Una charla con Fernando Berlín | La verdad incómoda

Por Carmen Sereno @SpiceKarmelus

Al principio me costó reconocerlo. Estaba tan acostumbrada a sus eternas monturas negras de pasta y a ese estilo sobrio de vestir que suele llevar en televisión, que no caí en la cuenta de que era él hasta que un revelador rayo de sol iluminó su espesa cabellera castaña. De forma casi premonitoria, despegó la vista del ejemplar de El País que estaba leyendo, dirigió sus ojos marrones hacia mí y una amplia sonrisa se dibujó en su boca.

Fernando Berlín

-¿Y esas gafas? -pregunté acercándome a él.

-¿No te gustan?

-Mmm… -fruncí los labios calibrando la respuesta- No están mal; el rojo te sienta bien.

-Anda, tardona -dijo con cariño. -Siéntate.

-Lo siento -me excusé-. El tráfico; ya sabes.

Era sábado. Los fines de semana no había programa, y a no ser que alguna bomba informativa de ultimísima hora requiriese de su imperativa presencia en una u otra tertulia televisiva, a Fernando le gustaba coger el Ave de vez en cuando y venirse a pasar la mañana a Barcelona. Solíamos sentarnos en la céntrica y por lo general soleada terraza de la cafetería Sherwood, en Plaza de Sants, desde la que nos entusiasmábamos arreglando el mundo como dos chiquillos llenos de ilusiones.

-Otro café solo para mí y un té verde para mi amiga, por favor -le dijo al camarero, que tomó nota con rapidez y dio media vuelta girando sobre sus talones. -No sé porqué no tomas café, Spice -a Fernando le gusta llamarme por mi apodo en Twitter-, si es una de las pocas cosas buenas que los políticos de este país tan pequeño y tan pacato no nos han prohibido todavía. -Sonreí discretamente. A Fernando le encanta usar la palabra “pacato”-. ¿Qué traes ahí? -añadió señalando la bolsa que tenía entre las manos.

-Ah, esto. Es un regalo para ti, Fer. -respondí. Saqué un pequeño paquete de la bolsa y se lo tendí.

-¿Para mí? ¿Y eso? -inquirió esbozando una sonrisa infantil.

-Porque has estado pachucho últimamente. Y porque me ha dado la gana. Punto.

Se lanzó a desenvolver el paquete con el ansia de la novedad y ante sus ojos apareció un viejo aunque cuidado ejemplar de Los cínicos no sirven para este oficio, de Ryszard Kapuściński.

-Ábrelo por la primera página y lee lo que hay escrito -ordené.

Para Carmen, con la esperanza de que nunca te vuelvas una cínica. Con cariño, Ryszard

-¡Pero, Spice! ¡Si está dedicado por el mismísimo Kapuściński! No puedo aceptarlo. Te lo agradezco muchísimo, pero no puedo aceptarlo.

-Ya, pero es que yo quiero que lo tengas tú. Porque después de Kapuściński y Larra, eres el periodista que más admiro; ya lo sabes. Contigo no me siento sola. Y eres el tipo de periodista que yo aspiro a ser. El perfil ideal. -maticé a conciencia.

-Eres muy amable, Spice, pero yo creo que hay muchos perfiles, tantos como personas. Yo mismo he planeado por varias facetas, aunque creo que últimamente me encuentro más cómodo dejando que cada uno se retrate a sí mismo. Suele ser bastante eficaz, porque la gente ya está muy entrenada.

-¿A qué te refieres? -quise saber frunciendo el ceño.

-A que el volumen de información que obtenemos hoy en día es tan amplio, que el nivel de formación de los consumidores es gigantesco.

-¿De verdad lo crees, Fer? Porque yo tengo la sensación de que, si bien es cierto que la información circula de forma más rápida y democrática gracias a las redes sociales, nos estamos infoxificando.

Infoxificación. -dijo con un brillo especulativo en sus grandes ojos marrones. -Me gusta ese término. Supongo que lo que quieres decir es que la inmediatez le está comiendo terreno a la profundidad del contexto, ¿no, Spice?

Asentí con pesar.

-A veces creo que nos hemos convertido en meros devoradores de titulares. -argumenté con un dejo de melancolía en la voz. -O, peor aún, que cualquiera con un blog o una cuenta de Twitter se cree con derecho a autodenominarse periodista. Nos estamos cargando a la profesión, Fer.

El camarero trajo la comanda y depositó las tazas con cuidado sobre la mesa de metal.

-Serán 3 euros con 20, por favor -anunció el hombre educadamente.

Hice un amago de sacar mi monedero del bolso, pero Fernando me lo impidió con un gesto seco de la mano y pagó él mismo, como de costumbre. En aquel momento me dio por pensar en todas las lecciones, no sólo de periodismo, sino de humanidad, que había recibido de él.

De Fernando Berlín.

De Ryszard Kapuściński.

De Mariano José de Larra.

3 euros con 20.

Joder, pensé. Tendría que ser yo la que le pagara a él por todo lo que me está enseñando.

Di un pequeño sorbo a mi té verde y lo miré esperando ansiosa a que retomara el hilo de aquella interesante conversación.

