2020: íbamos a salir mejores

Por Daniel Seijo

«La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría»

Karl Marx

opinion

2020, el año de la pandemia. El año en el que nuestras vidas se pararon, las fábricas del mundo dejaron de producir y la salud, y el miedo a perderla definitivamente, le ganaron claramente la partida al consumismo y al comercio mundial. Al menos así fue durante un par de semanas.

2020, el año en el que los sanitarios y sanitarias, los barrenderos, las cajeras de supermercado, los transportistas, los y las cuidadoras, los servicios públicos del estado y la producción nacional volvió por un momento al centro de la escena política. Lo hizo brevemente, disipándose al compás de una rápida y prematura desescalada y un consumismo que hoy supone la droga más común entre la población occidental.

El año en que íbamos a recuperar el respeto por nuestras vidas, por la igualdad, por nuestros derechos. Un año en el que los aplausos a los trabajadores ocuparon el espacio que habían dejado vacío los grandes estados y esos falsos ídolos de cartón, elevados a los altares de la fama por disparatadas divisas destinadas a encestar o anotar un balón, mientras la investigación médica y la ciencia mendiga entre recelosos ministerios una nueva beca o una subvención que ya nace ciertamente insuficiente. Un año de buenos deseos inducidos por el temor ante el imparable conteo de víctimas de la enfermedad. Un conteo que no ha cesado, pero que a estas alturas ya hemos asimilado, ignorado y olvidado, tal y como sucede con los anónimos muertos en el mediterráneo, en los puestos de trabajo o en las calles de nuestro país fruto del terrorismo machista. En el reino del individualismo, la sangre derramada solo duele realmente cuando me nos toca cerca. El resto es tan solo una historia más, otra anécdota quizás asimilable con una buena banda sonora, un buen director y el filtro efectista e ideológico a manos de Netflix. Así, incluso hay quién puede llegar a hacer política de la tragedia y el populismo más rastrero e inaceptable.

El año en el que nos ocultan los muertos, evitan hablar de las vacunas china, rusa o cubana y nos venden como un éxito invertir grandes flujos monetarios en el desarrollo privado de una vacuna que llegará a nuestras manos tras un jugoso beneficio privado

2020, el año en el que no existían barreras, ni banderas o fronteras capaces de frenarnos para combatir el virus, pero en el que la primera medida adoptada fue la de tildar de “chino” al virus, el racismo, la guerra propagandística, el cierre de fronteras y su posterior apertura tan solo al turismo. Los temporeros son un riesgo para la salud, el turista una necesidad y el amigo político un talento imposible de ignorar y presto para ser reconocido mediante la nacionalidad, su nombre impreso en una ley y los aplausos en redes sociales. Mientras tanto el campo español sigue sacrificando vidas, sigue explotando humanos, sigue rentabilizándose mediante el trabajo esclavo. También podríamos hablar de los MENAS, el atentado sufrido en Madrid, el racismo rampante o las mafias de prostitución de menores tuteladas en Mallorca, pero eso no da votos, eso no provoca sonrisas. No interesa, no existe, eso ha sido así siempre así desde que el capitalismo entró a dominar la imprenta y realmente no ha cambiado nada en pleno 2020.

También fue el año en el que nos percatamos de que el eje del mundo cambiaba, aunque nos resistiésemos a constatar que esa era la clara señal de nuestra decadencia. La demencia de Trump, la psicopatía de Bolsonaro o la insoportable sinceridad de Boris Johnson, marcaron la línea de actuación del occidente capitalista, mientras que un desconocido como Xi Jinping, gestionaba y comandaba la recuperación china frente al coronavirus y encaraba la recta final del año anunciando grandes logros tecnológicos, científicos y económicos para el gigante asiático. Nadie nos ha pedido que nos guste, pero resulta de necios a pretender ignorarlo. Ya no solo se enfrentan dos modelos políticos sobre el tablero, también lo hacen de nuevo dos ideologías, dos ritmos muy diferentes y en definitiva dos formas de ver el mundo. El neoliberalismo vive sus últimas horas y la batalla entre las élites económicas promete duras consecuencias para la clase trabajadora mundial. Hace tiempo que no suenan los grandes tambores de guerra y no por ello las primeras tensiones económicas entre bloques resultan menos preocupantes. Al contrario, la historia lejos de terminarse, amenaza con repetirse.

2020 fue el año de la continua traición a Palestina, el año de la recta final del infierno sirio, la matanza indiscriminada en Yemen o la ignominia contra Armenia o el Sáhara Occidental. Otro año de injerencias y falsas promesas desde el entorno de la OTAN. El año de los pactos con el diablo en materia migratoria cobrados con vidas inocentes. Un año de muerte, indiferencia y hastío. Un año en el que una vacunas destinadas a salvar vidas eran catalogadas como fraude o buena inversión en bolsa, dependiendo de la bandera impresa en origen. El año del bloqueo a Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Siria, Yemen o Irán. Otro año de guerra fría, quizás el último, quizás el principio de un enfrentamiento abierto. Si seguimos sin comprender la responsabilidad de nuestros propios gobiernos, pronto ese imposible de un mundo en clara tensión volverá a ser una realidad cierta y peligrosa para la paz mundial. Los imperios que caen no son nunca aliados fiables o en los que por norma reine la cordura, solo la democracia puede impedir caer de nuevo en los infiernos provocados por los choques de intereses entre diferentes potencias. El reino del salvaje oeste, debe cesar de inmediato.

