![]()
Es la disyuntiva histórica: o consumamos la emancipación de nuestras patrias, o seguiremos condenados a cien años más de soledad y saqueo.
Por Dani Seixo | 9/02/2026
Mientras estas líneas se dibujan sobre un trozo de papel en blanco, un espectro que recorre de nuevo Nuestra América. Un fantasma que se niega a descansar en el camposanto de la historia, renaciendo con la fuerza de Vertières o Bahía de Cochinos. Es el eco de los gritos en las minas de Potosí, una montaña que fue de plata y hoy reposa como un cascarón vacío, dibujando en sus numerosas cicatrices un monumento al saqueo que parió al capitalismo europeo. Es el olor dulzón y sangriento de los cañaverales del Caribe, donde la tierra se tragó la vida de millones de hombres, niños y mujeres de África para endulzar el té de los amos en Londres y París. Es la memoria de una independencia que prometió la libertad, pero que finalmente dejó en el continente en amargo poso de las cadenas que no terminan de romperse, apenas cubiertas por la quincalla de banderas y constituciones nuevas.
Como dibujada por la mismísima pluma de Gabo, nuestra historia es circular, una espiral donde los nombres de los verdugos cambian, pero la herida permanece latente. Esta es la región de la paradoja trágica: inmensamente rica y eternamente empobrecida. Las independencias del siglo XIX, heroicas en sus batallas e intenciones, fueron un espejismo. Rompieron el lazo político con España y Portugal, sí, pero las oligarquías criollas, esas burguesías nacidas para servir, se apresuraron a buscar un nuevo patrón ante el que someter a sus pueblos. La corona fue reemplazada por la libra esterlina y esta, a su vez, por el todopoderoso dólar. La dominación cambió de idioma, de traje y de modales, pero su esencia, la del imperialismo, se hizo todavía más profunda y voraz.
Por todo ello, la tarea de nuestro tiempo, la única que puede exorcizar a los fantasmas que todavía hoy atenazan a esta región de la tierra, es la de emprender la Segunda y definitiva Independencia. Y esta expresión no es simplemente una metáfora, un recurso literario en un artículo destinado a olvidarse. Este enunciado es la continuación de la gesta de Bolívar, traicionada por los cipayos de cada época. Es la «creación heroica» que soñó José Carlos Mariátegui, es la dignidad irrenunciable que Fidel Castro encarnó en Cuba y el proyecto de la Patria Grande que Hugo Chávez resucitó en el siglo XXI para gritar con pulmón pleno que la historia no había llegado a su fin. Es, en definitiva, la disyuntiva histórica: o consumamos la emancipación de nuestras patrias, o seguiremos condenados a cien años más de soledad y saqueo.
I. La matriz colonial y sus cicatrices
Para entender la dependencia y pobreza de hoy, debemos desenterrar el pecado original. La invasión europea de 1492 no fue un «encuentro casual» o una «tarea civilizatoria», sino que se trató del acto inaugural de la acumulación originaria de capital a escala planetaria. Como oportunamente analizó Marx, el capitalismo necesitó de la violencia, el robo y la esclavitud para nacer y desarrollarse. A Nuestra América se le otorgó el papel de víctima sacrificial en ese altar. Siéndole asignada, por la fuerza, al rol de periferia: una inmensa mina y una gigantesca plantación al servicio de un centro metropolitano que acumulaba su riqueza.
Potosí, en Bolivia, supone el símbolo más doloroso de este inmenso juego. Se dice que con la plata extraída de su cerro se podría haber construido un puente de plata desde la mina hasta el palacio real en Madrid. Y con los huesos de los indígenas que murieron en sus socavones, se podría haber emprendido el camino de vuelta. Esa es la dialéctica del colonialismo, la muerte del Sur era la vida y el lujo en el norte, la miseria de América, alimentaba la opulencia Europea. El sistema de venas abiertas que describió Galeano no es una licencia poética, es la descripción precisa de una economía de trasvase, una sangría que no ha cesado en nuestros días.
Cuando las élites criollas, dueñas de la tierra, pero totalmente supeditadas en el poder político, se levantaron en armas a principios del siglo XIX, no lo hicieron para crear naciones de ciudadanos libres. Lo hicieron porque temían más a las rebeliones de los de abajo que a la propia Corona, el digno y eterno ejemplo de la revolución de esclavos en Haití los aterraba. Su proyecto no era la justicia social y emancipación, sino el libre comercio para lograr vender sus productos al mejor postor, que a esas alturas ya no era España, sino la pujante Inglaterra industrial.
El sueño de Simón Bolívar de una Patria Grande, una sola y poderosa nación de repúblicas, fue desmembrado por los intereses mezquinos de estas oligarquías locales aduladas por el poder pujante de Londres. Prefirieron ser cabeza de ratón en sus pequeñas «repúblicas» que cola de león en una gran confederación de pueblos que ansiaban su libertad. Y así, fragmentados y débiles, fueron presa fácil para el nuevo imperialismo naciente. José Carlos Mariátegui, el marxista más lúcido y olvidado de nuestra América, lo diagnosticó con una claridad meridiana: la independencia no resolvió el «problema del indio» ni el «problema de la tierra», la estructura semifeudal del latifundio permaneció intacta, solo que ahora servía plenamente a los intereses del capital extranjero. La independencia fue una revolución política superficial que dejó intacta la estructura económica colonial. Fue, en su esencia, insuficiente.
