Armenia a través de la mirada de José Antonio Gurriarán

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Por Angelo Nero

Mi viaje a Armenia, como todos los viajes interiores, que ahondan en la geografía más profunda de nuestros anhelos, comienza muchos años antes de este día –quizás la primera vez que escuché, en aquella aula de francés del instituto Alexandre Bóveda, la canción “Il sont tombés”, de Charles Aznavour-, en el que un avión de Air France nos llevara desde Porto a París, en la primera etapa de nuestro viaje al Cáucaso. Quizás comenzó en 1980, cuando una bomba estalló en la Gran Vía madrileña, y despertó en el adolescente curioso y rebelde que yo era entonces (y que en cierta manera sigue habitando en mí), un interés incipiente por los motivos y los orígenes de la causa armenia – junto a otro puñado de luchas de liberación que, en esa década, estaban de rabiosa actualidad, como la palestina o la saharaui, la namibia o eritrea, nicaragüense o la salvadoreña-. Todavía no había leído al periodista José Antonio Gurriarán (O Barco de Valdeorras, 1939), ni me sonaba el nombre de Monte Melkonian -Մոնթե Մելքոնյան, en armenio- (Fresno, California, 1957-Mərzili, Artsakh), el primero víctima del atentado y posteriormente gran divulgador de la historia armena; el segundo dirigente del ASALA (Armenian Secret Army for the Liberation of Armenia) y héroe de la guerra del Alto Karabaj, e instigador de las explosiones de Madrid, pero cuando repasaba entonces el mapa de las naciones sin estado europeas, en el extremo oriental, ya en Asia, palpitaba una gran extensión ocupada por Turquía y por una república soviética cuyo nombre pasó a formar parte de mi imaginario particular: Armenia.

Por esto comencé el viaje, haciendo uno de regreso al que era entonces, volviendo a las páginas del libro iniciático de Gurriarán, “Armenios, el genocidio olvidado” (Espasa Calpe, 2008), avanzando en su lectura mientras la aeronave de bandera francesa surcaba los cielos de la península ibérica, haciendo burla de las fronteras, y volvía a encontrarme con los testimonios de aquellos que sobrevivieron a las matanzas del ejército otomano, de las que ahora se cumplen cien años. Quizás los rostros de los que sufrieron aquel holocausto fueron los que me aparecieron en sueños en la víspera, e hicieron que durmiera por fascículos, hostigado por fantasmas tan terribles como Enver Pachá o a los falangistas que, veinte años después del genocidio armenio, quisieron emularlo en nuestra tierra, llenándola de fosas comunes, de hambre, miseria y terror.

El periodista José Antonio Gurriarán, subdirector entonces del diario Pueblo, describió en “La Bomba” (Planeta, 1982), aquella explosión que le cambió para siempre la vida y lo llevó, sin quererlo, a abrazar la causa armenia, la misma que guiaba a los autores del atentado:  “la primera explosión, cercana, que, como un vendaval me impulsó Gran Vía abajo, la gente que corría y gritaba  “¡Ha sido una bomba¡ ¡ha sido ETA¡” el hongo gigantesco de humo espeso, dos niñas y un hombre tendidos en  el suelo y ensangrentados, junto a las oficinas de TWA. La gente corre, la policía acordona el área, no me dejan pasar y  busco una cabina telefónica para avisar a Pueblo y pedir que enviaran un fotógrafo. El teléfono no funciona y, en busca de otra cabina, me reincorporo a la riada humana empujada por el pánico y por la policía que trata de ordenar el caos. Cruzo la calle de los Reyes, hacia una cabina que diviso en la Plaza de España, marco el teléfono del subdirector del turno de noche del diario, Antonio Alfaro, y esta vez tengo suerte. “Acaba de explosionar una bomba en la Gran Vía, cerca de donde me encontraba, No me ha alcanzado. Ha sido en TWA, hay un hombre y dos niñas afectadas, posiblemente más. Envía un fotógrafo y, si llama Mary Carmen, dile que la estoy buscando…”

