(Sobre)viviendo al Ramadán

Por Adaia Teruel @Adaia_Teruel

Empieza el Ramadán. Y, una vez más, los informativos y periódicos contarán, exactamente, lo mismo que el año anterior. Así que no seré yo quien explique la historia del marroquí que trabaja en la construcción de sol a sol y no puede beber agua. Éste no un texto informativo, ni objetivo ni de actualidad. Lo que relato a continuación es sólo mi experiencia personal, después de cinco años en Marruecos (sobre)viviendo al Ramadán.

Viejo tienda

La fecha de inicio del Ramadán —como la de cualquier otra festividad religiosa— no es fija. Varía de un año a otro porque los musulmanes, a diferencia de nosotros, se rigen por el calendario lunar. Y aunque llevo un lustro viviendo en Tánger, es algo a lo que no logro acostumbrarme. De nada sirve guiarse por el calendario para saber cuándo empieza; el avistamiento de la luna es cosa de los imanes —cada país designa a los suyos—. Y estos no pueden recurrir ni a la ayuda mecánica ni al cálculo matemático. Así, que depende de varios factores: la orografía de la zona, las condiciones atmosféricas, la contaminación o la simple agudeza de los observadores. Conclusión: hay un margen de error de un par de días. Y entonces, pasa lo de siempre, que te tiras una puñetera semana escuchando el mismo rollo. “Será el lunes”, dice uno. “No, empezará el martes”, contesta el otro. Y la realidad es que no te enteras de cuándo empieza hasta que ya ha empezado. Como me pasó el primer año, que llevé a Terremoto a la guardería, pero con motivo del Ramadán habían cambiado el horario y tuve que volverme a casa con el niño.

Los días previos, el nerviosismo se apodera de la calle y altera el ánimo de la gente. Andamos todos medio locos. Como si en lugar de empezar el Ramadán, nos estuviéramos preparando para una amenaza nuclear. Como el ayuno es obligado desde que sale el sol hasta que se pone, el mercado, el súper, la pescadería y la panadería cambian el horario de atención al público y abren por la tarde. No queda otra que ser previsor, vaya a ser que te quedes sin aceite para la comida o sin detergente para la lavadora. En las empresas, cambian los horarios. También en los gimnasios, que abren por la noche. Las discotecas y las tiendas que venden alcohol cierran. El resto de negocios, a pesar de estar abiertos, cuentan con unos trabajadores somnolientos y agotados, poco dispuestos a llevar a cabos su tarea, sea cual sea. El Kalvo me cuenta que en la fábrica de Renault donde él trabaja hay operarios durmiendo en todos los rincones. Durante un mes entero vivimos en un país aletargado; que funciona a medio gas.

Las compañías aéreas y los ferris cuelgan el cartel de “no hay billetes”. Porque en Ramadán los extranjeros que residen en Marruecos huyen en estampida. Y no sólo ellos. Gran parte de los marroquíes que tienen pasta —para variar, no hay estadísticas— abandonan sus hogares durante este mes. Su destino preferido, el otro lado del Estrecho. Y aunque Marbella se lleva la palma, sirve cualquier lugar. Siempre y cuando nadie los conozca y puedan seguir haciendo vida normal.

La esencia Ramadán es el ayuno. Durante los treinta días que dura, los musulmanes no pueden comer, beber, fumar, follar ni escuchar música durante el día. La primera comida —el F’tor—, la hacen cuando se pone el sol. Pero desde hace un par de días,en Marruecos, el sol se pone más pronto. Porque, antes de que comience se adelanta el reloj. Así que mientras en España hay sol hasta las nueve de la noche, aquí son las siete y nos sentamos a cenar.

Una vez le pregunté a mi profesora de árabe por qué hacía ella el Ramadán. Ya se lo había preguntado a varias personas pero ninguna me supo dar una respuesta más allá de que lo mandaba su religión. Nabila me dio cuatro motivos por los que ella—y por extensión todos los musulmanes—hacen el Ramadán. El primero,que es uno de los cinco pilares del Islam. El segundo, que hacerlo fortalece la voluntad de las personas. La tercera razón que me dio es que sirve para ponerse en la piel del que no tiene nada y así entender su sufrimiento. Y la cuarta: “ porque científicamente —y uso este término— ayunar purifica el cuerpo”.