II. La Sombra Larga del Águila del Norte
Si el siglo XIX fue el del imperialismo británico, que logró dominar con sus bancos y sus empréstitos a todo un continente, el siglo XX, fue sin lugar a dudas el del imperialismo estadounidense. La Doctrina Monroe de 1823, bajo el cínico y seductor lema de «América para los americanos», fue en realidad la declaración unilateral de que el continente pasaba a ser el «patio trasero» de Washington. Supuso un conjuro para alejar a otros imperios y reservar para sí el derecho exclusivo de intervención y saqueo sobre los pueblos americanos.
Y ese derecho lo ejercieron con una brutalidad sistemática, tal y como previamente lo habían hecho contra los pueblos nativos sobre los que habían construido su patria. La historia del siglo XX en América Latina es un rosario de agravios, un catálogo de golpes de Estado, invasiones y dictaduras orquestadas desde el Norte. Cuando en Guatemala, en 1954, el gobierno democrático de Jacobo Árbenz se atrevió a impulsar una modesta reforma agraria que afectaba los latifundios de la United Fruit Company, la CIA no dudó en organizar un golpe de Estado y sumir al país en décadas de genocidio. El mensaje era claro: nuestros plátanos y nuestro café valían más que nuestras democracias.
La Revolución Cubana de 1959 fue el gran desafío, la prueba de que un pueblo podía decir «¡Basta!», podía mandar parar. Y la respuesta del imperio fue la invasión de Playa Girón, derrotada por un pueblo en armas que pagaría tal osadía con un bloqueo criminal que duró más de sesenta años, un acto de guerra permanente diseñado para rendir por hambre y enfermedad a una nación que cometió el pecado de la dignidad. Fidel Castro se convirtió en la bestia negra del imperio porque demostró que la verdadera soberanía era posible.
El guion se repitió una y otra vez como una maldición. En el Chile de 1973, el sueño de una vía pacífica al socialismo de Salvador Allende fue ahogado en sangre. La Moneda en llamas es el fotograma eterno de la crueldad imperialista, que no dudó ni un instante en instalar al general Pinochet, un gerente del terror, para convertir a Chile en el primer laboratorio mundial del neoliberalismo. A través de la Operación Cóndor, un pacto de sangre entre las dictaduras del Cono Sur, coordinado por la CIA, el Imperio sembró el continente de desaparecidos, torturados y exiliados. Una huella que todavía hoy sangre en demasiados corazones. Su lucha no era contra el comunismo, era contra cualquier atisbo de soberanía y libertad.
Tras la inesperada caída del Muro de Berlín, el garrote militar se vistió con los ropajes de los tecnócratas del «Consenso de Washington». El FMI y el Banco Mundial se convirtieron en los nuevos virreyes, imponiendo un catecismo neoliberal: privatizar todo lo público, abrir las economías sin protección, recortar el gasto social y someter a cualquier tipo de disidencia. Era la continuación de las venas abiertas por otros medios. Vendimos las «joyas de la abuela» a precio de saldo a las transnacionales y a cambio recibimos más pobreza, más desigualdad y una deuda externa que es, en sí misma, impagable, una cadena perpetua al cuello de los pueblos.
III. La creación heroica
Pero en Nuestra América, la resignación nunca ha sido una opción. De la misma tierra, regada con sangre, ha brotado el fuego de la resistencia. Su muerte, su destrucción, el dolor… Dejaba en la tierra del continente la semilla del mañana, Semente de Vencer. Mariátegui nos propició la brújula teórica al proclamar que el socialismo en nuestra América no podía ser «ni calco ni copia», sino «creación heroica». Comprendió oportunamente que la revolución en Nuestra América debería ser marxista, pero también indoamericana, fusionando la lucha del proletariado con la lucha ancestral de los pueblos originarios por la tierra y la dignidad.
Fidel y la Revolución Cubana convirtieron aquella aportación teórica en praxis. Cuba se erigió en un faro, la prueba material de que un país pequeño y bloqueado podía erradicar el analfabetismo, construir un sistema de salud público ejemplar y enviar médicos, no soldados, ni armas, por el mundo. Es el realismo mágico de la resistencia, logrando desafiar las leyes de la gravedad geopolítica a través de la voluntad política y la firme organización popular.
A finales del siglo XX, cuando el neoliberalismo reinaba, un comandante desenterró a Bolívar y lo trajo al presente. Chávez entendió que la lucha era continental y, con una audacia histórica de los que nacen para iluminar la senda de la Revolución, comenzó a tejer las alianzas para la Segunda Independencia. Así nacieron la ALBA-TCP, una alianza basada no en la competencia sino en la solidaridad, UNASUR, un consejo de defensa sudamericano y la CELAC, el sueño bolivariano hecho realidad: un organismo de toda Nuestra América, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá. Eran los primeros ladrillos para reconstruir la casa grande que las oligarquías habían demolido a conciencia doscientos años antes.
