Eres libre, es una orden (Vuelta a escribir)

Por Filosofía Perdida

Vivimos en un país que, nos pese a cuantos nos pese, fue gobernado por un dictador desde 1939 a 1975, año en que, como presume el hijo de diplomáticos nazis Hermann Tertsch cada vez que queremos recordarlo, murió en la cama. A diferencia de países como Argentina, no hubo un proceso contra los golpistas, a diferencia de países como Chile, no se le quitó con urnas, a diferencia de países como Alemania, no se prohibió su ideología fascista porque la transición la capitaneó un falangista, la representó un rey que había puesto de heredero y la contrarrestó un PCE al que exigieron aceptar una serie de condiciones que calmasen al ejército para poder acceder a elecciones.

Esto hace de nuestro sistema político una suerte de heredero de una manera de funcionar que, mal que nos pese a los demócratas, no depuró responsabilidades de una policía que torturó, unos ministros franquistas que pasaron a la democracia fundando partidos políticos y un ejército que, más allá de unos pequeños intentos vanos por volver al régimen que añoraban, acabó por formar parte del sistema sin que se apartase a quienes dos años atrás habían dado apoyo a este régimen. La Europa democrática y abierta que contemplaba al otro lado de los Pirineos todos los abusos de nuestro dictador sin intervenir, nos dio la bienvenida al mercado único y vinieron los biquinis y el topless, los Rolling Stones, el Euro y la estúpida sensación de que éramos tan avanzados como los países que nos rodeaban, pero no era así.

Con la propaganda, las consignas, la formación del “espíritu nacional” en las escuelas, el NODO y el mensaje de navidad del dictador, se introdujo en la población una suerte de pensamiento dominante que consistía en no participar, en no pensar demasiado, en aceptar lo que nos den y, llegado el caso, en el odio visceral a quien se le ocurriese salirse de lo marcado. Hubo un tiempo en que ser comunista era peligroso, hablar en vasco era signo de ser un terrorista, hablar en catalán era despreciable por una mayoría de gente, salir en una manifestación era meterse en problemas y cuestionar la dictadura era querer volver a la guerra civil, sin que nadie se atreviese a decir que la guerra civil la habían provocado los militares que estaban en el poder, y no la democracia anterior a Franco.

Desde que en Cataluña se iniciase un movimiento a favor de la independencia, me parece revivir todo lo anterior, unos medios donde todo lo relacionado con la independencia pasa a ser peligroso, cualquier cuestionamiento de la Constitución se toma como anteriormente se había tomado un cuestionamiento de la dictadura, cualquier aceptación de la voluntad popular pasa a ser un delito y, sobretodo, cualquier planteamiento diferente al que nos quiere dar el gobierno parece que nos sitúa fuera de la legitimidad que se atribuye quien manda. No es que estemos ante un gobierno autoritario, es que el llamado franquismo sociológico que estuvo manteniendo durante tanto tiempo al régimen, en realidad no nos abandonó, sino que se mantuvo tan vivo como oculto hasta que el poder y la prensa a él esclava quiso hacerlo aparecer.

De golpe encontramos cómo la policía y la Guardia Civil van a Cataluña entre aplausos de la gente al grito de “a por ellos”, cómo en las redes sociales se suceden comentarios violentos contra quienes desean el referéndum, cómo quitar urnas nos traerá la democracia y pedir el voto se convierte en algo peligroso y violento, mientras grupos de ultraderecha se manifiestan contra políticos en asamblea o amenazan a otros políticos que desean votar. Hay todo un país que vuelve a considerar prácticamente un delito hablar en catalán, se desprecia a quien se siente nacionalista, o no se siente español, se critica una postura de diálogo, se aplauden recortes de derechos y libertades en Cataluña, incluso en contra de la propia ley, y se aplaude la violencia para acabar con el pensamiento. Podemos hablar de una sociedad que, cuarenta y dos años después de la muerte del dictador, no ha perdido ese pensamiento que insuflaba el régimen o, incluso peor, sin haber vivido la dictadura, nacieron en un país que lo tenía tan naturalizado que han sabido heredar tal pensamiento sin que la propia sociedad les hubiera ayudado a corregirlo.

No es que estemos ante un gobierno autoritario, es que el llamado franquismo sociológico que estuvo manteniendo durante tanto tiempo al régimen, en realidad no nos abandonó, sino que se mantuvo tan vivo como oculto hasta que el poder y la prensa a él esclava quiso hacerlo aparecer

Quiero dejar presente que no soy nacionalista, ni me parece bien el gobierno de derechas de Convergencia que apoyó el PP en varias ocasiones, o sus planes de desvincularse de una parte del país que, no lo olvidemos, sufre tanto las políticas destructivas de Rajoy como ellos. Me encanta escuchar a David Fernández hablando con tanta humanidad sobre los males del capitalismo, o ver cómo Anna Gabriel desafía a un PP y un C’s que pretenden imponer “la españolidad” a l@s niñ@s catalanes como se impone la adoración al rey con el concurso “Qué es un rey para ti” a la infancia de un país que todavía no ha votado cómo desea su jefatura de estado. No creo que poner fronteras lleve a un mundo más justo, ni me parecería una salida digna al conflicto una Declaración Unilateral de Independencia que no acepte la pluralidad de Cataluña. Pero dicho esto, veo mucho peor la otra parte del conflicto, la trinchera que reivindica a Franco directamente, o pide su política indirectamente; la España que aplaude la represión como si fuera, citando a Antonio Maestre, un maltratador que desea a su pareja como una posesión y si la ve libre quiere imponerle con violencia que vuelva a su lado. Me aterra vivir en un país donde respetar la voluntad del pueblo catalán te convierte en un enemigo, donde cuestionar la democracia que crearon los sucesores de Franco y los que apoyaron sus decisiones te convierte en diana de una masa acrítica y posible víctima de una ultraderecha que, por mucho que nos felicitemos de que no tiene representación parlamentaria, tampoco tiene persecución legal por parte del gobierno actual.

Siendo evidente que la Constitución no la bajó Moisés del monte Sinaí, ni nos la dictó Alá como si fuera el Corán, ¿qué tiene entonces de malo cuestionarla? Y si no se puede cuestionar, ¿por qué las fuerzas del orden que en lugar de impedir desahucios los protagonizaban en contra del artículo 47 de esa misma Constitución? ¿por qué no se arremetió contra la amnistía fiscal inconstitucional como se ataca hoy al gobierno catalán y a su pueblo? ¿qué hace que la exigencia de trabajo dé igual cuando se hace una reforma laboral pero la unidad de España sea sacrosanta e inviolable cuando se trata de organizar el territorio? Son preguntas sin respuesta para una sociedad acrítica cuya única interpretación de la realidad no ha cambiado en cuarenta años, rechazando la dictadura porque lo exigía ser demócrata, pero aceptando todo lo que sus herederos imponen como nueva verdad, sin plantearse cuánto de lo que le dictan posee la misma lógica que la “G. de Dios” que decían las monedas que había hecho caudillo a Franco.

Hay gente que se cree libre porque le ordenaron creérselo y usará esa libertad como le ordenen que tiene que hacerlo.

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