The King in the North

La política del Eurogrupo durante la crisis griega se encargo de dejarnos claro dos cosas, una es que el carácter del neerlandés Jeroen Dijsselbloem no soporta demasiado bien los desafíos a su programa de autoritarismo económico, y la otra es que pese a no contar con el respaldo del sufragio de la ciudadanía, el Eurogrupo sin duda resulta uno de los mayores instrumentos para implantar en Europa los postulados económicos del neoliberalismo.

Los efectos de la crisis económica, lejos de suscitar los profundos debates ideológicos u organizativos, necesarios en el seno de la Unión Europea para profundizar en una mayor integración política, han desembocado en la total hegemonía de los intereses alemanes sobre el conjunto de la eurozona. Apoyada en el FMI y el BCE, Alemania impulsó la asfixiante presión de los mercados financieros sobre los países deudores que transformo los rescates de Grecia, Portugal, Irlanda o España, en una fuente de impulso para su propia economía, al ver como el aumento del precio de los créditos de esos países era acompañado con un abaratamiento de los costes de refinanciación de los bonos alemanes. Un modelo económico del Euro impuesto para cimentar la consideración internacional de Alemania como un valor refugio, que obliga a los gobiernos del sur de Europa a implantar políticas económicas destinadas en su mayor parte a garantizar el pago de la deuda, y que a su vez, traen consigo los tan temidos recortes que junto a una reducción de los ingresos laborales y a una apuesta única por las exportaciones, terminan profundizando en la desindustrialización del sur de Europa y socavan toda posibilidad de crecimiento y competencia en el seno del Eurogrupo.

El proceso de narcisismo económico que se plantea en Alemania para Europa, se ve completado con una concepción sumamente paternalista de las relaciones de solidaridad y responsabilidad dentro de la Unión. Lejos de culpar por  los efectos de la crisis económica a las políticas de la banca y los fondos de inversión, llevadas a cabo con el beneplácito de los Bancos Centrales y la connivencia de los políticos, Wolfgang Schäuble y  Angela Merkel, se han posicionado siempre entre los principales adalides de aquellos que veían en la desenfadada forma de vida del sur de Europa la causa principal de todos sus males. A nadie deberían extrañar por tanto las declaraciones de Jeroen Dijsselbloem en las que asegura que en la crisis del euro, los países del Norte se habían mostrado solidarios con los países en crisis, pese a que estos se gastaban todo su dinero en licor y mujeres para a continuación pedir ayuda. El pensamiento de Jeroen Dijsselbloem es el del emperador romano frente a los barbaros incivilizados del Sur de Europa, una horda de vividores empeñados en pasar sus horas entre copas de licor, rayas de cocaína y hermosas mujeres, todo ello financiado con fondos europeos. Abandona su discurso el presidente del Eurogrupo a una serie de tópicos muy manidos, para intentar culpabilizar a una parte de la ciudadanía europea que probablemente sea la que más está sufriendo en sus propias carnes los efectos de sus políticas económicas.

El sexismo y la xenofobia de las palabras de Dijsselbloem, parecen destinados a esconder ante la opinión pública europea los nada menos que 40.900 millones de euros que en los últimos cinco años Alemania se ha ahorrado por los bajos tipos de interés que paga por su deuda o el despilfarro  realizado por la propia locomotora europea. Una realidad, la de un Sur de Europa supeditado a los intereses y dictados de un neoliberalismo económico que lo ahoga, que a un supuesto socialdemócrata como Dijsselbloem, parece preocupar en mucha menor medida que lo que él considera modo de vida libertino propio del mediterráneo. La respuesta de los países del Sur de Europa no se hizo esperar en forma de exigencias formales de disculpas y peticiones de dimisión ante lo que es considerado como un insulto directo, además de una justificación implícita de las políticas xenófobas que comienzan a implantarse con firmeza en diferentes gobiernos europeos. Lejos de presentar su dimisión, Dijsselbloem se ha intentado escudar en malabares ideológicos con la teoría weberiana para justificar en la moral calvinista holandesa, un discurso que nada parece tener que ver con la religión a no ser que queramos ver en las palabras del presidente del Eurogrupo una reacción ante la Europa católica, en un contexto en el que Papa Francisco ha alertado en numerosas ocasiones acerca del peligro de las dictaduras económicas. Puede que la parte calvinista de quién no soporta demasiado bien los desafíos haya tenido algo que ver en toda esta polémica, pero todo parece indicar que se trata de un nuevo toque de atención de Alemania y del propio Eurogrupo para recordar la jerarquía existente. Al fin y al cabo las palabras de Dijsselbloem tan sólo suponen una forma más directa e inhumana de trasladar el discurso institucionalizado de la Europa de las dos velocidades

Las opciones parecen ya escasas pero claras para los gobiernos del Sur de Europa. En un contexto de pretendido vasallaje económico y político, la única alternativa viable para garantizar el proyecto común europeo se dibuja en un replanteamiento ideológico de igual a igual. Alemania y el resto de países de la Unión, deben comenzar a ver en la diversidad y en la fortaleza de las partes el principal valor Europeo. La concepción de solidaridad y cooperación en el seno de la Unión Europea debe plantearse en términos de rentabilidad global, y no como una balanza de intereses nacionales en el que unos estados se impongan sobre otros  con mayor asiduidad de la que resultaría deseable.

Dijsselbloem ha escupido con insolencia a la cara de los europeos lo que hasta ahora suponía el pensamiento mayoritario entre muchos de sus dirigentes. Su dimisión sin duda resulta necesaria por dignidad y por la responsabilidad política que mantienen los representantes de los gobiernos del Sur de Europa con sus habitantes, pero si no deseamos que únicamente sea la forma del discurso lo que cambie en Europa, es hora de plantear desde el Sur un pulso ideológico mayor.

“La República Federada de Europa es lo que debe ser. La evolución económica exige la abolición de fronteras nacionales. Si Europa debe permanecer dividida en grupos nacionales, entonces el Imperialismo recomenzará su trabajo. Sólo una República Federada de Europa puede dar la paz al mundo.”

León Trotsky

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