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Arendt explicó que los totalitarismos se sostienen no porque la ciudadanía crea en sus mentiras, sino porque dejan de confiar en su propio criterio.
Por Isabel Ginés | 20/11/2025
Vivimos un momento extraño: circulan frases que jamás fueron escritas por quienes supuestamente las pronunciaron, pero que retratan una verdad tan cruda que casi queremos que fueran auténticas. Este es el caso de la célebre cita atribuida a Hannah Arendt sobre la mentira constante y la erosión de la verdad. No aparece en ninguno de sus libros, entrevistas o manuscritos. Es apócrifa. Un invento de internet. Y sin embargo, basta leer Verdad y política o Los orígenes del totalitarismo para comprender que, aunque la frase no sea suya, la advertencia sí lo es. Y nos concierne directamente hoy, en un país donde la mentira se ha convertido en táctica y la crispación en proyecto político.
La frase que se ha vuelto omnipresente, esa que afirma que la mentira constante no busca que el público crea una falsedad concreta, sino que deje de creer en nada, no es de Arendt. Pero sería un error quedarnos en ese detalle. La cuestión esencial no es la literalidad, sino el diagnóstico político que condensa: la manipulación sistemática no pretende convencer, pretende desorientar. No busca construir una verdad alternativa; busca debilitar la noción misma de verdad.
Y eso sí es profundamente arendtiano.
Arendt explicó que los totalitarismos se sostienen no porque la ciudadanía crea en sus mentiras, sino porque dejan de confiar en su propio criterio. Cuando la frontera entre verdad y opinión se disuelve, la sociedad entera entra en un estado de vulnerabilidad moral. Se vuelve gobernable por el miedo, los eslóganes y la propaganda.
Hoy esa advertencia resuena con una claridad dolorosa.
La derecha española especialmente su facción más radicalizada ha convertido la mentira en un modo de hacer política. No como error, sino como estrategia calculada. Los bulos diarios, la exageración como norma, la victimización permanente, las acusaciones sin pruebas, las campañas coordinadas para sabotear cualquier espacio de consenso… nada de esto es casual.
Es un método.
Un manual.
Una forma de gobernar sin gobernar: si no puedes construir país, destruye la conversación pública; si no puedes ganar por propuestas, gana por desgaste; si no puedes convencer, confunde.
Ahí entra en juego la lógica que Arendt desmontó hace setenta años: cuando el ciudadano deja de saber qué creer, es mucho más fácil que acepte lo que sea. Cuando todo parece mentira, la mentira deja de ser un problema. Cuando todo parece caos, el caos se normaliza. Y es en esa tierra quemada donde prosperan los discursos reaccionarios.
En España ya no estamos ante una derecha conservadora tradicional. Estamos ante un bloque que vive de:
• el insulto como argumento político
• la desinformación como estrategia electoral
• la exageración y la paranoia como narrativa cotidiana
• la demolición sistemática de cualquier legitimidad ajena
No buscan un país mejor; buscan un país cansado. Cansado de escuchar, cansado de distinguir, cansado de pensar.
La mentira no es un accidente. Es el combustible.
Si algo demuestra esta confusión entre una frase falsa y un pensamiento auténtico es que estamos tan acostumbrados a vivir rodeados de ruido que incluso las advertencias contra la mentira llegan distorsionadas.
Pero Arendt nos sigue interpelando con claridad: una democracia no se destruye de golpe, sino de mentira en mentira, hasta que la ciudadanía deja de saber dónde está el suelo.
La cita no será suya. Pero la advertencia, esa sí: cuando la verdad se deshace, la democracia va detrás.
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