La segunda bomba hirió de gravedad a Gurriarán, y le dejó secuelas de por vida, pero el periodista hizo el camino inverso a la negación y al deseo de venganza -«No sé si fue porque mis padres eran gente de paz, o porque siempre he sido seguidor de Ghandi, pero no sentí ni odio ni rencor»- y buscó las razones por las que unos jóvenes armenios, activistas del ASALA, atacaban intereses turcos por toda Europa. Encontró a los autores del atentado en el Líbano y se entrevistó con ellos, y con los dirigentes de la organización, Alec Yenicomchian, Suzy Mahseredjian y Monte Melkonian, escuchando sus argumentos e intentando convertirlos al pacifismo, en el que creía firmemente. Volvió a reunirse con ellos en Armenia, casi tres décadas después, cuando el grupo ya se había disuelto y algunos de sus miembros habían creado una asociación de ayuda a los jóvenes.

En ese tiempo Gurriarán se había convertido en un gran conocedor y divulgador de la cultura y de la historia armenia, y, sobretodo, había denunciado en todos los foros posibles el genocidio que habían cometido los turcos en 1915, en plena descomposición del imperio otomano, ante el silencio cómplice de Europa, que no tardaría en lamentar el holocausto judío. Fruto de su investigación escribió “Armenio, el genocidio olvidado”, sin duda un libro imprescindible para aquellos que quieren tener una visión lo más amplia posible de este pueblo milenario.

Nunca creí ver así de cerca el Ararat, ni que visitaría Armenia, a pesar de que me invitaran a hacerlo amigos e instituciones del país asiático después del grave atentado con bomba que sufrí, en la madrileña plaza de España, a las nueve y veinte de la noche de aquel 29 de diciembre de 1980, coordinado y ejecutado por el ASALA. Pienso ahora que no lo hice antes porqué, después de los esfuerzos para superar los traumas físicos y psíquicos que supone ser herido por alguien a quin no conoces ni te conoce, temía que los fantasmas de mi cerebro reaparecieran, nuevamente, al contactar en directo con la realida armenia”. Escribe el escritor del Barco de Valdeorras, en las primeras páginas del libro, que comienza con el viaje que lo llevará a Ereván, y, para entonces, ya había leído y escrito muchas páginas sobre este pequeño país del Cáucaso, que formó parte de la Unión Soviética y del Imperio Otomano. En su convalencia en un hospital madrileño, veintiocho años atrás, Gurriarán comenzó una ardua tarea de documentación a través de libros de historia y artículos de actualidas, de leyendas como las que sitúan al arca de Noé en el monte Ararat, y versos como los del Willian Saroyan o Yeghishe Charents. Empieza a conocer fondo la desgracia de un pueblo acosado, especialmente por sus vecinos turcos y azerís, y la terrible historia del genocidio en el que murieron un millón y medio de armenios.

Por las páginas de este libro descubrimos una galería de personajes tan apasionantes como Levón VI, rey de Cilicia, que llegó huyendo de la invasión musulmana al reino de Castilla, y fue nombrado por el monarca de este, Juan I, como señor de Madrid, conviertiendo a esta villa, donde gobernaría durante diez años, en la capital, en teoría, de Armenia.

Pero también pasarán por este libro algunas voces más cercanas, cómo la de la cineasta Pilar Miró o el alpinista César Pérez de Tudela, el escritor Luís Goytisolo o la actriz Paz Vega, porque en “El genocidio olvidado”, hay muchas miradas distintas, que juntas forman un interesante caleidoscopio, que me recordó mucho, cuando hice su primera lectura (y ya van tres hasta ahora) al también iniciático libro de Manuel Martorell, “Los kurdos: historia de una resistencia” (Espasa Calpe, 1991), otro autor imprescindible para descubrir las claves de la historia contemporánea de esta parte del mundo.

