Arabia Saudita, la sombra del reino.

Por Daniel Seixo

«Arabia Saudí quiere ser el líder de la moral musulmana. Exportar el fundamentalismo religioso al resto del mundo. Enseñar cómo ser perfectos musulmanes, pero la interpretación del Corán está totalmente distorsionada. Es radical, extremista. La gente empieza a estar cansada y a hacerse preguntas. Los políticos usan la religión y los religiosos la política.«

Manal al-Sharif

«Soy una persona rica, no soy pobre. No soy Ghandi ni Mandela»

Príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman

Apiñados en condiciones inhumanas, compartiendo su espacio con los cadáveres de los que a priori han tenido menos suerte y soportando los continuos malos tratos de los guardianes de esa inhumana y arcaica jaula. Así es como miles de inmigrantes africanos han sido encontrados esta misma semana en el Reino de Arabia Saudita, en lo que parecen campos de concentración.

«Nos tratan como animales y nos golpean todos los días, si veo que no hay escapatoria, me quitaré la vida

Mi único crimen es dejar mi país en busca de una vida mejor. Pero nos golpearon con látigos y cables eléctricos como si fuéramos asesinos”.

En los últimos años millones de inmigrantes africanos se han visto obligados a abandonar sus hogares buscando un futuro digno en países como Líbano, Jordania, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Arabia Saudí, numerosas agencias de empleo, a menudo contando directamente con apoyo estatal, captan a jóvenes de clase trabajadora de países empobrecidos de África o Asia para a través de falsas promesas y engaños, hacerlos partícipes de bolsas de empleo a las que habitualmente accederán tras desembolsar varios miles de euros en concepto de tramitación del visado, análisis médicos y transporte. Todo ello para una vez aterrizado en su destino final encontrarse cara a cara con una condiciones de trabajo sumamente dantescas, similares a la esclavitud. No obstante, no debemos olvidar que el Reino de Riad fue uno de los estados que más duramente se aferró al comercio de esclavos y tan solo en 1962 bajo la presión del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy, los saudíes optaron finalmente por la abolición de la esclavitud africana y la aparente igualdad de derechos. Decisión tomada pese a las duras críticas de numerosos líderes sociales y religiosos del país que consideraban un insulto tratar a esos inmigrantes como hijos de Dios.

La riqueza petrolera y las nuevas relaciones internacionales de la monarquía absoluta ultraconservadora islámica, hicieron posible que unos 450.000 esclavos del país fuesen sustituidos por cerca de 8 millones de trabajadores que si bien en la mayor parte de los casos continuaron enfrentándose condiciones laborales similares a la esclavitud, legalmente y solo en apariencia, pasarían a ser ciudadanos libres. Meros trabajadores a merced de la fluctuante explotación capitalista de la nueva y ligeramente aperturista Arabia Saudí.

Durante décadas el sostenido aumento en el precio del petróleo y la abundancia de liquidez Internacional afianzó un pacto por el que las armas estadounidenses sostenían al régimen de Riad, mientras su petróleo llenaba los depósitos de los coches estadounidenses

En todo este asunto resulta clave para lograr vislumbrar el descaro con la que la dictadura saudita viola reiteradamente y de forma flagrante los más mínimos Derechos Humanos, comenzar por comprender sus 75 años de relaciones sumamente cercanas con el Imperio estadounidense. Al tiempo que la Segunda Guerra Mundial encaraba su recta final, Roosevelt y el rey saudí, Ibn Saud, se reunían en medio del Canal de Suez para preparar una histórica alianza que determinaría gran parte de la geopolítica de la región en las próximas décadas. El país árabe con una de las mayores reservas petrolíferas del mundo y el mayor poder militar del planeta, alcanzaban un duradero acuerdo para intercambiar petróleo por armas y protección. Un pacto en el que los Derechos Humanos apenas ocuparon espacio.

