Opinión | Sólo el viento y el cine romaní

Por Eduardo Nabal

Hay películas recientes que son una verdadera llamada de atención sobre la violencia y la intolerancia que se han instalado en nuestro mundo. También sobre las formas invisibilizadas de exclusión en un universo global y tendente a la uniformización de pensamientos y conductas, tanto a nivel individual como social. Un mundo donde las diferencias crecen y los derechos de las llamadas minorías étnicas son simple moneda de cambio en los programas políticos. Una de esas películas es la reciente Solo el viento, bien recibida a pesar de su final pesimista y su realismo, a ratos, lírico y, a ratos descarnado.

La obra del realizador húngaro Bence Fliegauf, además de ser una excelente película —aparentemente modesta y queda—, es un testimonio importante acerca del racismo reciente contra el pueblo gitano en Hungría y otros lugares de nuestra maltrecha Europa de los mercaderes. Un racismo que se ha visto agudizado por la forma de los gobiernos de echar la culpa a minorías o mayorías silenciosas del expolio bancario y la recesión económica, como hemos visto recientemente en la Francia amenazada por el fantasma del lepenismo. Huyendo del panfleto y el discurso fácil  pero con la violencia racista como previsible final catárquico, Sólo el viento muestra varias generaciones de hombres y mujeres de raza gitana y su lucha por la dignidad, la autenticidad y la individualidad. El ambiente de creciente amenaza no desmerece el cuidado retrato humanista y psicológico de una familia amenazada por bandas organizadas pero que trata de sobrevivir en la cotidianeidad de la aspereza, la miseria y el olvido. La naturaleza que rodea las pequeñas casas, las microaldeas… La misma escuela donde estudian los más aventajados se convierte en una protagonista más de la película, a la vez liberación y trampa, como esas chabolas donde los más pequeños juegan a la PlayStation mientras los mayores hacen planes de huida o posible cambio.

Los gitanos son un pueblo que vive a nuestro lado pero del que sabemos menos que de las culturas más exóticas, salvo algunos tópicos: la endogamia, el machismo, la pequeña delincuencia, el trapicheo, el culto al honor y los que destacan por el baile, la actuación o el flamenco

El filme está basado en una matanza real de gitanos en Hungría. El pueblo judío parece, hasta hace poco, haberse adueñado del holocausto nazi dejando en segundo plano a los miles de gitanos asesinados en los campos de concentración, al colectivo LGTB torturado y masacrado (bajo el símbolo  triángulo rosa)   allí mismo o los militantes izquierdistas eliminados por Hitler y sus tropas, a los discapacitados/as etc. Pero los micro holocaustos, continúan como vemos en la Hungría de Sólo el viento o en la Rusia homófoba de Putin. Los gitanos son un pueblo que vive a nuestro lado pero del que sabemos menos que de las culturas más exóticas, salvo algunos tópicos: la endogamia, el machismo, la pequeña delincuencia, el trapicheo, el culto al honor y los que destacan por el baile, la actuación o el flamenco. El olvido, la marginación y la deshumanización han hecho que sus manifestaciones culturales generalmente orales o musicales hayan tenido poco eco en los países donde residen (como ha ocurrido con el pueblo kurdo, de otra manera y en otras coordenadas geopolíticas). Su escolarización ha sido difícil pero también es cierto que en países como el nuestro ha empezado a reclamar sus espacios lúdicos, reivindicar la libertad sexual o ideológica y que el aglutinamiento en el lugar común contribuye al involucionismo al tiempo que al hecho de ver solo el lado negativo de culturas bien diferentes a la nuestra, aunque vivan enfrente.

Con una cámara vigorosa, muy próxima a la piel y el sudor de actores y actrices, Sólo el viento parece querer poner su acento en los dos jóvenes de ambos sexos que representan una mirada iconoclasta en una sociedad a la vez nómada e inamovible en algunas de sus tradiciones. Una familia disfuncional que se acaba ganando nuestra simpatía por el coraje con el que hace frente a una amenaza de violencia que se respira desde los letreros iniciales de la cinta. Fliegauf deja mucho espacio a la improvisación a sus actores, no es reiterativo en su denuncia o alegato sociológico pero mide con precisión los planos y los claroscuros para conseguir una atmósfera a la vez cálida y desgarrada, llena de amor y rabia soterrados que el pone en evidencia a través de una planificación que tras su aparente desaliño esconde una gran elaboración.

Encontramos nuevas generaciones apegadas a tecnologías de hoy en día (Internet, móviles)  y a costumbres del pasado, también la prepotencia policial y el racismo que se manifiesta de formas sutiles o, finalmente violentas. Esos dos jóvenes que, a su manera, no se encuentran su lugar en el microcosmos familiar que muestra la película sin convencionalismos. Y es en su desplazamiento por ambientes cerrados u opacos y espacios al aire libre donde el realizador húngaro consigue la mayor fuerza poética.

Premiada con el Oso de Plata en el Festival de Berlín, Solo el viento es una de esas películas que dan a conocer realidades a las que no solemos mirar de frente. El realizador opone espacios opresivos y marcados por una iluminación sombría frente a exteriores donde, junto a la pobreza, se respira un contacto con la naturaleza, el calor  y la vida. El contacto con culturas cambiantes y amenzadas  unido al trabajo en el campo y la existencia en pequeños clanes dan algunos momentos de lirismo a un filme seco y trágico pero lleno de vitalismo y un extraño ritmo narrativo, entre lo contemplativo de la primera parte y lo crispado de sus inolvidables  minutos finales. Hay heridas en la historia, injusticias sociales que solo el viento puede curar.

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