A 20 años del 11-S: Un millón de muertos más en la cuenta de Estados Unidos 

«La supuesta guerra contra el terror iniciada tras el 11S, lejos de las visiones edulcoradas que estos días venden la mayoría de los medios de comunicación, sólo ha sido un titular vacío que pretendía ocultar la lucha de Estados Unidos por evitar su decadencia».

Por Juanlu González

Reconozco que no tenía pensado escribir nada sobre el 11S. Es muy cansino, ya está casi todo dicho del tema y las mismas reflexiones se repiten en los mismos medios año tras año. Sin embargo, la embestida mediática en nuestro país ha sido de tal magnitud, que sí que merecía algún tipo de respuesta contundente. Una periodista española afincada en Washington, se lamentaba en su cuenta de Twitter que en nuestro país se estaban haciendo más especiales sobre el 11-S que en en el propio Estados Unidos, ¿curioso verdad?. 

Ya sé que somos poco menos que una colonia, pero no deja de sorprender el ardor por las barras y las estrellas que profesan nuestros medios de comunicación y nuestros políticos. Obviamente, cuando me refiero al 11S, no estoy hablando del recuerdo del golpe de estado organizado por Estados Unidos contra el gobierno legítimo y democrático de Allende en Chile de 1973. Eso es algo que a nuestros medios apenas interesa, a pesar de las 40.000 víctimas reconocidas oficialmente producidas entre el golpe y la posterior dictadura de Pinochet. Este tipo de cosas, si se puede, se tapan o se justifican. Como así han hecho, por ejemplo, con el desplome del castillo de naipes mantenido por lustros como ejemplo del «triunfo» del liberalismo en América Latina y, sobre todo, de las nefastas consecuencias que provocaron y provocan sobre el pueblo chileno, convertido en víctima global de los experimentos económicos impulsados por los economistas norteamericanos… 

No, no se trata de eso. Ojalá. Me refiero, como todo el mundo sabrá sobradamente, a los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono acontecidos hace 20 años. A estas alturas, tampoco es momento de hablar de las dudas y lagunas de la versión oficial vertida por el gobierno norteamericano, solo creídas a pies juntillas por aquellos que profesan una fe religiosa y enfermiza en las autoridades que nos gobiernan. 

Así que dejaremos de lado al misil del Pentágono reconocido por Rumsfeld; a los aviones que se volatilizan sin dejar huella; a la torre WT7 que se cae sola, tan a plomo como las verdaderamente impactadas por aviones; a los terroristas saudíes que solo las familias de las víctimas quieren investigar; a pasaportes de terroristas que caen del cielo sin una mácula, etc., etc. Pasarán varias décadas hasta que se sepa de verdad qué pasó aquel fatídico día de septiembre, pero en este momento, quizá sea más útil analizar las consecuencias de aquellos sucesos en el mundo post 11S, que atribuir culpas y responsabilidades. Seguro que cada persona interesada en el tema tiene su opinión formada sobre la autoría de los atentados desde hace muchos años. Tiempo han tenido. 

En el frente interno, EEUU se precipitó hacia una dictadura totalitaria aprovechando el shock que representaba para la población norteamericana mostrarse vulnerable en su propio territorio, algo ajeno al país más belicoso del mundo, que siempre juega sus partidas fuera de casa. Ante el falso dilema de elegir entre libertad o seguridad, las masas norteamericanas eligieron —o les hicieron elegir— por la seguridad. Así se propiciaron campañas de espionaje masivo, persecuciones raciales, detenciones sin cargos, se eliminaron de facto derechos y garantías legales, se legalizó la tortura… todo en aras supuestamente de combatir el terrorismo. 

Para ello se promulgaron leyes inconstitucionales (lo han reconocido así varias sentencias) como la Patriot Act, de octubre de 2001, y sus sucesivas renovaciones y complementos posteriores, aún vigentes. A nivel geopolítico la cosa es, si cabe, incluso más grave. Con la excusa de la lucha contra el terrorismo, convertido en un nuevo paradigma de seguridad, Estados Unidos se reservó el derecho de intervenir militarmente donde le viniera en gana, despreciando toda la legislación internacional vigente. Creó centros de detención ilegal y tortura por todo el mundo, mató a decenas de miles de personas mediante programas de asesinatos selectivos con aviones no tripulados y atacó a un grupo de países que nada tenían que ver con el terrorismo, como reconoció el laureado general Wesley Clark en un vídeo absolutamente viral que, de cuando en cuando, conviene revisionar. En primer lugar de los atacados, lógicamente, tenemos a Afganistán. 

Se nos repetía hasta la saciedad que lo invadieron porque los talibanes tenían bajo su protección a Osama Bin Laden. El gobierno integrista prometió entregarlo si se les mostraban pruebas inequívocas de que el guerrillero creado por la CIA estaba involucrado en los ataques del 11S. Pero hete aquí que las «pruebas» eran secretas y que Bush pedía al mundo un acto de fe, un dogma. Había que creerle solo porque sí, por su auctoritas, a pesar del largo listado de mentiras y manipulaciones que acarrean los sucesivos gobiernos gringos. Obviamente no cedieron y se inició una invasión ya decidida mucho antes del 11S y que, lógicamente, nada tenía que ver con las Torres Gemelas. 