Ya en aquel entonces Roosevelt era muy consciente de la importancia de lograr un acuerdo estratégico con Riad de cara a garantizar las reservas petrolíferas de Estados Unidos en un mundo en el que la demanda energética crecía exponencialmente. Además, este acercamiento al reino saudita intentaba claramente dificultar la posible expansión de Moscú en la región, evitando con ello que los intereses soviéticos y el creciente sentimiento antiimperialista y anticolonialista cristalizasen en un pacto que garantizase a la Unión Soviética el acceso al petróleo de Oriente Medio. Tras los tratados de amistad y alianza soviéticos con Turquía, Persia y Afganistán, el gobierno estadounidense movía sus fichas para ocupar el espacio dejado en el tablero por los colonialistas europeos, lo que ponía sobre la mesa que tras la Conferencia de Yalta se abrían definitivamente las puertas a una nueva guerra fría.

Por su parte, con esa firma Ibn Saud buscaba para su país la protección de una gran potencia que pudiese garantizar su seguridad y lo ayudase a avanzar tecnológicamente, sin por ello verse impelido en una relación desigual a adoptar un modelo de occidentalización que socavase la fe y las costumbres sociales, políticas y religiosas de la cultura árabe del reino saudita. En Estados Unidos el absolutismo de Arabia Saudita encontró un socio poco interesado en las condiciones sociales de la población del país, siempre y cuando los intereses geostáticos de la dictadura del golfo no difiriesen demasiado de los del Imperio estadounidense. Una estrategia que pese a los vaivenes en el plano internacional, se ha mantenido más o menos firme con el paso de los años.

En 2019 cerca de 6,6 millones de trabajadores extranjeros constituían aproximadamente el 20% de la población de Arabia Saudita

Durante décadas el sostenido aumento en el precio del petróleo y la abundancia de liquidez Internacional afianzó un pacto por el que las armas estadounidenses sostenían al régimen de Riad, mientras su petróleo llenaba los depósitos de los coches estadounidenses. Pese a pequeños y grandes baches diplomáticos como el que se produjo en 1973 cuando el rey Faisal de Arabia decretó un embargo petrolífero a EE. UU. por su apoyo a la maquinaria de guerra sionista en el conflicto egipcio-israelí, el principal país satélite de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, siempre ha mostrado su capacidad de simbiosis con los intereses estadounidenses adaptando perfectamente su economía a la liberación económica y la privatización de diversos sectores de la economía defendida por las corrientes neoliberales de Washington o actuando en el plano estratégico inundando el mercado de crudo barato de cara a iniciar una guerra de precios que perjudicase claramente a países no alineados con la OTAN como Rusia, Venezuela, Angola o Ecuador.

A cambio, los continuos abusos contra los derechos humanos o la financiación por parte de los saudíes del wahabismo y las organizaciones terroristas vinculadas a esta corriente religiosa, nunca han supuesto un impedimento para que Arabia Saudita participe como un socio más en diversos organismos internacionales, pese a los daños sufridos por muchos de sus aliados a causa de grupos islamistas en mayor o menor medida vinculados a Riad. Llegando incluso Arabia Saudita, en el colmo del creciente cinismo geopolítico, a ocupar un puesto destacado en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Solo entendiendo este inmoral acuerdo, uno puede entender la impunidad del reino wahabita en su trato a gran parte de los habitantes de su país.

Cuando los efectos del Covid-19 llegaron a dictadura islámica saudita en marzo, las deportaciones de miles de migrantes que se agolpaban en condiciones inhumanas en la capital del país, demostraron claramente al mundo como ante el temor a que estos pudiesen funcionar como portadores del virus, Riad no dudó ni por un momento en deshacerse de estas personas como si de elementos puramente desechables se tratase. Solo la creciente presión internacional contra la dictadura islámica consiguió detener las deportaciones masivas, sin apenas garantías, que no solo dejaban sin red de protección social alguna a los trabajadores que los saudíes habían estado explotando durante décadas, sino que además con ello exportaba posibles casos de infectados a países de África y Asia con sistemas sanitarios claramente debilitados.

