Anna López Ortega: ‘Si el odio se legitima como forma de expresión política, los adolescentes aprenden que humillar o excluir al otro es aceptable’

Entrevistamos a Anna López Ortega, Doctora en Ciencia Política por la Universitat de València (UV, España) y licenciada en Periodismo y Ciencia Política por la misma Universidad. Es autora del libro ‘La extrema derecha en Europa’.

Por Lucio Martínez Pereda | 20/11/2025

Este 20N nos remite al auge del neofranquismo, una realidad que parecía haber desaparecido y que, tras el 23F de 1981, quedó recluida en ámbitos muy marginales. Sin embargo, la irrupción de Vox en las elecciones andaluzas de 2018 acabó con esa marginalidad. El 20 de noviembre —más que el 18 de julio— es la gran fecha simbólica del fascismo español. Ese día, en 1936, fue fusilado José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange. Durante la dictadura, la jornada se convirtió en el llamado “Día del Dolor”, un rito de exaltación en el que se veneraba a José Antonio como mártir y precursor del régimen franquista. El simbolismo del 20N se intensificó cuando Franco murió ese mismo día en 1975. Desde entonces, se ha convertido en una fecha de conmemoración fascista que encarna lo que Furio Jesi definió como “la religión de la muerte”: una forma de religiosidad política basada no en la vida ni en el futuro, sino en un regreso obsesivo a la tradición, que ofrece un campo ideológico abierto a cualquier propuesta- lo que Jesi describía como una “sopa espesa”.

Anna, podemos hablar, si te parece, de ese ‘menú compartido’ entre la ultraderecha española y ciertos grupos neonazis, minúsculos pero muy activos en redes. No sé si coincidirás conmigo, pero creo que Vox los orbita en su entorno como nodos de propaganda, permitiéndoles difundir mensajes que rozan —o infringen abiertamente— la legalidad. Lo hacen, a mi juicio, con plena conciencia: gracias al principio del voto útil, captaran el respaldo electoral de los jóvenes vinculados a esos grupos.

En primer lugar, lo que ocurrió con Vox en 2018 fue una ruptura de consenso: por primera vez desde la Transición, una fuerza de extrema derecha con discurso franquista y nacional-católico entraba en las instituciones. Ese fue el final de la marginalidad neofranquista. Y no se trata solo de España: hay una ola reaccionaria europea que reivindica las viejas jerarquías. En nuestro caso, con el agravante de que el franquismo nunca fue condenado judicial ni políticamente.

En cuanto a lo que vemos cada 20N es una especie de “liturgia de la nostalgia”. El franquismo, que nunca fue derrotado culturalmente, se ha ido adaptando a los nuevos tiempos y hoy se expresa sin complejos bajo formas más digeribles: el revisionismo histórico, la negación de los crímenes del régimen o la banalización del fascismo. Vox ha normalizado esa estética y ese discurso, no tanto con el yugo y las flechas, sino con la apelación al orden, a la patria, al enemigo interno. Y claro, en las redes sociales, esos pequeños grupos neonazis encuentran un altavoz perfecto para amplificar el mensaje que Vox legitima desde las instituciones. Es una relación simbiótica: los ultras radicalizan el discurso, y Vox lo traduce en votos.

Por último, es importante entender el 20N no solo como una fecha histórica, sino como un dispositivo de memoria política. Representa esa “religión de la muerte” de la que hablaba Jesi: la glorificación de un pasado violento convertido en mito. Hoy esa mitología se recicla en memes, en merchandising, en banderas en los balcones. Lo que era marginal se ha vuelto mainstream gracias a la desinformación digital y al marco discursivo de “reconquista” que la ultraderecha ha impuesto.