El resultado ya lo conocemos: EEUU se acaba de retirar derrotado 20 años después, cediendo el poder a sus otrora enemigos y corriendo con el rabo entre las piernas, mientras el Estado Islámico, otro grupo terrorista que contribuyeron a crear, los iba asesinando y jaleando durante la retirada. Dejaron atrás oficialmente alrededor de 150.000 muertos, más de 200.000 si incluimos los provocados en el vecino Pakistán, relacionados con el mismo escenario bélico. Después de Afganistán, le tocó el turno de nuevo a Irak. Otra mentira, esta vez relacionada con las supuestas armas de destrucción masiva, sirvió de excusa a la invasión liderada por EEUU y apoyada por Reino Unido y España. 

La guerra contra el gobierno de Sadam Hussein acabó relativamente rápido, el país estaba literalmente arrasado tras sucesivas guerras y bloqueos y apenas pudieron presentar resistencia. A pesar de lo que se dijo, Irak no tuvo nada que ver con el 11S. Por el contrario, la intervención norteamericana llevó a Al Qaeda al país para luchar contra la mayoría chií y, la laminación del aparato del estado en su conjunto, propició la aparición del Estado Islámico de Irak y Levante y el reclutamiento de personal entrenado en el manejo de armas y explosivos. La inestabilidad causada aún perdura, el país está destrozado. Aunque el Parlamento le ha exigido a Estados Unidos que se marche del país, llevan riéndose de ellos año y medio y sólo han cedido a cambiar el papel de fuerza ocupante por fuerza instructora a finales de este año. Informaciones conservadoras cifran las pérdidas humanas en Irak en más de 300.000 personas. 

No podemos dejar de lado la guerra contra Siria. Las fuerzas de choque norteamericanas contra el legítimo gobierno de Assad han sido, desde el primer momento, terroristas yihadistas de Al Qaeda trasladados allá por miles desde decenas de países para ejercer de mercenarios al servicio del imperio. El plan era, ante la tenaz resistencia del pueblo sirio, trocear el país por confesiones religiosas, yendo incluso dentro de las fronteras de Irak para dibujar un nuevo cúmulo de países pequeños, manejables, explotables y que jamás pudieran plantar cara al estado sionista.

 No podemos olvidar que, mientras EEUU y su coalición atacan Siria, esta cayó en manos del Estado Islámico y que, sin la providencial ayuda rusa, hoy no existiría como tal. La universidad norteamericana de Brown estima que casi 200.000 personas han muerto por causa de esta guerra de agresión. Seguro que serán muchas más. Tal vez esa fuese la diferencia fundamental con lo que le sucedió a Libia, la inacción rusa. Hoy el país es poco más que un estado fallido gracias a la intervención occidental (Francia y Reino Unido, principalmente) y, por supuesto, la de Estados Unidos.

Rusia y China se dejaron llevar por la campaña de propaganda y las fake news orquestadas por los agresores y permitieron que estos destrozaran el país para dejarlo en manos de los islamistas y robarles el petróleo. Negociar con tribus y milicias, siempre será más fácil y barato que con gobiernos fuertes… 

El caso de Yemen es bastante paradigmático. Se ha convertido en el desastre humanitario más importante del planeta pero, como ha sido provocado por los mismos que dominan el mundo y los medios de comunicación, pasa absolutamente desapercibido para la opinión pública internacional. Arabia Saudí pretende seguir robando los recursos de Yemen, el país más pobre de Asia Central y acabar con la influencia chiita (practicada por casi la mitad de la población) y, si para eso tiene que sacrificar a 100.000 personas o poner al borde la inanición a millones de ellas, no le va a temblar el pulso. EEUU e Israel son la mano que mece la cuna de esta guerra en la que los aguerridos hutíes y el ejército yemení, con medios precarios, han puesto en jaque a una coalición regional suní apoyada por occidente, que jamás podrá ganar la guerra y de la que no saben cómo salir de una manera medianamente airosa. 

Podríamos seguir enumerando las acciones militares y las guerras económicas emprendidas en Líbano, Somalia, Sudán, Mali o Irán, que era y es el principal objetivo de EEUU en la región, pero sería demasiado prolijo ahondar en ellas. La supuesta guerra contra el terror iniciada tras el 11S, lejos de las visiones edulcoradas que estos días venden la mayoría de los medios de comunicación, sólo ha sido un bluf, un titular vacío que pretendía ocultar la lucha de Estados Unidos por evitar su decadencia y por acaparar el control de los recursos naturales del planeta. 

Y lo peor es que ha dejado un reguero de más de un millón de muertos, decenas de millones de desplazados, hambrunas, enfermedades, países destruidos y mucho rencor y odio acumulado. — ¿Y qué hay del terrorismo? Mejor que nunca. Gracias.

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