2020, un año de enfrentamiento entre idealismo y los restos del materialismo. Un año en el que el mundo se ha autoconvencido de que las palabras y los discursos pueden cambiar la realidad, todo ello pese al autoengaño generalizado de que de esta íbamos a salir muy distintos, pese a las grandes decepciones, pese a la constatación del cinismo generalizado y la pillería de quienes han hecho del engaño su principal arma política y su día a día. Las performances ya no son arte, ni son tampoco política, solo suponen nichos de mercado plagados de falsa transgresión y un sentimiento de exculpación que son lo que muchos, muchas y muches compran, todos aquellos abducidos, adquiridos y alineados por el capitalismo más salvaje y disgregador de la experiencia común. Nos han contado que una firma en chague.org o una manifestación virtual desde el sofá de tu casa puede cambiar el mundo y algunos ha decidido creérselo. Normalmente han caído en ese juego los mismos que creen en el fin de las ideologías, la necedad de la ilustración y la necesidad de cambiarlo todo sin mover nada. Aquellos que confían en la última moda de Washington y denominan como valerosos activistas a personajes de clase media cuya incidencia más significativa para el mundo es su propio progreso material y social. La lucha social transformada en un concurso de influencias, en un negocio rentable. Todo como si ante el dominio de los grandes medios de comunicación y el control general de las multinacionales de la información, pudiésemos puentear su mensaje, pudiésemos negociar una revolución que nunca será televisada. Marx repudiaría a cualquiera de estos estafadores si levantasen la cabeza, no tengo nada en contra de la existencia de sus shows, siempre y cuando no se atrevan a vincularlos con la izquierda.

Los temporeros son un riesgo para la salud, el turista una necesidad y el amigo político un talento imposible de ignorar y presto para ser reconocido mediante la nacionalidad, su nombre impreso en una ley y los aplausos en redes sociales

Y es que ese también ha sido 2020, el año en el que hemos podido ver claramente como el supuesto progre de nuestro barrio se saltaba las restricciones de la pandemia y llegaba cada día borracho y con la mascarilla mal puesta a casa, el año en el que la fiesta venció a muchas militancias, el año de los cayetanos desatados, los populismos interesados y los que pretenden ser gobierno y oposición para poder ver las series de moda en el trabajo. El 2020 ha sido el año en el que figuras de todo tipo nos han sido presentadas como líderes de opinión, mientas sus discursos cambiaban a medida que otros países nos mostraban nuestras propias miserias. El año en el que la plana mayor del gobierno y los tuiteros a su mando nos mintieron descaradamente diciendo que no resultaban necesarias las mascarillas para evitar trasladarnos la verdad, no teníamos mascarillas ni medios para producirlas. Mientras la “dictadura” china se enfrentaba al virus con equipos de protección adecuados y excedentes que luego nos donaron amablemente pese a nuestro desprecio y nuestros insultos a su pueblo, aquí llegamos a mandar a la batalla a nuestros sanitarios con bolsas de basura y mucho ánimo, tan solo nos quedaba eso tras un par de semanas de cierre del mercado capitalista. Así nos enfrentamos al pirateo y el desprecio de quienes se decían eran nuestros socios. El año en el que nos ocultan los muertos, evitan hablar de las vacunas china, rusa o cubana y nos venden como un éxito invertir grandes flujos monetarios en el desarrollo privado de una vacuna que llegará a nuestras manos tras un jugoso beneficio privado. Los riesgos, sin duda son un aspecto importante, pero siempre asumido por el estado. Este año ha sido el año en el que hemos visto nuestras miserias perfectamente reflejadas en el espejo del miedo a una pandemia, el año en el que descubrimos que el capitalismo es el gran mal que nos afecta a todos por igual, el año en el que muchos medios ante la primera crisis decidieron escribir al dictado del poder y en el que los políticos nos mintieron, nos mienten y nos seguirán mintiendo mientras no comprendamos que la ideología no se oculta, no se desprecia, no se negocia. No existen pequeños pasos asumibles si para ello uno debe vender sus principios, nos han traicionado y el resultado ahora simplemente dependerá de lo que muchos tarden en percatarse de ello. Tampoco esto es nuevo, Isidoro ya lo hizo antes.

2020 ha sido por el resto un año como otro cualquiera, una lenta descomposición de nuestro sistema social, un paso más al reino de la desigualdad, el conflicto, un año de respuesta imparable de la naturaleza frente a nuestra ignorancia y nuestras agresiones. 2020, el supuesto año del que íbamos a salir mejores. Pese a ello, desde Nueva Revolución pelearemos por un 2021 más despierto, más realista, más racional y combativo. Será un año en el que de nuevo volveremos a las trincheras de la información, contamos con ustedes para ello.

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