En una entrevista anterior analizábamos el rol de un pequeño partido extraparlamentario de izquierdas, el Frente Obrero, en la fragmentación del voto progresista y cómo esa división probablemente acabe beneficiando a Vox en las elecciones generales. Creo que un fenómeno análogo se está produciendo en Catalunya con la ultraderechista Aliança Catalana (AC). Su emergencia como fuerza política en Ripoll se ha sustentado en la instrumentalización del miedo y el odio hacia la inmigración, especialmente tras los atentados yihadistas de 2017 en Barcelona. Aquel trauma colectivo supuso un punto de inflexión en la localidad, y ese temor fue hábilmente capitalizado por Sílvia Orriols. Tras un discreto debut en 2019 con el Front Nacional de Catalunya, fundó AC en 2020. En las municipales de 2023, Orriols obtuvo el 30 % de los votos y se convirtió en alcaldesa; un año después, en 2024, el partido logró dos escaños en el Parlament con 120.000 sufragios, un crecimiento notable. Pienso que el objetivo de esta formación de perfil neofascistoide es doble: en el ámbito catalán, dividir y debilitar el movimiento independentista; en el estatal, canalizar —mediante el principio del voto útil— los sufragios de sus simpatizantes hacia Vox. Dado el éxito de partidos como AC en capitalizar el rechazo a la inmigración, ¿crees que su estrategia de fracturar espacios políticos —ya sea rompiendo el independentismo catalán o facilitando el trasvase de votos a Vox a nivel estatal— responde a una planificación coordinada con la ultraderecha española, o es más bien fruto de dinámicas independientes explicables solo por el contexto político catalán?

AC juega en el tablero del odio local/ autonómico (de momento). Es un fenómeno parecido al de Vox, pero con una bandera distinta: la catalana. Orriols ha entendido que el miedo es un recurso político rentable, sobre todo si lo traduces en un enemigo claro: “el inmigrante musulmán”. Su éxito no requiere coordinación con Vox, pero sí se alimenta de la misma narrativa: orden, seguridad, identidad. Que ese discurso esté funcionando en Ripoll demuestra que el odio puede adaptarse a cualquier marco territorial. Diría que no hay una planificación centralizada, sino una lógica compartida. El populismo de extrema derecha tiene una enorme capacidad de mimetismo: AC copia el lenguaje emocional del miedo y el resentimiento, pero lo envuelve con una estética catalanista. No hay que olvidar que la ultraderecha catalana existió siempre, aunque más difusa dentro del nacionalismo. Ahora tiene rostro, partido y relato propio.

En cuanto a una coordinación planificación, yo hablaría de “coincidencia estratégica”. AC erosiona el independentismo desde dentro, debilitando su base social con un discurso xenófobo. Y a nivel estatal, esa fractura beneficia objetivamente a Vox. Es una lógica de vasos comunicantes. De hecho, ya hemos visto ejemplos en Europa donde la extrema derecha se disfraza de regionalismo para ocupar espacios de frustración social.

Pese a lo que digan las encuestas encargadas por los medios afines, el horizonte de Feijóo no parece prometedor. Cada vez se le ve más atado al mástil de la ultraderecha. Al imitarla —tal como reflejan los propios sondeos— no la debilita: la refuerza. Al asumir sus marcos y sus propuestas, el PP valida las ideas de Vox y las sitúa en el centro del debate público. Además, al enfocar la discusión en los temas predilectos de la extrema derecha —inmigración, autoritarismo, ultranacionalismo españolista— el PP le entrega a Vox el control de la agenda política. Este desplazamiento transmite un mensaje claro al votante conservador: si el propio Partido Popular repite las tesis de Vox, entonces esas ideas no son tan extremas. El resultado es que la frontera simbólica entre la derecha tradicional y la ultraderecha se difumina. Y el votante más radical ya no tiene motivos para regresar al PP, porque entre una copia y el original, siempre elegirá el original. ¿Coincides con la idea de que Feijóo aún no ha comprendido que entre la versión doblada y la original el electorado prefiere la original?

Feijóo no ha entendido que blanquear el discurso de la ultraderecha no la debilita, la legitima. Debería mirar a su alrededor: consultar a su homólogo polaco, por ejemplo, o a los conservadores franceses. Cuando asumes sus marcos discursivos —la demonización del migrante, la guerra cultural contra el feminismo, la idea de una nación en peligro—, lo que haces es otorgarles poder cultural. El PP cree que puede contener a Vox imitándola, pero lo que hace es normalizar su lenguaje y desplazar el debate hacia la derecha más extrema. Es la trampa del espejo: en lugar de disputar el centro, el PP compite por quién grita más fuerte. Esta dinámica no es nueva; es uno de los grandes dilemas a los que se han enfrentado las derechas europeas en los últimos veinticinco años. En Francia, Los Republicanos quedaron devorados por la agenda de Le Pen; en Italia, Forza Italia quedó subordinada a la hegemonía de Meloni; y en Austria, los democristianos dependen ya del FPÖ para mantenerse en el poder. En todos esos casos, el resultado ha sido el mismo: la derecha tradicional, al pactar o imitar a la ultraderecha, acaba perdiendo electorado, autonomía e identidad. ¿Puede el PP extraer alguna lección de estos ejemplos europeos, o Feijoó está condenado a repetir el mismo error: creer que puede controlar a la ultraderecha mientras, en realidad, se deja absorber por ella? O existe otra posibilidad: que el PP ya no quiera contener a Vox, sino mutar deliberadamente en una derecha radical, asumiendo ese espacio como propio.

