Opinión | Moción de censura y otras cuestiones

Por Víctor Chamizo ilustración de El Koko

¿A qué nos dedicamos en este país – En España, para que algunos no se sientan ofendidos? Y cuando digo que a qué nos dedicamos, me estoy refiriendo a los ciudadanos, los que recorren día a día sus calles, los que acuden cotidianamente a sus puestos de trabajo – aquellos que gocen de ese “privilegio”, ya que el trabajo ha pasado de ser un derecho para convertirse en privilegio – los que transitan los mercados y los almacenes, los que escuchan las cadenas de radio y las televisiones, los que leen la prensa, los que buscan desesperadamente una oportunidad de empleo, los que, en definitiva desarrollan su vida en el interior de sus fronteras.

Cierto es que se establecieron unas instituciones – supuestamente democráticas – y que esa vía debe utilizarse, por ello, la moción de censura planteada por Podemos es, a juicio del que escribe, un modo racional, legítimo y legal de tratar de expulsar del gobierno a un partido que ha expoliado al pueblo continua y asiduamente. Como, igualmente piensa también el que estas líneas está trazando, debería ser inmediatamente ilegalizado, ya que ha traspasado todas las líneas rojas que delimitan la democracia y la financiación de los partidos políticos.

¿De verdad existe alguien que crea que va a llegar un salvador que nos saque de este lío, un mesías venido de Dios sabe dónde? ¿Cree alguien que alguna vez, los derechos, las reivindicaciones, los logros, se han conseguido por gracia divina?

¿Y nosotros, los ciudadanos de a pie, los que hemos sostenido esta farsa y hemos soportado el robo indecente de las arcas públicas, que hemos alimentado con nuestros impuestos, nosotros a qué nos dedicamos? ¿Debemos ser meros observadores de lo que ocurre? ¿Es ese el modo en el que debemos interpretar el concepto democracia – gobierno del pueblo, que no se nos olvide el significado de la palabra – ver, oír y callar? ¿No deberíamos salir abrumadoramente a la calle, a denunciar esta indecencia que nos venden como un estado de derecho? ¿No deberíamos propagar a los cuatro vientos que nos han estafado, que nos han estado estafando durante casi cuarenta años, y no exclusivamente en lo económico, que ya tiene su propia y particular enjundia, sino en lo social, en lo moral y en lo político? ¿Los que defienden el sistema, dicho de otro modo “este sistema”, cuánto tiempo van a continuar disfrutando de la impunidad de la gente? ¡Qué digo de la impunidad, del beneplácito! Ocho millones de individuos continúan confiando en ellos, a pesar de todo. ¿Estamos locos o, sencillamente somos idiotas? ¿De verdad existe alguien que crea que va a llegar un salvador que nos saque de este lío, un mesías venido de Dios sabe dónde? ¿Cree alguien que alguna vez, los derechos, las reivindicaciones, los logros, se han conseguido por gracia divina? Todo se ha conseguido a base de lucha, de sangre sudor y lágrimas.

El poder no va a ceder ni un milímetro, gentilmente, generosamente, porque el poder no es generoso, es avaricioso, es ruin y miserable, y le importa una higa lo que considere que tiene que llevarse por delante con objeto de alcanzar sus fines, sus cada vez más avariciosos fines.

¿Realmente todavía existen individuos que consideran cierta la frase “más vale malo conocido que bueno por conocer”?

Bajo mi personal y, obviamente subjetivo, punto de vista, todos esos que alegan que es mejor lo que tenemos que lo que tendríamos si gobernaran otros, son una muestra evidente de miopía política. Estoy seguro de que cuando aprecian que es el momento de cambiar de coche no piensan “voy a quedarme mejor con el viejo, porque el nuevo no sé cómo me va a salir”.

Y todos, absolutamente todos, cuando acceden a discutir sobre el tema sacan a relucir una palabra, que es como un talismán, una especie de fetiche de vudú. Esa palabra es Venezuela, y muchos no sabrían ni situar ese país en el mapa.

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