África, una tierra de caminos perdidos y de vagabundos que se olvidan de volver a casa

Con el amor, la ternura y la gracia que siempre lo caracterizan, Reverte escribe sobre esa gente que no parece importarle a nadie y que a todos acaba por preocuparnos.

Por Jayro Sánchez | 24/08/2025

Javier Reverte fue un gran viajero, lector, escritor y aventurero. Entre finales de los 1990 y principios de los 2000, su eterna inquietud e inacabable curiosidad le llevaron a realizar varios viajes por el continente africano. Aquellas travesías resultaron en tres magníficos libros: El sueño de África (Debolsillo, 1996), Vagabundo en África (Debolsillo, 1998) y Los caminos perdidos de África (Debolsillo, 2002).

Los dos primeros versan sobre las costas orientales del Índico, la gigantesca Sudáfrica y la bella región de los Grandes Lagos. En el tercero, el que se podría considerar como el gran Kapuściński de las letras hispanas decidió subir más al norte y perderse en la frontera entre la selva y el desierto.

Su objetivo era viajar a lo largo del mítico río Nilo, desde su nacimiento en Etiopía hasta su desembocadura en las costas egipcias del Mediterráneo oriental. Pero, como siempre, África le tenía reservada una sorpresa: la de perderse en sus caminos más insospechados. De ahí el título del último libro de su gran trilogía africana.

Con el amor, la ternura y la gracia que siempre lo caracterizan, Reverte escribe sobre esa gente que no parece importarle a nadie y que a todos acaba por preocuparnos.

Y ello sin dejar de lado la épica historia de «las montañas desnudas de esa África que no es desierta ni es amable, un camino cercado por el infierno de las ollas calcinadas y los barrancos donde tu vida puede despeñarse de golpe en cada curva o desde lo alto de un repecho».

Como en todos sus libros, el escritor mezcla la puntillosa descripción del periodista, el rigor obsesivo del ensayista y el tono mágico del poeta para crear un texto que monta a caballo entre un anónimo diario de viajes y la más vendida novela de aventuras del momento.

En África, Reverte se vuelve un vagabundo. Un mzungu, un mondele, un farangi. Como él mismo explica: «Soy de nuevo ese pájaro libre sin identidad precisa que es cualquier viajero, alguien que se asombra ante todo cuanto acontece a su alrededor […] Y no deseo volver a mi patria y quiero seguir siendo nadie […] y regresar a las tierras recorridas meses atrás, como quien rebobina una película varias veces vista y siempre nueva».

Y declara que «viajar solo por África, abierto a la improvisación, deseoso de que ocurra algo que no has planeado, en manos de la casualidad y en busca de que sucedan cosas, tiene un riesgo: compensa, en todo caso. Porque ves el África real: la sufriente, la mísera, la desolada y cubierta por el polvo, el África desahuciada de los caminos intransitables».

Pero también ves la otra, «la de los hombres generosos que te ayudan sin pedir nada a cambio, el África que canta en la noche después de haber llorado durante el día, la de la hospitalidad, la bravura para sobrevivir y una inexplicable fe de los seres humanos en la vida. ¿Cómo no ha de entrar en tu carne y en tu corazón un mundo semejante? ¿Cómo volver la espalda a esa realidad rotunda que aúna la desesperanza y la valentía? ¿No es así, en síntesis, la existencia de todos nosotros?».

Este profundo y humano pensamiento parece ser el hilo central de su inolvidable título.

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