Opinión | Señores diputados, ¿cómo están ustedeeees?

Por Luis Aneiros

Escribo estas líneas minutos después de haber terminado el primer día de los dos que debiera ocupar la moción de censura presentada por Unidos Podemos al gobierno de Mariano Rajoy. Evidentemente, todavía no he escuchado los discursos de los cuatro partidos mayoritarios en el Congreso, pero sí los de la portavoz de UP, Irene Montero, y los del actual presidente Mariano Rajoy, y el candidato Pablo Iglesias. Pero algo me dice que la reflexión que me ha llevado hasta aquí no va a variar sustancialmente en la tarde del miércoles, 14 de junio, último día de debate y de votación.

Tanto el presidente del gobierno como la práctica totalidad de los portavoces de los grupos que votarán NO a la moción, han remarcado el carácter estéril de la misma. Y, de paso, aprovecharon lo predecible del resultado para acusar a Podemos, y especialmente a su secretario general, de montar un circo, un show televisivo, un espectáculo, etc. etc., buscando exclusivamente el protagonismo que las cámaras de televisión podrían darle.

E, indudablemente, tienen razón.

Lo que les molesta a los diputados disconformes con la moción de hoy no es que sea un espectáculo o un show, sino que ellos se ven obligados a  participar. Lo que no desean es tener que leer en voz alta su guión

Lo que se ha visto hoy en el  Congreso de los Diputados ha sido una puesta en escena, un show, un número circense, una performance, un simulacro de debate cara a la galería… Pero es que, tal y como funciona la política en nuestro país, todo eso es lo que ocurre en el Congreso en cada sesión. No importa el tema, ni la solemnidad del acto. No importa que se debata una moción de censura, los Presupuestos Generales del Estado o un proyecto de Ley. En España, el Congreso es sólo un enorme escenario donde los españoles tenemos la oportunidad de ver una representación previamente ensayada por parte de todos sus actores. ¿O acaso los diputados que acusaban a Iglesias y a su formación de estar dando un espectáculo se dirigían a los allí presentes mientras hablaban? ¿No eran ellos mismos parte de dicho show, y no estaban simplemente trasladándonos a nosotros, los espectadores y oyentes, el mensaje que querían transmitir?

Cuando un orador sube a la tribuna del Parlamento y lee (en la mayor parte de las ocasiones) lo que lleva escrito, no siempre por él mismo, es plenamente consciente de que no va a convencer absolutamente a ninguno de los diputados presentes en el hemiciclo.  La “disciplina de partido(1) hace que sus compañeros de filas no puedan discrepar, así que para qué molestarse, y que los miembros de las demás formaciones tengan ya las instrucciones precisas con el sentido de su voto, así que por qué molestarse. El debate, entendido como intercambio de ideas en busca de un entendimiento final, es absurdo, ya que las posturas de los partidos llenan ya los portafolios de los oradores desde días antes de que se lleve a cabo la representación en sede parlamentaria. Van escritos los discursos, las réplicas, las contrarréplicas, las dúplicas y toda intervención posterior que se quiera inventar sobre la marcha. La política no se hace en los escaños, sino en los despachos. Y si nuestros representantes decidieran, a partir de mañana mismo, dejar de asistir al Congreso, nada cambiaría. Tan sólo las ya existentes reuniones entre portavoces de los distintos partidos y sus asesores tendrían las mismas consecuencias que las doce horas que han ocupado hoy con su “circo”. Todo se lleva planificado tras intensas reuniones entre los representantes de los partidos. Y se va al escenario con los papeles bien aprendidos. No hay lugar a la sorpresa, no caben las improvisaciones ni las salidas de guión. Hasta cuando los sanchistas votaron NO a Rajoy en la sesión de investidura de octubre de 2016, ya todos conocíamos nombres y apellidos de los socialistas díscolos.

Entonces, ¿sirven de algo sesiones como la de hoy? ¿Aporta algo el duelo previsible de descalificaciones, acusaciones, insultos incluso, a la buena marcha de la democracia, cuando todo se planifica en los despachos y tan sólo se escenifica en el Congreso? ¿Es una farsa lo que presenciamos en nuestros televisores o escuchamos en nuestras radios? ¿Es realmente un circo o un show, y nosotros tan sólo los espectadores? Sin duda, pero un circo necesario.

Lo que les molesta a los diputados disconformes con la moción de hoy no es que sea un espectáculo o un show, sino que ellos se ven obligados a  participar. Lo que no desean es tener que leer en voz alta su guión. Les inquieta que sea público, que sea en directo, que sus medios afines no puedan manipular las palabras ni los gestos ni las intenciones. Con esta moción, Iglesias les obliga a posicionarse, a mirar de frente la infinidad de motivos que hay para presentarla, aunque efectivamente no debiera ser él quien la presente, sino el PSOE con Sánchez al frente. Pablo Iglesias, con acierto o sin él, provoca imágenes y frases que quedarán grabadas, no en nuestras memorias sino en discos duros y hemerotecas. Y el compromiso de justificar un apoyo al gobierno del partido más corrupto de Europa, y al gobierno que arruinó las vidas de millones de españoles, les incomoda.

Y reprochan a Iglesias el coste que ese circo supone para los contribuyentes, como si fuera mayor que lo que cuesta el triste espectáculo de verlos dormir en sus escaños, jugar con el móvil o, lo que es mucho peor, el dinero que todos les pagamos mientras vemos sus asientos vacíos.

(1) Utilizo ese término porque “renuncia a las ideas propias, so pena de sanción monetaria o disciplinar, en beneficio del bienestar de quienes manejan los hilos del partido” era demasiado largo para ir en medio de la frase.

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