Con la absorción discursiva de la ultraderecha sobre el partido de Feijóo se está produciendo también una visible degradación de la calidad de su comunicación política. En el PP se privilegia a dirigentes que imitan cada vez más el lenguaje de los agitadores de las redes sociales. Feijóo y su entorno llevan meses evidenciando que lo suyo no es liderar ni arriesgar, sino esperar: esperar a ver qué dice Vox ¿Hasta qué punto consideras que la influencia narrativa de la ultraderecha sobre el PP está transformando los códigos tradicionales de comunicación de un partido liberal-conservador y la formulación de su mensaje político?

La ultraderecha ha colonizado el lenguaje político. Las redes sociales son su campo de batalla, y el PP, en lugar de ofrecer una alternativa racional, ha decidido competir en el barro. Se comunica a golpe de meme y titular incendiario. La consecuencia es una política sin contenido, solo emocional. Lo que estamos detectado es que la comunicación del PP se ha “trumpizando”. Se prima el impacto sobre la profundidad, la agresión sobre el argumento. Es la estética de la indignación permanente. En ese contexto, la política deja de ser deliberación y se convierte en espectáculo. Se trata de una mutación cultural: la política se construye como performance. El modelo de Trump en EEUU, el de Ventura en Portugal o de Milei en Argentina se impone también aquí. Feijóo intenta parecer prudente, pero su entorno mediático replica los códigos del agitador. Eso es una derrota simbólica: la derecha liberal se convierte en eco de la extrema.

Sandra Peña, una niña sevillana de 14 años, se suicidó en octubre de 2025. Se quitó la vida tras sufrir acoso escolar prolongado por parte de compañeras en el colegio Irlandesas de Loreto. Creo que el discurso del odio ha creado un marco cultural que se extiende a todos los espacios de lo social: las aulas de los centros docentes no están ajenas a ello. El odio se ha normalizado como una forma de expresión, permeando las estructuras culturales y sociales de manera insidiosa. El odio no permanece confinado en los entornos políticos: se permeabiliza en las interacciones reales; reproduciéndose en conversaciones familiares, laborales y, alarmantemente, educativas. Las aulas- como microcosmos de lo social- reproducen esta realidad. ¿Crees que el discurso del odio puesto en circulación por la ultraderecha ha desbordado el marco de lo político y se está convirtiendo en un elemento normalizado en algunos tipos de relaciones afectivas?

El odio no nace en el vacío. Cuando desde los medios y la política se normaliza el insulto, el desprecio o la burla hacia colectivos vulnerables, eso baja a la calle, a las aulas, a las familias. El suicidio de Sandra es una tragedia que debería hacernos reflexionar: el discurso del odio tiene consecuencias reales, medibles y dolorosas. Y no podemos olvidar que lo ocurre en la escuela es reflejo de la sociedad. Si el odio se legitima como forma de expresión política, los adolescentes aprenden que humillar o excluir al otro es aceptable. La violencia simbólica se transforma en violencia real.Y esto conecta con una dimensión cultural más profunda. La ultraderecha ha logrado estetizar el odio: lo presenta como valentía, como autenticidad frente a lo “políticamente correcto”. Esa estetización penetra en todos los niveles de socialización. Combatirla requiere reconstruir un marco cultural basado en la empatía, no solo en la ley.

A diferencia de lo que ocurre en España, la derecha conservadora portuguesa ha mantenido una clara distancia respecto a la ultraderecha. André Ventura, líder de Chega, trabajó antes de dedicarse a la política como comentarista deportivo y de sucesos en medios como CMTV y Correio da Manhã. Gracias a esa experiencia mediática, Ventura desarrolló un estilo comunicativo teatral y exaltado, sustentado en discursos simplistas. El votante tipo de Chega suele ser un hombre joven, con bajo nivel educativo y atraído por un mensaje populista y nativista, orientado especialmente contra la comunidad gitana. Las zonas con mayor apoyo electoral al partido coinciden con municipios donde la asistencia social a esta comunidad es más elevada, lo que sugiere que la xenofobia hacia esta minoría constituye un factor movilizador relevante del voto. ¿Consideras que el mantenimiento de un cordón sanitario por parte de la derecha conservadora portuguesa podría provocar una re-territorialización del voto de Chega hacia los espacios rurales y tradicionalmente más conservadores?

