Alberto Sánchez Méndez, el comandante cubano

Por María Torres

Alberto Sánchez Méndez, comandante del Batallón Cubano, perteneciente a la 1ª Brigada de la 11 División, perdió la vida el 25 de julio de 1937 en Brunete. Cayó gravemente herido de bala y se negó a abandonar el combate, su trinchera y a sus hombres. Unas horas después una bomba enemiga le destrozó la cabeza. Tenía tan solo 22 años.

Nació en El Gabriel, La Habana, el 26 de febrero de 1915.

Había llegado a España en marzo de 1936 desde su exilio en Estados Unidos, integrándose en el Comité Antiimperialista de Revolucionarios Cubanos junto a otros muchos compatriotas. A pesar de su juventud, en Cuba ya había luchado contra la dictadura de Machado. Con dieciséis años combatió en la batalla de Ceja del Negro en Pinar del Río.

Tras el golpe de estado de julio de 1936,  participó en la toma del Cuartel de la Montaña y se alistó en el 5º Regimiento. Después vendría la lucha heroica en Buitrago de Lozoya, Somosierra, Gascones, Ciempozuelos, Valdemorillo, Guadalajara, Alfambra, Pozoblanco, Quijorna y Brunete.

«De nuevo estoy en las trincheras, pero ya mandando una Brigada, o sea, 3000 hombres, con la categoría de General, aunque solamente soy Comandante, porque hay una orden de que los que no somos profesionales, no podemos pasar de ese grado todavía…».

En plena guerra conoció a la que sería su compañera, Encarnación Hernández Luna, valenciana, voluntaria del 5º Regimiento y capitana de una sección de ametralladoras de la 11 División. Encarnación sería ascendida a comandante en la batalla del Ebro.

El cadáver de Alberto Sánchez fue velado en la sede del 5º Regimiento, cubierto por una bandera roja.

Pablo Neruda le dedicó estos versos:

«Allí yace para siempre un hombre que entre todos destacé,
como una flor sangrienta, como una flor de violentos pétalos abrazadores.
Éste es Alberto Sánchez, cubano, taciturno, fornido y pequeño de estatura,
capitán de 20 años. Teruel, Garabitas, Sur del Tajo, Guadalajara,
vieron pasar su claro corazón silencioso.
Herido en Brunete, desangrándose, corre otra vez al frente de su brigada.
El humo y la sangre lo han cegado.
Ya allí cae, y allí su mujer, la comandante Luna
defiende al atardecer con su ametralladora el sitio donde reposa su amado,
defiende el nombre y la sangre del héroe desaparecido»

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