Quizás sus propios «principios» terminen suponiendo la definitiva condena del reino de Arabia Saudita

En 2019 cerca de 6,6 millones de trabajadores extranjeros constituían aproximadamente el 20% de la población de Arabia Saudita, unos trabajadores sometidos en pleno Siglo XXI a jornadas físicamente extenuantes por unos salarios irrisoriamente bajos en medio de la opulencia del Golfo. Unas condiciones de esclavitud que no son exclusivas del sector de la construcción y el mantenimiento y que suponen la base de la realidad laboral del reino a la que también son sometidas miles de trabajadoras domésticas a las que se les arrebatan sus pasaportes y se las obliga a soportar abusos laborales, físicos e incluso sexuales.

La ley en la mayoría de los casos supone un enemigo para los derechos de estas trabajadoras, en el año 2013 Rizana Nafeek, una chica de Sri Lanka de 17 años, fue sentenciada a morir decapitada tras ser acusada de la muerte de un bebé al que cuidaba y que ella declaraba, había muerto ahogado. Pero estas relaciones de esclavitud no solo se circunscriben a la propia Arabia Saudita, también en suelo europeo se producen violaciones flagrantes de los derechos laborales y humanos por parte de Riad, en 2011 un Tribunal Federal suizo condenaba a Arabia Saudita y a su consulado en Ginebra por mantener a varias empleadas domésticas en su embajada trabajando siete días a la semana por menos de 200 euros al mes. Una sentencia que fue posible alcanzar tras la fuga de dos hermanas menores de edad que destaparon su situación tras lograr pedir refugio en el Sindicato sin Fronteras de ayuda al inmigrante.

Resulta clave para lograr vislumbrar el descaro con la que la dictadura saudita viola reiteradamente y de forma flagrante los más mínimos Derechos Humanos, comenzar por comprender sus 75 años de relaciones sumamente cercanas con el Imperio estadounidense

Pese a los cambios experimentados en los últimos 30 años en las dimensiones económica, social y demográfica, la cultura de la esclavitud laboral sigue siendo algo demasiado habitual para la dictadura Saudí. La pérdida del peso del petróleo en la escena internacional, el escándalo internacional tras el asesinato del periodista Yamal Jashogyi y el desastroso y genocida papel de Riad en la guerra de Yemen, hace que poco a poco resulte menos rentable geopolíticamente para sus aliados obviar e incluso defender las continuas violaciones de los Derechos Humanos cometidos por una multimillonaria dictadura fanatista, demasiado anclada en el pasado.

Los recelos de Trump, la tensa rivalidad con Irán, las continuas derrotas militares en el conflicto de Yemen a manos de los rebeldes huthis incluso en su propio suelo, o las inusitadas manifestaciones contra la monarquía en las dos principales ciudades del reino, Riad y Jeddah, señalan que algo comienza lentamente a cambiar en el seno de la teocracia saudita y quizás Arabia Saudí debiese comenzar a replantearse su modelo social y político si no quiere enfrentarse a posibles desafíos a su modelo de poder.

La dictadura del Golfo más proyectada en el plano internacional y que hasta ahora siempre se ha mostrado inclemente a la hora aplicar inhumanos castigos como la condena a niños de 10 años a largas penas de cárcel por participar en protestas o la crucifixión de sus detractores políticos, sin importarle por ello la reacción internacional, comienza a ver como muy lentamente su brutalidad y su absoluto desprecio por los Derechos Humanos hacen mella en su imagen y en sus relaciones geopolíticas. En medio de un mundo y unas relaciones de poder cada día más cambiantes, en el que las piezas sobre el tablero parecen reajustarse apresuradamente, será interesante ver como todo esto afecta a un país que en muchas de sus realidades sigue respondiendo de forma absoluta y absolutista a las más arcaicas e inhumanas tradiciones. Quizás sus propios «principios» terminen suponiendo la definitiva condena del reino de Arabia Saudita.


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