Populismo, el concepto en disputa

Por Marta Monforte Jaén

Habitualmente, cuando se habla de populismo (ya sea en medios de comunicación o en conversaciones del día a día) se hace referencia a un tipo de gobierno demagogo, que promete lo que no puede cumplir, que está por encima de las instituciones y la ley amparándose en la fuerza de esa entidad supraindividual llamada pueblo. No obstante, Ernesto Laclau, doctor en Historia dedicado a la filosofía política, en su libro “La razón populista”, lo definió como una forma de pensar las identidades sociales, un modo de articular demandas dispersas. Laclau propuso rescatar este término de su lugar marginal dentro de las ciencias sociales y pensarlo, no como una forma degradada de la democracia, sino como un tipo de gobierno que permite ampliar las bases democráticas de la sociedad.

Laclau afirmaba que la crítica clásica al populismo estaba muy ligada a una concepción tecnocrática del poder según la cual sólo los expertos deben determinar las fórmulas que van a organizar la vida de la comunidad. De esta concepción se desprendía el temor a que las masas populares excluidas se incorporan a la arena política y aparecieran formas de liderazgo poco ortodoxas desde el punto de vista liberal. En la sociedad concebida por el liberalismo, los actores sociales, los individuos, deberían conglomerarse alrededor de intereses bien definidos y preferiblemente racionales. Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de lucha de clases marxista (entendida como una oposición que se generaba por la naturaleza de la opresión de clases), por la idea de que en la sociedad hay una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como sociales y culturales. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares confluyan como una única opción contra la ideología del bloque dominante.

El carácter distintivo del populismo es precisamente que aloja una variedad infinita de demandas que logran unificación a través de un enemigo común.

El populismo, entendido según este autor, emerge cuando los cauces institucionales bloquean una y otra vez las demandas colectivas. Pondré un ejemplo de Silva-Herzog Márquez: pensemos en un barrio donde hace falta el agua. Los vecinos se organizan, acuden al ayuntamiento y piden el suministro, pero el problema no se resuelve. La frustración del barrio será inevitable: el poder público no ha logrado atender su exigencia. Pero ésa será solamente una demanda frustrada. ¿Qué sucede si esa frustración no es la frustración exclusiva de ese barrio, sino la experiencia de un grupo más amplio, de toda la ciudad quizás? ¿Qué pasa si además de los problemas de agua hay inseguridad, malas escuelas y hospitales sin medicinas? ¿Qué sucede, pues, si esa frustración con el poder público es generalizada? Es entonces cuando se desata una lógica social en donde distintos grupos, con distintas demandas y distintas ideologías, se igualan en la vivencia de sus repetidos reveses frente al poder. Una cadena de similitudes congrega lo disperso y moldea un sujeto popular. Es en ese momento cuando puede hablarse de una ruptura populista. El carácter distintivo del populismo es precisamente que aloja una variedad infinita de demandas que logran unificación a través de un enemigo común. Lo único que les permite a las demandas establecer lazos entre sí, es, ergo, el hecho de que todas ellas se contraponen a un enemigo x. a partir de la exclusión, de la identificación de ése “Otro”.

Despejada entonces la cuestión de qué es el populismo, queda aún la incógnita de cuáles son las condiciones que permiten el brote y la consolidación de este tipo de movimientos en las sociedades. Si hubiera que decirlo sucintamente, diríamos, con Laclau, que el germen populista se instala en la sociedad sólo si, y en tanto que, haya emergido previamente su pilar discursivo fundamental: el significante vacío de “el pueblo”.

Un significante vacío es justamente eso: un significante que, como apuntó Saussure en su momento, no tiene significado propio ninguno, es decir, un soporte que no tiene contenido, un mero esqueleto semántico, al que, en principio, se le puede adosar cualquier concepto. Que “el pueblo” sea un “significante vacío” quiere decir que, según apunta Laclau, su significado variará según el contexto cultural, según la geografía y según la historia de una determinada sociedad. A una mayor ambigüedad de un concepto o de vacío del mismo, podrá solventar la existencia de distintos tipos de concepción sin que estalle el orden social.

En el libro “Hegemonía y estrategia socialista” que Laclau escribió junto a Chantal Mouffe, se propone la compresión de la política entendida como una disputa por el “sentido común”. No se trata sólo de liderazgo ni de alianza de fuerzas, sino de la construcción de un sentido que produce un nuevo orden moral, cultural y simbólico. El sentido común se encarga de identificar los actos hegemónicos y los objetivos de un grupo particular como si fueran los de toda la sociedad, al tiempo que se naturalizan y se presuponen como necesarios. Quien dicta el “sentido común” (es decir, quien tiene la hegemonía) es quien controla el orden social.

Para que exista populismo no basta sólo con una débil institucionalidad, con la existencia de un gran número de demandas insatisfechas ni con la aparición de un significante vacío que dé coherencia semántica a esas demandas populares. Para Laclau, tiene que darse el momento de la investidura radical, que vendrá a coronar al llamado líder.
Laclau señala que el populismo no es definible en términos ideológicos sino más bien en términos de su modus operandi y de sus objetivos. Para él, el populismo es, ante todo, una lógica política que busca constituir, retórica y unificación simbólica de por medio, uno o varios actor/es político/s.

One thought on “Populismo, el concepto en disputa

  • 28/02/2017 at 1:42 pm
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    Las ideas de Laclau no se oponen en absoluto a la concepción marxista de la sociedad, simplemente es una diferencia semántica, llama a los mismos fenómenos con palabras distintas. Lo que Laclau llama “antagonismos” entre las diferentes clases y capas sociales, Marx lo llama “contradicciones de clase” y distingue entre las contradicciones antagónicas y las no antagónicas, estas ultimas permiten la alianza de clases que, teniendo contradicciones (antagonismos), tambien tienen intereses comunes y un enemigo común con el que su contradicción es antagónica. Esa alianza de clases seria el “pueblo” de Laclau. Mao Zedong organiza una alianza de clases, proletariado, campesinado, pequeña burguesia, incluso incorpora a la burguesia nacional dirigida por Chiang Kai-shek, siendo el enemigo la alianza entre los japoneses y la oligarquia china. A esa alianza Mao la llama “pueblo”. Insisto, el populismo de Laclau me parece marxista.

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