![]()
Si la policía es la encarnación de la obediencia ciega, entonces la “seguridad” que se nos promete supone un mero espejismo.
Por Dani Seixo | 22/11/2024
«Policías, hijos de puta»
Evaristo Páramos

“All Cops Are Bastards,” no es simplemente un grito de guerra o un eslogan perdido en una pancarta. Supone una afirmación que va mucho más allá de la rabia o el desencanto momentáneo de los últimos en la fila. 1.3.1.2. apunta a algo más fundamental: que la policía no está aquí para cuidarnos a todos, sino para proteger unos intereses de clase muy concretos y mantener de este modo un orden burgués que beneficia a unos pocos y somete a muchos otros. Decir que “todos los policías son unos bastardos” no es reducir a cada agente individual a una caricatura de violencia y represión, sino apuntar a la estructura que hace de ellos un soldado en la guerra contra la disidencia, contra el pueblo trabajador organizado.
Karl Marx lo dejó claro desde el primer tiro: el Estado no es más que la herramienta con la que una clase controla a otra. No es una entidad neutral y menos aún lo es la policía burguesa, que existe únicamente para asegurar que ese poder se mantenga intacto, por las buenas o por las malas. A través de sus teorías, Marx advirtió que el aparato estatal, con todos sus engranajes, no es otra cosa que la maquinaria de opresión de una clase sobre otra. Y dentro de esta maquinaria, la policía es el brazo que ejecuta, sin preguntar, una fuerza que responde únicamente a la clase dominante. En su Manifiesto Comunista, Marx sentenció que el Estado no defiende a la clase trabajadora porque su función esencial es perpetuar el statu quo, proteger el orden que permite a unos pocos seguir acumulando mientras los demás simplemente obedecen.
Si la policía es la encarnación de la obediencia ciega, entonces la “seguridad” que se nos promete supone un mero espejismo. Lenin lo entendió bien en El Estado y la Revolución: no hay neutralidad posible en el brazo armado del Estado burgués. La policía, desde su concepción, se creó para proteger los intereses de la clase dominante, no para servir al ciudadano común. Insistimos, por tanto, que el uniforme y la insignia no son símbolos de servicio público, sino de lealtad al Estado y a quienes lo controlan. La policía jamás podrá ser parte de la clase trabajadora, porque su función es la de la contención, el control y la preservación de un orden que siempre beneficia a otros. Cuando el Estado decide “proteger”, lo que realmente está defendiendo son sus propios intereses.
En este sentido, Antonio Gramsci agregó otra capa a esta visión sombría. Para él, el control no se ejerce solo con violencia, sino también mediante consensos y narrativas. La policía, en este juego, no es solo una fuerza de choque, sino que también forma parte de la estructura que ayuda a que el “orden” se perciba como algo natural, como algo que todos necesitamos, incluso cuando ese orden solo beneficia a unos pocos. Gramsci explicó que el poder se refuerza a través de un acuerdo implícito en el que todos, voluntariamente o no, aceptamos que el mundo debe funcionar así. La policía refuerza esta hegemonía, encarnando una idea de “seguridad” que en realidad solo significa obediencia.
Angela Davis, con su análisis de la opresión racial en el contexto estadounidense, arremetió contra esa noción romántica de la policía que los medios de comunicación suelen trasladarnos. Para ella, los cuerpos policiales no eran protectores, sino una fuerza de ocupación en comunidades marginalizadas, una presencia constante que en lugar de defender, se dedicaba a mantener controladas a poblaciones que el sistema prefería silenciar. La policía, bajo esta lógica, no solo reprime, también reproduce un sistema de desigualdad, una cadena que se mantiene firme a costa de vidas que el sistema considera desechables. En esta visión, “All Cops Are Bastards” es una denuncia que apunta a algo más profundo que la conducta de algunos agentes: es el sistema de control que se despliega como un virus donde más vulnerable es la población.
A esta reflexión podemos sumar para finalizar los aportes de Fanon y Mbembe, que desde la perspectiva del colonialismo y el poscolonialismo, completan perfectamente el cuadro de unas fuerzas represivas ajenas a los intereses del pueblo. En las colonias, la policía no era solo un ente de vigilancia, dibujaba perfectamente un arma de la dominación extranjera. Para Fanon, la policía colonial era un verdugo que mantenía a los pueblos sometidos bajo una bota despiadada. Mbembe toma esta visión y la traslada a los tiempos modernos, donde las colonias pueden haber desaparecido, pero el mecanismo sigue vivo: la policía aún es, en muchos sentidos, la extensión de un poder que no busca justicia, sino control. En los barrios marginalizados y en los sectores empobrecidos, la policía sigue funcionando como una fuerza ocupacional, una herramienta que apunta a la sumisión de las comunidades que incomodan.
Entonces, ¿qué queremos expresar cuando decimos “All Cops Are Bastards”? No es odio puro, ni una condena visceral. Es un análisis de lo que representa la policía en un sistema donde la justicia no es más que un concepto expuesto en el escaparate del profundo cinismo capitalista. La policía, tal y como existe hoy, es incompatible con cualquier proyecto que busque equidad o justicia real. No son guardianes neutrales; son soldados de un orden que se defiende a sí mismo con uñas y dientes. La lealtad de la policía, su función y su razón de ser, están al servicio del poder y no de la gente que afirman proteger.
Imaginemos una alternativa. Podría existir un cuerpo de seguridad que realmente proteja a la comunidad, un grupo de personas nacidas en ese mismo espacio que busquen protegerlo, no por mandato ni por autoridad impuesta, sino porque entienden lo que esa comunidad necesita. ¿Cómo? Transformando la idea de seguridad en una responsabilidad colectiva, en la cual la protección no venga desde arriba, sino que surja desde el propio pueblo. Sería un cambio radical, pero la utopía, en este caso, es menos absurda que seguir tolerando un sistema que castiga a quienes debería defender.
No se trata de vivir sin seguridad, sino de redefinirla, de arrancarla del puño de hierro del Estado y ponerla en manos de aquellos que, sin intermediarios, pueden hacerla parte de un proyecto genuino. 13/12. La consigna retumba en la memoria, no como un reproche sin rumbo, sino como una advertencia que sigue siendo relevante: “All Cops Are Bastards” no es solo una acusación, sino la exposición de una verdad incómoda que nos recuerda que el orden, a veces, no es más que una droga que nos venden desde este sistema capitalista para mantenernos tranquilos en medio del caos fabricado desde arriba.
Se el primero en comentar