Opiniones de un charnego que vive en Murcia

Por Sergio Martos. Montaje de Bezerradas Nocturnas

Después de lo que ha pasado a lo largo de estas semanas no hay marcha atrás, y esto lo sabe cualquiera. Sin embargo, esto significa también otra cosa, que muchos han entendido ya: lo que se abre ante el futuro catalán y español es algo nuevo. Ya sea como tragedia o como farsa, vamos a ver -y otros muchos, a hacer- algo no visto en las últimas décadas. Algo que va a poner a prueba la capacidad de entendimiento de todo el mundo.

Conocemos -por si quedaba alguna sospecha hasta el otro día- la regresión franquista del Partido Popular, así como el apoyo y la connivencia de esas dos extrañas criaturas socioliberales, y desde luego también la falta de acción y reacción de la izquierda más sostenible en el parlamento. De todos ellos, sólo uno está a la altura de la circunstancia en materia de política, y no avecina nada bueno; lo último que necesitamos en el resto del país es un fascismo sin vergüenzas que tapar y una izquierda desconectada.

Visto así, desde fuera de Catalunya uno se queda sin demasiadas cosas que decir. Desde luego, si hubiera estado en Barcelona -donde he vivido mi infancia, buena parte de mi adolescencia y el primer año de universidad- hubiera votado que sí; el rostro claro de la represión es un buen motivo; ¿quién está «a favor de la muerte»? Pero en cambio, desde mi exilio en Murcia, ¿qué querría yo pensar o sentir? Uno no quiere a su tierra más lejos de lo que ya está. El fantasma de un catalán, por extraño que sea, está escrito en las Corrandes d’exili de Joan Olivé: «A Catalunya deixí/ el dia de ma partida/ mitja vida condormida: / l’altra meitat vingué amb mi/ per no deixar-me sens vida.» 03.10.2017.

Azaña nos tenía que recordar que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego». Acaso hay que recordarle todavía esto a quienes aún insisten en hacer una especie de pelea de banderas, donde la bandera del Estado simboliza una nación cuyo nacimiento fue póstumo.

Pero si ser charnego -catalán descendiente de españoles no catalanes- significa algo un tanto particular, más extraño resulta serlo en los límites de España y fuera de Catalunya. Ser un charnego en tierras murcianas -bañadas por la complejidad de una Región tan atravesada por la historia, con Cartago Nova y Madina Mursiya en el horizonte- supone rehacerse uno los esquemas. Y en esta reconstrucción tan peculiar, no se puede dejar de mirar hacia los lados.

A un lado está Unamuno, criado en plena guerra carlista y fallecido bajo el horror de la Guerra Civil, a la altura de su casa en la calle Bordadores de Salamanca. Aquel 12 de octubre de 1936 le espetó a Millán-Astray: «Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.»

Al otro lado está la única tradición que no ha tenido que odiar a este país para poder amarlo -que no ha debido apelar al “espíritu español” para matar a españoles-: la de la República. Azaña nos tenía que recordar, en una guerra que se acercaba más a su final que a su comienzo, que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego». Acaso hay que recordarle todavía esto a quienes aún insisten en hacer una especie de pelea de banderas, donde la bandera del Estado simboliza una nación cuyo nacimiento fue póstumo.

La arquitectura simbólica que define a este país está manchada por las aguas de un lago podrido inaugurado por Franco, que todavía exhibe el imaginario de la Edad Media. En lo que respecta a ello, sigue vigente el espíritu que ensalza Donoso Cortés en 1849.

Recordemos: «Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura.» De esta pasta es de la que está hecha la derecha española, sin una mínima marca de responsabilidad de Estado. Es un estallido fugaz -no una idea, porque ha dejado atrás toda huella de discurso- que brilla más allá del absolutismo de otros siglos, cuyos ecos se degradan: ahora ya no claman «todo para el pueblo pero sin el pueblo», sino «todo para la ley pero sin la ley». A esto hay que responder dando dos pasos hacia adelante: uno para recordar que somos el fantasma de navidades pasadas -de aquellas en las que fueron asesinadas millones de personas- y otro para asegurar que en el futuro no habrán más fantasmas.

 

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