Televisión | El joven Papa. Un pontífice que remueve los cimientos del cielo y de la Tierra.

Por  Javier Cortines

    Acabo de ver los diez capítulos de la serie “El joven Papa” (The Young Pope, 2016) del cineasta italiano Paolo Sorrentino y he tenido una experiencia iniciática. Es como si hubiese bebido un vino, exprimido por el propio Dionisio, en el Santo Grial.

   El actor inglés Jude Law (Lenny Belardo) encarna a Pio XIII, el primer Papa estadounidense de la historia. Su presencia cautiva al espectador desde el primer momento en el que aparece en escena. Este insolente Pontífice es  un rebelde con causa; la reencarnación de Jesucristo; el niño abandonado; la máscara diabólica que arrastra la especie desde la era cavernaria.

Lo que ha conseguido el británico bajo las órdenes de Sorrentino es de otro mundo. El mejor papel de Jude hasta la fecha, escribió el crítico de cine Juan Sanguino en un excelente artículo publicado en Vanity Fair el 29 de diciembre de 2016, día en el que el actor cumplía 44 años.

   La serie de Sorrentino para la HBO (Juego de Tronos) marca un punto de inflexión en el debate sobre lo pagano y lo sagrado. Es una obra renacentista jalonada con pinceladas de Miguel Ángel y Leonardo da Vinci. Algunas escenas nos recuerdan a Federico Fellini (hilaridad estrambótica), a Pasolini (sexo sin fronteras), a Visconti (elegancia y decadencia), a Buñuel, (simbolismo animalista) por citar varios ejemplos del mapa mundi.

   Los personajes encarnan la incertidumbre, la imperfección, el pecado. Algunos son perversos, otros están tocados por la divinidad y buscan el equilibrio en el límite, en ese terreno místico que lo mismo te lleva a la locura que a la silla colocada a la diestra del Señor. Los clérigos y las monjas, enclaustrados en las magníficas dependencias del Vaticano, y en la majestuosa Capilla Sixtina, son poliédricos, hijos de esta época, supervivientes de la crisis de valores que asola al planeta.

   El núcleo central de la obra es la duda, manifestada de forma implícita o explícita, acerca de la existencia de Dios: El Principio Fontanal, la Unidad Fontanal, como diría el filósofo Eugenio Trías.

   Pio XIII arremete contra la tendencia de la Iglesia a abrirse al mundo, a darse baños de masas, a evangelizar, lo que considera puro marketing y exhibicionismo. Lenny, que aprovecha su magnetismo y sensualidad para seducir hasta al propio diablo, prefiere la distancia, lo oculto, el misterio. Afirma que la Iglesia perderá a todos sus fieles si sigue abriendo los brazos cual pulpo sacrosanto. Predica, por lo tanto, recuperar el poder de lo invisible y lo esotérico para volver a fascinar a la humanidad. Dice también que es más fácil amar a Dios que a los hombres, ya que lo segundo le resulta penoso.

   The Young Pope cuenta con la interpretación colosal de Javier Cámara (Monsignor Gutierrez), Silvio Orlando (Cardenal Vioello)  y Diane Keaton en el papel de la hermana Mary. Ella se encargó de la educación de Lenny cuando fue abandonado en un orfanato por sus padres hippies. El relato está lleno de sorpresas y aciertos. Es una obra culta que no deja a nadie indiferente. Puede convertir en ateos a los creyentes y viceversa.

   Paulo Sorrentino pone en los ojos de cada espectador cristales de diferentes colores. El ritmo de la serie es lento, venenoso, sedante, afrodisíaco. Lo sacro y lo pagano danzan enroscados, cual siamés Dios-Diablo. Jesucristo (Pio XIII) ve ensimismado cómo un canguro salta en los jardines del Vaticano, (cuando él le pide que lo haga). En ese momento el marsupial se asemeja a Lucifer. El Papa sonríe.

   La serie aborda el tema de la homosexualidad, la pedofilia y el aborto con imágenes inquietantes. El guiño pícaro del Papa al comienzo de cada capítulo es tan provocativo y enigmático como la sonrisa de la Mona lisa. Los perfiles y los diálogos son sólo una pátina. Para ir al fondo es necesario ver con el tercer ojo y escuchar con los oídos de ángeles, súcubos e íncubos.

  La galería de cuadros de la serie forma una secuencia armónica que no tiene desperdicio. Al inicio de cada capítulo la cámara se posa un instante en la Mujer Barbuda de Ribera y sigue acariciando otras obras de arte. Ya casi en el desenlace, el autor se recrea en ese ser andrógino que da de mamar a un niño, y, va dejando todas las puertas abiertas. Habrá una segunda parte de la serie, “The New Pope”, que sin duda volverá a remover   el suelo del que nos erguimos hace millones de años para coger con las manos la fruta de los árboles. Ese recuerdo está impreso en la red cervical.

   Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Benevantano para recordar lo importante que es la cultura como motor de cambio del mundo. Un pueblo culto es la mayor amenaza imaginable al poder establecido. La quema y prohibición de libros ha salvado muchos tronos.

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