Así relataba Gurriarán aquel viaje a tierras armenias en una entrevista al Diario Crítico: “Igual que a los pasajeros de “El ómnibus perdido”, de Steinbeck, que buscaban lo desconocido, el vehículo de Hovig nos mostró el paisaje y paisanaje armenios: el Ararat, el monte sagrado, omnipresente como una fruta prometida arrancada del árbol armenio; valles de melocotón y albaricoque; lagos transparentes; pueblos abandonados cuando Armenia se independizó en 1991 y los rusos se llevaron sus industrias; monasterios centenarios y milenarios de un país que nació cuando nació la cultura; gentes sencillas entre el miedo y la esperanza del futuro…  El templo pagano de Garni, un Paternon acunado por nostalgias del “duduk” –flauta armenia, pastoril y de trova- y por volcanes dormidos; Mantenadarán y sus códices medievales que cuentan la historia en  miniaturas; el monasterio de Geghard, camuflado bajo montañas para defender la fe cristiana de ataques de siglos; San Echmiadzin, el Papado de una iglesia que estuvo con su pueblo en las horas difíciles; el Monumento al Genocidio, frente al Ararat. Y Karabagh reconquistado, en una guerra en la que el Comandante Avo –aquél Monte Melkonian que entrevisté hace 25 años en Líbano-, ganó la gloria y perdió la vida… Visité su tumba, en el cementerio de los héroes de Ieraplur, lamenté su pérdida cuando, disuelto el ESALA, soñaba una vida tranquila…”

Con su libro en la mochila, también yo visité el templo de Garni, el Mantenadarán, el monasterio de Gerhard, el Monumento al Genocidio, Khor Virap, Sevanavank, los desfiladeros de Shushi, Noravank y ese Nagorno Karabagh donde Monte Melkonian se convirtió en leyenda, me dejé colonizar por esa tierra que ahora siento un poco mía, a través de todas las voces que le susurraron a Gurriaran, y de las que encontré en los caminos y  calles de Gori, de Stepanakert, de Ereván, de Shushi…

En 2015, el director francés de origen armenio Rober Guédiguian llevó al cine la historia de Gurriarán –aunque no literalmente- en  “Una histoire de fou”, después de haber conocido al periodista gallego en un festival armenio en Marsella. «Desde que empecé a hacer cine hace 35 años he sentido responsabilidad hacia Armenia, y quizá fuera eso lo que me impedía encontrar el enfoque adecuado», señaló el cineasta con una extensa filmografía de marcado compromiso social, que también rodó en 2006 la notable “Le voyage en Arménie”. Armenia también es una tierra prolífica en directores, otro día hablaremos de ello, como, quizás el más conocido entre nosotros, Atom Egoyam (“Ararat”, “Felicia’s Journey” o “Exotica” son algunos de sus films) o Sergué Paradzhánov (“El color de las granadas”, “La confesión”).

Gurriarán, en su libro, no deja de señalar a Turquía como la principal amenaza para la supervivencia del pueblo armenio, y como muestra el hecho de que cualquier mención al genocidio, que el país de Recep Tayyip Erdogan sigue empeñado en negar, es considerado como traición a la patria, y te puede llevar a juicio, como le pasó al premio Nobel Orhan Pamuk, o incluso costarte la vida, como le pasó al periodista Hrant Dink.

En las últimas páginas de “Armenios. El genocidio olvidado”, escribió: “Por la cuestión armeia y porque Turquía incumple exigencias fundamentales de la Unión Europea, en su ordenamiento jurídico, en su sistema policial y militar y en sus relaciones con la minoría kurda y armenia, parecería más coherente que aprobara sus exámenes antes del ingreso, renunciando a su absurda postura negacionista. Daría mayor credibilidad a su aperturismo, se quitaría de enciama problemas que no puede disimular que la angustiasn y se reconciliaría con la Historia. Que vaya a suceder o no depende del actual Gobierno de Erdogan, pero también de los poderes fácticos del país.” El libro fue publicado en 2008, y lamentablemente, como hemos visto recientemente en la guerra de Artsakh, Turquía sigue suspendiendo en sus exámenes de democracia, convirtiéndose en un estado cada vez más autoritario, con miles de presos políticos, especialmente de los grupos de oposición comunista y kurda, pero también de periodistas, intelectuales y políticos acusados de apoyar al movimiento Gülen, funcionarios expulsados de sus trabajos, jueces inhabilitados y militares purgados en el ejército, además del cierre de decenas de medios de comunicación e ilegalización de organiciones políticas.

José Antonio Gurrirán, fallecido en marzo de este año, sigue vivo a través de sus letras –su último libro, “As mulleres do monte” es otro canto a la libertad que merece la pena ser leído-, y también sigue vivo su ejemplo, el de ese pacifista que se convirtió a la causa armenia a través de una bomba.


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