Tengo un vecino que habla mucho. También es médico. Cada año intenta convencerme para que haga el Ramadán. “Ya eres medio marroquí”, me suelta cuando me lo cruzo por las escaleras.Yo le contesto siempre lo mismo, que soy de naturaleza débil. El otro día coincidimos en el ascensor. Y después de soltarme el mismo rollo, me dijo dos cosas. La primera, que sabía un truco infalible para llevar bien lo del ayuno. Cuando le pregunté cuál era, respondió: “La fe”, que no es precisamente algo de lo que yo pueda echar mano fácilmente. Lo segundo que dijo, casi como si fuera un secreto, fue: “El Ramadán fortalece el espíritu pero perjudica seriamente la salud”. Eso dijo. Porque al contrario de los ayunos que hace mi padre —que no es musulmán pero siempre ha sido un poco frikie—, el Ramadán no elimina la ingesta de alimentos; simplemente cambia el horario de las comidas. Todo lo que está prohibido hacer mientras brilla el sol, se hace cuando aparece la luna. Y se hace hasta la extenuación.

Dátiles

Durante un mes entero los marroquíes no duermen por la noche. Y yo, tampoco. Mis vecinos se acuestan a las cinco de la madrugada, que es cuando les está permitido comer por última vez. Hasta entonces lo normal es que pongan la tele a todo volumen. Otra cosa que les gusta hacer a mis vecinos, sobretodo a los jóvenes, es subir a la terraza a tocar música. Y como yo vivo en el ático, tengo serenata hasta que sale el sol. No sólo eso. Al alto volumen de la caja tonta y los cánticos desafinados hay que sumarle, los ruidos de la calle. Porque durante las noches de Ramadán, los jóvenes se divierten como pueden. Es decir, con los coches y las motos. Los primeros se pasean por las calles tocando la bocina como si tuvieran párkinson. Y las segundas quemando rueda al más puro estilo de Los Ángeles del Infierno. Si cierro las ventanas, me aso de calor, así que lo normal es que me pase el rato dando vueltas en la cama mientras voy soltando tacos. Y así, cada puta noche durante treinta noches seguidas. Y de regalo, al día siguiente, me toca limpiar la terraza porque me la han dejado hecha un asco. Cascaras de pipas, migas de pan, colillas de tabaco, tarrinas de helado, cucharillas de plástico, latas de refresco y tachas de porros. Muchos porros. Por todas partes, restos de porros.

Estas son algunas de las cosas que suceden por la noche. Por las mañanas, la ciudad parece The Walking Dead. Apenas circulan coches y es raro cruzarse a alguien por la calle. Ya me he acostumbrado a tener la despensa llena y a comprar el pan de un día para otro, pero lo que más me jode es no poder ir a tomar café. Las cafeterías y los restaurantes echan la persiana. Los únicos establecimientos abiertos son los hoteles. Así, que cada día voy a uno distinto y, como soy imbécil, pago un dineral por un café aguado que no sabe a nada.

prohibicionesEl primer año, el Ramadán cayó en agosto. Nosotros acabábamos de llegar de Barcelona y nos estábamos instalando en el piso. Una mañana, mi vecino —el que habla no, otro que tiene un callo morado en la frente; señal inequívoca de quien reza con furor cinco veces al día—, subió a casa gritando y aporreando la puerta. El Kalvo la abrió angustiado, temiéndose lo peor. Un incendio, un atentado, qué se yo. “Te voy a matar” Le amenazó el tipo en un perfecto español —porque había vivido muchos años en Madrid—. “A mí me da igual ir a la cárcel, soy viejo, pero tú saldrás perdiendo. Eres joven, tienes toda la vida por delante”. Mi marido —que a diferencia de la autora— es educado y buena persona, se disculpó hasta quedar afónico. El delito que había cometido: utilizar el taladro para colgar un cuadro; eran las once y medía de la mañana. De hecho, había un cartel en el ascensor pidiendo silencio a los vecinos hasta las doce, pero como estaba escrito en árabe no nos habíamos enterado.

En teoría, durante el Ramadán el buen musulmán debe vestir recatadamente, dar limosna a los pobres, evitar las discusiones y las miradas lujuriosas. En la práctica, es durante está época cuando más agitada, malhumorada y irritable está la gente. Cosa que por otro lado, me parece de lo más normal. Duermen poco, están cansados, tienen hambre y pasan sed, hace un calor de perros y, encima, no pueden fumar. Normal que las peleas callejeras estén a la orden del día. Porque como me dijo un amigo marroquí: “Durante el Ramadán aumenta la religiosidad de la gente, al mismo tiempo que su agresividad.