IV. O el Imperio o la Patria Grande
Ya en el presente histórico que nos ocupa, la espiral de la historia nos coloca de nuevo en una encrucijada. El imperio estadounidense, en visible decadencia, se resiste a perder su hegemonía y arrecia en su agresión a través de sanciones, los bloqueos, el lawfare y las guerras mediáticas. Los fantasmas del pasado nos susurran que la sumisión es el único destino posible para los pueblos. Perú, Chile, Argentina… Los caminos al derrotismo tiñen el presente de diferentes tonalidades. Pero las voces de los héroes y mártires de Nuestra América nos exigen la audacia de ser libres.
La Segunda y Definitiva Independencia, no puede suponer un anhelo lírico susurrado al viento, ni una página dorada en un libro de la historia que está por venir. Debe ser un conjuro de tres cantos que debe pronunciarse al unísono, un cuerpo vivo con tres órganos vitales que laten o mueren juntos. Es el acto político y material que nos permitirá por fin ser dueños de los fantasmas que habitan nuestra casa.
El primer frente es la reconquista de la Soberanía Política, que supone el derecho fundamental a decidir nuestro propio destino sin tutelas externas. Significa la expulsión definitiva de la Doctrina Monroe, un nefasto legado imperial que por doscientos años ha justificado la injerencia y ha pretendido convertir al continente americano en un tablero para los juegos de poder de Washington. En términos prácticos, esto exige el desmantelamiento de la participación de los pueblos americanos en la Organización de Estados Americanos (OEA), ese infame «ministerio de colonias», como la bautizaría con desprecio y precisión el Comandante Che Guevara, un foro diseñado para legitimar la voluntad de Washington. En su lugar, Nuestra América debe consolidar y fortalecer la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, como un espacio propio, la mesa donde los pueblos, en pie de igualdad, puedan forjar un consenso regional y presentar al mundo una voz unificada y propia.
Pero la independencia política es una cáscara vacía si no se sustenta en la Soberanía Económica. Esta es la tarea principal para lograr cerrar al fin las venas abiertas de América. Supone tomar el control de la riqueza que emana del continente y que pertenece por derecho histórico a us pueblos: el litio de los salares, que debe ser la base del desarrollo de la clase trabajadora y no de la acumulación de corporaciones foráneas, el petróleo del subsuelo, que debe alimentar las industrias locales y no la maquinaria de consumo, el agua dulce de los ríos y la biodiversidad de nuestra Amazonía, que son patrimonio de los pueblos originarios y no commodities en un mercado global. La nacionalización y el control popular de estos recursos estratégicos es un acto de soberanía elemental para garantizar un futuro a Nuestra América. A partir de ahí se trata de construir una nueva arquitectura financiera que libere al continente del chantaje de la deuda y del FMI, lograr impulsar la soberanía alimentaria para que los pueblos coman del fruto de su propio trabajo y de desarrollar una industrialización que responda a las necesidades propias y no a los intereses del capital transnacional.
Pero ninguna de estas conquistas será duradera si no ganamos la batalla en el campo de las ideas, la guerra contra la colonización de las conciencias. Debemos combatir los espejos deformantes de la propaganda imperial y los medios hegemónicos que nos incitan a despreciarnos, a ver nuestra historia como un fracaso y a aspirar a ser una mala copia del opresor. Romper con los reflejos condicionados por el Imperio es un acto de liberación fundamental. Significa reivindicar con orgullo las diversas identidades indígenas, afrodescendientes y mestizas, construyendo una narrativa con una perspectiva propia. Y sobre esa base cultural recuperada, debemos defender la educación y la salud no como negocios o servicios, sino como derechos humanos inalienables y pilares de una sociedad justa, radicalmente opuestos a la lógica del capital que todo lo convierte en mercancía.
Tres frentes inseparables en una misma lucha, dado que no puede existir soberanía política con una economía encadenada, ni soberanía económica con una mente colonizada. Un solo nudo gordiano que debemos desenredar con la fuerza colectiva de nuestros pueblos para lograr ser dueños de nuestro propio destino.
Esta es, en definitiva, la tarea que aquí nos ha convocado. El sujeto final de una nueva gesta mediante la construcción de un bloque histórico de pueblos: obreros, campesinos, estudiantes, mujeres, intelectuales, comunidades originarias… Todos aquellos cuyas vidas son negadas por el sistema, cuyos recursos son arrebatados por las garras del imperialismo. El dilema último para nosotros es ser libres o seguir siendo esclavos, la independencia o nada, la Patria Grande o la colonia. No existe posibilidad de una tercera vía, no existe atajo posible en nuestra tarea histórica. El exorcismo final de nuestros fantasmas está hoy en nuestras manos. La lucha continúa hasta la victoria final.
Este texto forma parte del número #0 de la revista Lume Vivo que puedes descargar completa en PDF o EPUB. Si prefieres una copia impresa por 6€ + envío, escribe a info@republica.gal. Es una buena forma de contribuir a la salud del proyecto.
Se el primero en comentar