Agarrar la utopía

Daniel Seixo


“Cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora, de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, solo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!”

Karl Marx


Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

Eduardo Galeano


Cuando llego a casa me tomo unas pastillas para dormir y en torno a lo que a mí me pareció que había sido media hora de inconsciencia vuelve a ser lunes por la mañana.

Irvine Wels


Hace unos días me encontraba repasando viejos libros en casa, cuando por casualidad en uno de ellos me encontré con una apartado acerca de la semana proamnistía de mayo de 1977. En ese momento se me pasaron varias cosas por la cabeza, la primera que no hacía tanto que comenzamos a salir de una dictadura fascista que había durado casi cuarenta años. La segunda que realmente nunca hemos llegado a ver del todo la luz al final de ese túnel que fue el franquismo para el estado español. Y por último, que pese a todos los derechos adquiridos por nuestra clase sociedad, gracias a las generaciones que aquel mayo se manifestaron y las que les precedieron en la lucha obrera, estamos permitiendo sin mover un dedo, que una nueva reacción liberal-conservadora nos arrebate todo por los que tantos otros dieron la vida y lo mejor de ellos mismos.

No nos equivoquemos, hoy la situación de la clase trabajadora en nuestro país corre serio riesgo. A la creciente precariedad laboral, la amenaza del paro y el continuo recorte de prestaciones sociales, le debemos sumar una reciente ofensiva total y absoluta contra la libertad de expresión, manifestación e información de la clase obrera. Las leyes mordaza, el uso del poder judicial para perseguir y encarcelar a sindicalistas, periodistas independientes y militantes políticas de la izquierda revolucionaria o la clara y continuada manipulación e intoxicación informativa en los medios generalistas,  forman parte de una estrategia claramente premeditada para aturdir, amedrentar y finalmente conseguir alienar a una clase social que hoy ya incluso se desconoce a sí misma inmersa de lleno en un sistema demasiado caótico y agresivo como para llegar a comprenderlo totalmente.

No es que la generación del inmediato postfranquismo en España tuviese más motivos, unidad o decisión a la hora de salir a la calle, sino que sí tenían claro que había que cambiar el sistema. Caduca en su propia cama, la dictadura había abandonado su aparente naturalidad dentro del estado español, por lo que sus ciudadanos pactaron con cierta naturalidad una serie de reivindicaciones básicas que resultaban innegociables para ellos. Hoy, con la herencia de la transición claramente agonizante y un modelo territorial que no admite ya ni por un segundo más la estrategia del patadón histórico para adelante, cada vez son más los españoles que comienzan a vislumbrar la peregrina idea de que esto no se salva con más maquillaje político y circos parlamentarios con más payasos que animales políticos en sus filas.

Lo que falla a España no son solo las ventanas, ni el marco de la puerta o la entrada al garaje, sino los cimientos. Esta aparente casa de todos que se supone es el estado surgido tras la dictadura, nació supeditado y arbitrado por aquellos que tenían un pie en el búnker: las familias cercanas al dictador, los altos cargos militares, el gran empresariado, ese círculo corrupto sin el que el franquismo nunca hubiese sobrevivido y por supuesto la iglesia.

Lo que se firmó fue una rendición, perdimos la guerra y perdimos también claramente la transición. Aceptamos un modelo de estado caduco, corrupto, explotador y claramente predemocrático a cambio de la seguridad de no volver a la dictadura o a la guerra. Tras ello, inmediatamente nos autoconvencimos de que el relato de la transición que los vencedores nos repetían era verdad, incluso nos enorgullecimos del mismo. Al igual que una generación de europeos agradecen a día de hoy a Estados Unidos que los liberase del nazismo, los españoles se han pasado la última década creyendo firmemente en que Franco no tenía razón cuando dijo dejar todo atado y bien atado.

Puede que en parte por ello, hoy nuestras luchas no identifican fácilmente el marco al que se enfrentan. No se trata de que la gente permanezca en calma o exista una relativa paz social, sino de que el conjunto social se encuentra demasiado aturdido como para lograr focalizar su rabia, su ira. En el último año hemos visto salir a las calles a numerosas plantillas para luchar contra los cada vez más habituales expediente de regulación de empleo (ERE), a los pensionistas, al feminismo, al independentismo…, hemos visto como diferentes colectivos reclamaban sus derechos mientras los políticos y gran parte de los sindicatos únicamente se sacaban la pactada foto, apoyaban la causa entre manidas declaraciones y se retiraban. No ha existido ni un triste intento por organizar un frente de resistencia contra el régimen que nos gobierna exceptuando el llamado procés catalán y casualidades de la vida, la reacción independentista en Catalunya ha sido lo único que ha logrado aunar en su contra la reacción unánime de partidos parlamentarios y medios de comunicación de toda índole en el Estado Español. A mi parecer demostrando claramente con ello que lo único que desestabiliza profundamente y hace reaccionar a la clase dirigente de España, es una reacción social organizada que busque el cambio total de régimen, un proceso constituyente. Una nueva Utopía rupturista.

No podemos continuar comportándonos como una generación con miedo a luchar por un cambio, un mascarada social bailando al ritmo del capitalismo más salvaje a la espera de que la música cese definitivamente en nuestros barrios para enfrentarnos improvisadamente a la desmedida distopía que hoy ya presente nos negamos a ver.

Resulta necesario crear un proceso de reflexión política y social más allá de las pautas electoralistas. Una alternativa de estado más justa, más democrática y más social. El #15M  y su vertiente política soñaba con asaltar el cielo, pues bien, ante la clara amenaza a nuestros derechos más básicos, resulta necesario bajar de una vez de las nubes para desde una actitud de movilización política reflexiva y revolucionaria, encarar un proceso constituyente capaz de cambiar las cosas. Un proceso que implique a partidos, sindicatos, asociaciones y movimientos sociales de todo tipo. Un gran Frente Amplio, en el sentido latinoamericano, que logre aunar todas nuestras luchas en un esfuerzo común para cambiar lo que realmente nos oprime: el claro avance de la lógica del sistema neoliberal europeo al que el estado español se ha plegado.

 


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