Serenos, alegres, valientes y osados | Especial Segunda República

Por Juan Manuel Vidal, ilustrado por Iñaki y Frenchy

Fue el filósofo español José Ortega y Gasset quien dejó dicho que “lo queramos o no, después del 14 de abril, todos seremos algo distintos de como éramos”, a lo que el hispanista inglés Raymond Carr añadió que “no sólo porque la gente se transformaría de uno u otro modo, sino que la República significaría un nuevo amanecer en la política española”.

Por suerte, ni la Guerra Civil, ni el yugo, ni las flechas, ni los 36 años de represión dictatorial, pueden borrar el impacto que supuso la II República en España entre 1931-1936. Fue un periodo crucial para empezar a sentar las bases de un Estado Moderno y Progresista.
Lamentablemente hubo quien no aceptó los resultados electorales de 1936 y se levantó contra el gobierno legítimo, dando un golpe de estado que terminaría en una cruenta lucha fratricida partiendo en dos mitades el país.

Aún resulta dudoso creer que haya desaparecido el mito de las dos Españas, que reflejase Machado en uno de sus Proverbios y cantares, dentro de «Campos de Castilla»: “Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Reitero que es dudoso cuando algunos gobernantes modernos parecen haber heredado no solo el mando en plaza, sino el poder divino del que decían emanaba su cetro y, amén de otorgar medallas y oropeles a santos y beatos, no dudan en pisotear grandes logros sociales que tanto costaron enarbolar, sin olvidar la redacción de leyes que parecen emanadas al alimón del Valle de los Caídos y el palacio del Pardo.
En ese lustro increíble se lograron avances como la aprobación de un sistema parlamentario y democrático que reconocía la libertad ideológica y de pensamiento; Sufragio Universal, donde se reconocía el voto femenino por primera vez en España; Separación de los Poderes legislativo, ejecutivo y judicial; igualdad entre hombres y mujeres reconocida en la Carta Magna de 1931; fin de la censura de los medios de comunicación; derecho a la libertad de reunión y manifestación; derecho al divorcio; laicidad del Estado, con separación plena respecto a la Iglesia; consolidación de Educación y Sanidad Públicas; derecho al aborto; reforma agraria; etc.

¡Uffff, esto ya era demasiado para los sectores más conservadores! La caverna echaba chispas y dentro de la misma el sector más ponzoñoso del Ejército con un militar gallego al frente, “bajito, tímido, de voz atiplada, sin carisma”, lleno de “conflictos psíquicos, fantasmas, complejos y fobias que determinaron muchas de sus actuaciones políticas” como reseñó el psiquiatra Enrique González Duro en “Una biografía psicológica” del egregio personaje.

Algunos gobernantes modernos parecen haber heredado no solo el mando en plaza, sino el poder divino del que decían emanaba su cetro

Cómo sería el ínclito “conducator” galaico para que uno de los suyos, el General Queipo de Llano, como reconoció el general Cabanellas, presidente de la Junta de Defensa Nacional, llegase a declarar que «Franco es un canalla. No es ni será hombre de mi simpatía. Hay que seguirle el juego hasta reventar». Se ve que sus palabras se convirtieron en polvo, en humo, en nada.

De poco o nada serviría fantasear con qué hubiera pasado si el Dragón Rapide no hubiera llegado a su destino, o si el golpe hubiera sido parado de raíz, más allá de los consejos de guerra para sus protagonistas, o se hubiera impuesta la cordura y no la cerrazón sedicionista.

Quizá habríamos participado en la II Guerra Mundial junto a los aliados, quizá habríamos integrado la Unión Europea desde sus inicios con todo lo que conllevaba tal premisa, etc. Todo eso pertenece a un hipotético género, cuyo nombre bien podría ser PostHistoria Ficción, donde los sucesos reales se proyectasen hacia delante pervirtiendo o subvirtiendo el curso normal de lo realmente acontecido.
En fin, que lo pasado, para bien o para mal, pasado está. El próximo viernes conmemoraremos el 86º aniversario de la II República y aunque nuestro actual himno solo se pueda tararear cual “La, la, la” de Massiel, al menos nos cabe el orgullo de saber que seguimos “Serenos, alegres, valientes y osados…”, como pregonaba Evaristo San Miguel en el conocido como himno de Riego.

De lo que acontezca en lo sucesivo nosotros, y solo nosotros tendremos la respuesta. Quién sabe si tras los patéticos episodios protagonizados por miembros de la decimonónica y trasnochada monarquía, ya ha empezado a gestarse la III República Española.

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