Tengo otro amigo marroquí que, cuando vamos a la playa y es la hora de comer, se sienta solo en un rincón y espera a que terminemos. Eso sí, en cuanto se mete en el coche, lo primero que hace es zamparse las galletas Príncipe de sus hijos a puñados. Él es musulmán no practicante, pero la presión social por mantener las tradiciones es muy fuerte. Todos los musulmanes están obligados a respetar el Ramadán. Sólo los enfermos, las embarazadas, la gente mayor o las personas que están de viaje, pueden saltárselo. El resto, incluso los indigentes, ayunan. No hacerlo está penado con seis meses de cárcel. Hace un par de años en un periódico local contaron como le habían dado una la paliza a un señor en Fezpor beber agua de una fuente. Después de pegarle, la turba enfurecida lo arrastró a la comisaría. Allí, los agentes lo encerraron en el calabozo. La familia sólo pudo sacarlo después de presentar el certificado médico; el pobre hombre era diabético.

Incluso los extranjeros tenemos que andarnos con ojo. La escena más frecuente es esta: Sales a la calle, el termómetro marca treinta y cinco grados, no sopla el aire, caminas por una cuesta empinada, empiezas a sudar como un cerda y no puedes beber aunque lleves una botella de agua metida en el bolso. No es únicamente por consideración hacia el prójimo, se trata de tu seguridad. Mi marido me cuenta que en la fábrica de Renault hay un tipo francés, que al mediodía se encierra en el despacho con un tupper, baja las persianas y come a la velocidad de la luz.

El año pasado me tocó acompañar a Terremoto a una fiesta de cumpleaños. La hora estaba puesta a mala leche; la una del mediodía. Además de no poder ir con mi marido —porque las fiestas infantiles son sólo para mujeres—, como era Ramadán, sacaron únicamente comida para los niños. Y a mí no me ofrecieron ni agua. Siempre me han fastidiado las normas y desde que tengo uso de razón he sido un poco temeraria, así que, de vez en cuando, —más para distraerme que otra cosa—, salía a la calle a fumar. A escondidas. Dentro del coche. Me sentaba en el asiento trasero —que tiene los cristales ahumados— y daba cuatro caladas nerviosas sin dejar de mirar ni un segundo por el retrovisor. En esos momentos me sentía intrépida, valiente, una mujer con ovarios. Después, una completa idiota porque  cuando terminó la fiesta y regresé a casa, tenía la boca como un estropajo.

Ramadan mubarak

Pero no todo en Ramadán es malo. Pasear por la ciudad, cuando todo el mundo está en casa tomando el F’tores una gozada. Sólo estás tú, el cielo y el graznido de los pájaros. Es una sensación extraña e indescriptible. Algunas veces vamos, con el Kalvo y los niños, a uno de esos restaurantes populares.Las mesas, repletas. Los platos, listos. Y la gente, cuchara en mano, esperando la señal. En cuanto suena la sirena, nos abalanzamos todos sobre la comida, como si fuera la última cena. Y, de repente, aparece la magia. La ciudad se convierte un hormiguero humano. Hay gente por todas partes. En el paseo marítimo, montan atracciones para los niños, mientras vendedores ambulantes gritan su mercancía. Helados. Frutos secos. Globos de colores. Muñecos. Los parques infantiles se llenan de gritos. Los adolescentes ocupan las pistas de futbol. Las tiendas abren hasta la madrugada y, muchas, cambian su contenido. Dónde antes había sandías y melones, ahora hay dátiles y dulces. El ayuntamiento adorna las calles con luces de colores, como las que ponemos nosotros en navidad. Todo el mundo parece feliz y contento.

Aunque si tuviera que escoger una sola cosa, sin dudarlo, elegiría la playa. En Marruecos hay playas preciosas y en Ramadán están vacías. Disfrutar del sol, el mar, y hacerlo en una playa donde estás tú solo se asemeja bastantea la idea que tengo del paraíso. Cuando termine el mes de junio y Tánger se llene con los marroquíes que residen en Europa y vuelven a casa por vacaciones. Cuando en la playa no quede un centímetro de arena libre. Cuando haya cola en los buenos restaurantes. Cuando para recorrer dos cientos metros en coche tarde más de veinte minutos, voy a acordarme de los días bucólicos del Ramadán y a lamentar que no haya durado todo el verano.

Escrito e ilustraciones por Adaia Teruel @Adaia_Teruel

 

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