Portugal ha sido, hasta ahora, una excepción ibérica. Mientras en España el PP rompía todos los diques éticos y pactaba con Vox en tiempo récord —recordemos el caso de la Comunitat Valenciana, solo dieciséis días después de las elecciones—, en Portugal el Partido Social Demócrata había mantenido cierta distancia institucional respecto a Chega. Ese cordón sanitario permitía que la extrema derecha no condicionara la agenda nacional. Pero lo que estamos viendo en los últimos meses con Luís Montenegro es una inflexión preocupante. El endurecimiento de la política migratoria, acordado con Chega, supone una cesión simbólica y política al discurso de André Ventura. Endurecer los requisitos de nacionalidad, restringir los visados, eliminar derechos a hijos de migrantes o incluso permitir retirar la ciudadanía en determinados casos… Todo eso no es solo gestión técnica: es asumir, en parte, el relato del miedo que promueve la extrema derecha.

Y ahí está el riesgo. Cuando una derecha moderada asume los marcos discursivos del populismo xenófobo, le da legitimidad. Lo hemos visto una y otra vez en Europa: en Italia con Meloni, en Francia con Le Pen, en España con Vox. Montenegro cree que así puede contener a Chega, pero lo que hace, en realidad, es abrirle la puerta del sistema. Si el cordón sanitario se resquebraja, Chega podría reforzar su base rural y conservadora, convirtiéndose en una fuerza estable con capacidad de influencia estructural. Portugal no es inmune a lo que ha pasado en el resto del continente. Por eso es tan importante no repetir el error español: nunca se frena a la ultraderecha adoptando su discurso; al contrario, se la alimenta.

La ultraderecha española recompone continuamente sus odios. Primero fueron los homosexuales, luego las feministas, después los independentistas, y ahora los inmigrantes. Cada vez que sustituye un sujeto de odio por otro, reactiva la energía agresiva que convierte el miedo en una respuesta política . Sabe que, si mantuviera fija la diana sobre el mismo enemigo, la gente acabaría percibiendo que esa amenaza alentada desde el miedo no es real y que el supuesto culpable nunca existió. Pero al reemplazar un odio por otro, no lo hacen desaparecer: simplemente lo desplazan del centro de atención mediática. La ultraderecha administra sus odios como si escribiera sobre un palimpsesto medieval: una nueva capa de escritura que no borra la anterior. Los odios se superponen, se arrastran entre sí, se acumulan. Pero para sobrevivir en el discurso público, necesitan parecer siempre nuevos, cambiantes, diferentes, capaces de esquivar el desgaste del análisis racional y de la evidencia empírica. ¿Crees que la ultraderecha adapta sus enemigos inventados a los cambios de los problemas reales?, ¿los fabrica estratégicamente para mantener viva una identidad política basada en el miedo y la confrontación? ¿Crees que lo hace para actualizar sus discursos de odio sin alterar su estructura emocional ni su función cohesionadora ante su electorado?

La ultraderecha es una fábrica de enemigos. Sabe que el odio moviliza más que la esperanza y especialmente en las redes sociales, que se han convertido en la principal fuente de información para una parte de la población (jóvenes). Por eso cambia de diana: feministas, inmigrantes, independentistas… Lo importante no es el “quién”, sino mantener viva la emoción del miedo. Es una estrategia de control social. La extrema derecha sabe que el odio funciona como pegamento identitario. Es lo que los cohesiona. No necesitan ofrecer soluciones, solo culpables. Al ir sustituyendo los objetos de odio, mantienen la adrenalina política sin agotar la narrativa. Es una gestión emocional calculada y estratégicamente. Se trata de una constante reconfiguración del enemigo interno para mantener una identidad política basada en la confrontación. Es el motor de su discurso y la clave de su éxito comunicativo. Pero también su fragilidad: depende de un conflicto perpetuo, de una sociedad permanentemente asustada.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.