentas, estuvimos pensando qué hacer. Ya que estábamos allí, intentamos contactar con unos estudiantes saharauis que vivían en Agadir.

La sensación de que podíamos movernos libremente por la ciudad se desvaneció en el momento en que salimos del hotel para entrevistar a estos chicos. Ahí tuvimos el momento más «peliculero» o de seguimiento: una furgoneta nos seguía por la noche. Si nos metíamos por una calle, la furgoneta se metía también. Si parábamos, paraban. Si dábamos la vuelta a una rotonda y volvíamos por el mismo sitio, la furgoneta también lo hacía. Nos dimos cuenta de que nos estaban siguiendo.

Cuando llegamos a la cafetería en la que habíamos quedado, el coche estacionó frente a la puerta. Durante todo ese día intentamos volver a Dajla y decidimos ir por avión. Hicimos escala en Casablanca, y de Casablanca a Dajla. También nos siguieron hasta el aeropuerto, pero ya una vez dentro, no nos dimos cuenta de que nos estuvieran espiando ni nada. Cogimos un avión normal y sin ningún inconveniente hacia Casablanca.

En Casablanca fue donde se produjo todo el incidente de la requisición del pasaporte: estuvimos 11 horas sin él, y finalmente nos informaron de que teníamos que ir a Madrid. Ese es un poco el resumen sobre la sensación de seguimiento que tuvimos a lo largo del viaje.

Un detalle importante es que, en El Aaiún, se hizo muy evidente que nos habían investigado. En mi caso, sabían que había estado trabajando en Tinduf, y a Rama también.

¿Ha habido alguna reacción política o diplomática en España tras el incidente que habéis tenido?

Nosotros, después de esas 11 horas en el aeropuerto de Casablanca, aproximadamente desde que nos requisaron el pasaporte, fuimos recibidos en la puerta de embarque por el cónsul español en Casablanca, a quien le explicamos lo sucedido y nuestras quejas. Él nos dijo que había sido un hecho grave y que lo valorarían en el consulado, tomando alguna decisión al respecto. De momento, no sabemos nada. Tampoco creo que se pongan en contacto con nosotros, ya que somos solo un caso más de, al menos, 10 personas que han sido deportadas de los territorios ocupados del Sahara Occidental.

Es cierto que a nivel de Navarra se ha hecho bastante eco de la noticia y también, en menor medida, a nivel nacional. Se me planteó la posibilidad de ir al Parlamento, y algún grupo político me ha mostrado su apoyo. Pero, en general, a nivel de consulado o de altas esferas, creo que no ha habido movimiento; al menos, no se nos ha comunicado nada.

¿Habéis percibido algún tipo de reacción política en Marruecos a raíz de este caso o de la publicación posterior del contenido?

No, una cosa que nos sorprendió fue que, en primer lugar, ya nos avisaron antes de irnos de Casablanca. Nos dijeron en el aeropuerto que no íbamos a poder volver al Sahara Occidental, pero que a Marruecos sí podríamos regresar. En cuanto a Marruecos, creo que han intentado una nueva forma de disuasión, ya que los casos anteriores habían sido bastante sonados. Lo que querían era intimidarnos hasta cierto punto para que nos fuéramos y que no quedara registrado nada.

A raíz del video que grabamos para Instagram, en el que explicamos el caso, y que también fue resubido, vimos que había muchos mensajes de odio, de apoyo a Marruecos, diciendo que les parecía muy bien lo que estaban haciendo, que algo habríamos hecho, que esto debería hacerse en España con los migrantes: que se paguen el billete y se les deba deportar. Hemos notado que, a nivel de redes sociales, ha habido muchos mensajes tanto de apoyo como de denuncia, señalando la situación de que Marruecos no permite que comunicadores y observadores internacionales acudan para conocer lo que están haciendo.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.