-No te apures, Spice -dijo mientras vertía el sobre de azúcar en su café y lo removía con la cucharilla-. El periodismo no ha muerto. Nacho Escolar siempre lo ejemplifica diciendo que salir a correr salimos muchos, pero que otra cosa diferente es correr de forma profesional, algo que ya necesita de un entrenamiento constante y específico. Pues al periodismo le pasa un poco lo mismo. Es cierto que la tecnología ha democratizado la forma de comunicar al mundo, pero hay gente que hace de esto su dedicación, con entrenamiento diario, y sabe trabajar con fiabilidad la materia prima de esta profesión que es la información.

-Entonces, ¿tú crees que el periodismo tiene futuro?

-¡Por supuesto que lo tiene, mujer! Sin embargo, la profesión tendrá que acostumbrarse a convivir y a compartir su espacio con miles de nuevos productores de contenidos, de todo tipo y condición. -argumentó Fernando.

-O sea, cualquiera que tenga un blog o una cuenta de Twitter y se crea con derecho a autodenominarse a sí mismo periodista -insistí con retintín.

Fernando sonrió con picardía y se pasó las manos por el pelo.

-No obstante -apunté-, aunque le augures un futuro ciertamente optimista al periodismo, ¿no tienes la sensación de que la ciudadanía está cada vez más alejada de los grandes medios tradicionales?

-Cierto- afirmó-. Es algo que se observa claramente en las críticas de los lectores y de los oyentes. Yo mismo, en La Cafetera, me doy cuenta de que las necesidades informativas de mi público no siempre siguen el mismo curso de la agenda setting. Tú piensa que ahora, cualquiera con una conexión a Internet tiene acceso a múltiples fuentes informativas, y eso hace que la gente haya desarrollado un fuerte espíritu crítico. Las imposturas son rápidamente detectadas.

-Pero eso contradice tu creencia de que vivimos el tiempo que nos toca entre bostezos. -le rebatí.

-¡Hay que ver cómo te gusta jugar a ser el perro de presa, Spice! -exclamó tras soltar una risotada sincera. -Además -matizó con un simpático tono expiatorio-, esa frase es de Iñaki Gabilondo.

-Oye -dije poniéndome seria otra vez. -Quiero que te quedes el libro. De verdad.

-Pero Spice…

-No hay peros que valgan, Fer. Para mí es muy importante que lo tengas tú. No importa que esté dedicado. Todo lo que yo he aprendido de Kapuściński trasciende a una mera dedicatoria. Los cínicos no sirven para este oficio. Y tú eres de los pocos periodistas no cínicos que quedan en este país.

-¿Sabes lo que dijo Abraham Lincoln?

-Mmmm… -titubeé un instante- ¿Eureka?

-No, boba, ése fue Arquímedes -replicó Fernando entre risas. – Lincoln dijo: “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. La mentira impúdica y deshonesta no se puede esconder mucho, querida amiga. Así que no todo está perdido.

-Vale, te compro el argumento. Pero no me negarás que en el periodismo español hay mucho cinismo.

-En el periodismo español hay tanto cinismo como en el resto de las profesiones, sí; aunque aquí particularmente es grave.

-¿Y cómo abordamos el problema, Fer?

-Desde la educación.

-Sí, pues no sé cómo podemos educar a todos esos periodistas que no se atreven a morder la mano que les da de comer.

-Vamos a ver, Spice. La honestidad debería aplicarse incluso frente a la mano que te da de comer. Lo que ocurre es que también hay mucha mitología sobre este tema.

-¿Acaso se puede discrepar dentro de un gran medio sin que eso suponga un grave problema?

-Por supuesto. Y con frecuencia, además. Otra cosa diferente es que los intereses de medio y periodista colisionen claramente y de forma constante; ahí la línea es más compleja. Pero cada caso tiene unas características propias y no tiene porqué estar directamente relacionado con la ideología. Te aseguro que he visto choques de esos en medios conservadores y progresistas por igual.

-¿Ves? Eso es lo que me gusta de ti, Fer.

-¿El qué? ¿Mis gafas rojas de pasta? -bromeó.

Reí abiertamente y le di un inocuo codazo al tiempo que chasqueaba la lengua.

-No, tontaina. Tu espíritu crítico. Y me gustan más las negras, que lo sepas.

-Vale, lo tendré en cuenta. -respondió guiñándome un ojo. -Ay, mi querida amiga, es que el hipercriticismo es la esencia misma del periodismo. ¿Y qué es el periodismo sino un servicio a la comunidad?

-¿Te puedo preguntar una cosa?

-Dispara, venga.

-¿Tú qué crees que es más peligroso, un periodista que manipula la información en favor de intereses políticos o corporativos, o un régimen en el que la censura periodística y la propaganda imposibilitan la veracidad de la información?

-Ambas cosas me parecen graves porque suponen un engaño a los ciudadanos. El periodismo es una herramienta fundamental para la democracia porque permite proporcionar datos a los ciudadanos para que ejerzan su legítimo derecho a voto. Cualquier impedimento a ese servicio es peligroso.

-¿Lo ves? No eres un cínico, Fernando. Tú sí que sirves para este oficio. Y ahora, cuéntame. ¿Cómo están el pequeño Fer y la pequeña Mery?

Para los que no lo sepáis, Fernando Berlín es un reputado periodista, director de Radiocable.com y presentador del programa matinal de radio La Cafetera. Sin su desinteresada colaboración, este artículo semi-ficticio no habría sido posible.

[Muchísimas gracias por concederme esta entrevista, compañero Berlín. Ha sido un lujo y un honor para mí. Yo también formo parte de la resistencia y no estoy sola].

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