A mi putero favorito


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Por María José Robles Pérez

A mi putero favorito.

Ese que hace que me sienta segura porque ha pagado unos euros a cambio de consumir mi cuerpo sin haberme preguntado si realmente yo quiero. Sí, a usted caballero, que dice que esta es la única relación segura que puede haber entre un hombre y una mujer… quiero decirle algo.

Le escribo esta carta porque quería agradecerle lo segura que me hace sentir cuando para su coche en ese callejón oscuro, junto a mis temblorosas piernas. Quería agradecerle lo segura que me siento cuando me dice que me suba a su coche y le da 25 euros a mi proxeneta que está escondido en la esquina observando mis movimientos. Quería decirle lo segura que me siento cuando me lleva a un descampado que no sé dónde está. Quería decirle lo segura que me siento cuando me toca y hace todo lo que quiere con mi cuerpo sin preguntarme si a mí me apetece hacer eso.

Lo segura que me siento cuando decide no utilizar un condón. Lo segura que me hace sentir cuando me golpea. Lo segura que me hace sentir cuando me dice que soy suya porque ha pagado por mí. Sí, gracias, mi querido putero. Me siento realmente segura practicando sexo forzosamente con usted y con cuantos hombres quieran hacerlo. ¿Estas son las garantías de la que tanto habla?

Ya, todo esto le resulta demasiado barato, ¿no es cierto?

No, claro que no, no sea hipócrita. Siento decirle que su voz no representa ni seguridad ni garantía constitucional, querido. Su voz solo demuestra que tiene un don: el don de la repulsión, porque eso es lo único que se puede sentir cuando se oyen sus palabras, cuando se lee su opinión, cuando sus manos me tocan.

No me haga reír, no me hable de libertad de expresión cuando precisamente está luchando con sus abominables políticas para que yo me quede sin voz, simplemente, por haber nacido mujer, eso que tanto odia, pero a la que no duda comprar para que le dé el placer que cualquier mujer libre se negaría a darle.

Su voz solo muestra el odio que siente hacia esa mitad de la humanidad que cree que debe subordinarse a su costilla porque es lo que dice un fragmento de un libro de ese tomo que sigue a pies juntillas, aunque se le olvidó eso de amar al prójimo. ¡Ay la memoria! Cada uno recuerda lo que quiere recordar. Tal vez por eso dice que la única relación segura entre un hombre y una mujer sea pagando sexo, probablemente recuerde lo bien que me lo pasé cuando pagó por mi cuerpo, lo mucho que me reí mientras hacia todo lo que me exigía que hiciera, lo mucho que gemí cuando me dijo que era una puta negra y barata que no valía para nada salvo para darte placer a usted.

Yo, sin embargo, no lo recuerdo así: no recuerdo haber reído, no recuerdo haber gemido de placer, no recuerdo haber disfrutado porque su piel rozara la mía, no recuerdo haberle dicho que me gustaba lo que me estaba haciendo. Solo recuerdo pena y dolor, pero explicárselo no tiene sentido porque para usted no significo nada, solo soy un trozo de carne con el que cree que puede hacer lo que se le venga en gana. ¡Hipócrita!

Tiene mala memoria y también parece estar sordo: sordo cuando dije casi con la boca cerrada que no me quería ir con usted, sordo cuando dije en voz baja que no me gustaba lo que me estaba haciendo, sordo cuando le pedí que parara, sordo cuando el temblor de mi pierna gritaba que tenía miedo, sordo cuando las lágrimas de mis ojos le dijeron que no quería tener sexo.

No, no, no, no y no. ¿Eso no lo recuerda, cierto?

Usted habla de garantías constitucionales, usted que no tiene problemas para llegar a fin de mes, usted que vive a costa del sudor de un pueblo, usted que permitió que una madre sufriera graves daños morales y psicológicos porque no quiso devolverles a sus hijos, usted que se autoproclama “provida” pero luego mi vida le trae sin cuidado, usted que se saltó la ley y luego acusa a mis hermanos de saltar una valla. Usted, que precisamente se olvidó de ese artículo que dice que todos y todas somos iguales ante la ley, de ese papel que defiende como si lo cumpliera a raja tabla, diciendo con la boca llena que defiende valores como la “igualdad”. Pero luego resulta que tiene la poca vergüenza de sentenciar en voz alta que lo más seguro es violar a una mujer, eso sí, mientras se haya pagado antes por ello.

Malditos sean sus billetes, pues.

Usted habla de libertad, querido. Usted que dice abiertamente que es justo que yo tenga que vender mi cuerpo, quiera o no. ¿Libertad para quién? Libertad para el proxeneta que se está haciendo rico gracias a mi dolor, ¿no? Libertad para ti que vienes a que lleve a cabo todas tus fantasías sexuales, ¿no? Libertad para el pie que me hace estar en silencio, ¿no?

No, yo no me siento libre. Aunque eso ya lo sabe. Solo un cínico y sádico como usted podría creer que yo puedo sentirme libre y segura.

 Su voz no solo duele a mis oídos, le duele al pueblo entero, a la sociedad en su totalidad que siente vergüenza por tener a pie de cañón a un ingrato como su persona que, sin duda alguna, no se pensaría dos veces –ni tan siquiera una- el disparar con ese cañón odio hacia todo aquel o aquella que representa aquello que tanto odia: justicia.

Le digo en voz alta -y a título personal- pero en nombre de todas mis hermanas, las putas, las que se vieron obligadas a ser violadas por hombres como usted: siento nauseas con solo escuchar su voz. Maldita sea aquellos que se lo permiten, aquellos que le permiten que hable, aquellos que le permiten que un ser como usted esté en ese sillón. No me haga reír, no me hable de libertad de expresión cuando precisamente está luchando con sus abominables políticas para que yo me quede sin voz, simplemente, por haber nacido mujer, eso que tanto odia, pero a la que no duda comprar para que le dé el placer que cualquier mujer libre se negaría a darle. Porque, claro ¿qué mujer, verdaderamente, libre querría estar con usted? Seguro que más de una vez se lo ha preguntado. Andará aún sin respuesta y, por eso, se distrae tanto en quitar libertad a la otra.

Habla de paradoja, pero la paradoja de todo esto, ¿sabe cuál es?

Que siga en su cargo público representado los derechos de una sociedad, la cual solo puede sentir una cosa por usted: asco. Eso sí que es triste.

Con afecto,

la puta a la que usted hace sentir tan segura

Anjum.


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