Literatura | Las siete cabritas o la historia oculta del S.XX en México

Por María Sánchez Arias

Frida Kahlo, Pita Amor, Nahui Olin, María Izquierdo, Elena Garro, Rosario Castellano, Nellie Campobello y, con su permiso, Elena Poniatowska. Estas ocho mujeres marcaron el devenir cultural, literario y diría hasta social del S.XX mexicano; siglo que fue, quizá, el culpable de la depresión occidental generalizada. Todo cambió tras dos guerras mundiales, unas cuantas civiles y varias revoluciones-la primera, la mexicana-. En este siglo, también, aunque muchas veces a la historiografía se le olvide, hubo mujeres que lucharon, que removieron, que cambiaron el rumbo histórico y social. Quizá, sean más conocidas por ser la mujer/amante de Rivera, el pinto Méxicano, o de Octavio Paz, Elena Garro, a lo sumo como la mujer que salía desnuda en los cuadros, la que tuvo un affaire o la hijita de un tal revolucionario conocido como Pancho Villa. No obstante, y pese a quien le pese, estas mujeres fueron mucho más, pintaron México, escribieron la Revolución, ayudaron a los indios, avergonzaron a la izquierda “revolucionaria” al señalarles su hipocresía, describieron el dolor, el sufrimiento, hicieron Memoria-recuérdese que esto no es lo mismo que la tan aclamada historia.

Elena Poniatowska nos recuerda, una vez más, la memoria obviada, silenciada. Ella, así, entra en el mismo lugar que las siete cabritas, un cielo más bonito que el de nuestro Dios, el occidental

Tampoco se ha de olvidar que Frida no es la de los bolsos o las camisetas, convertida, como ya le ocurrió al Che, en una imagen absorbiendo todo su poder como motor de cambio. Pita es más que sus desnudos, sus salidas de tono, Pita es mucho más que eso, Pita Amor es la voz, más bien, el eco de aquellas monjitas que, además de rezar, escribían versos, mal-llamados místicos o ascéticos. Nahui Olin no es el Sr. Alt y su relación más que morbosa, es fuerza, óleo, color, México. María Izquierdo es el rojo incesante de México, más de lo que Artaud pensaba y creía. Garro, no fue la mujer de Octavio Paz, fue aquella que, a pesar de la historiografía literario, le dio mil vueltas. Rosario Castellano amó, sí, pero, sobre todo, escribió, enseñó. Campobello, tampoco fue la hija de Pancho Villa, fue aquella que escribió la Revolución sin remilgos, sin adornos.

Elena Poniatowska nos recuerda, una vez más, la memoria obviada, silenciada. Ella, así, entra en el mismo lugar que las siete cabritas, un cielo más bonito que el de nuestro Dios, el occidental. Un cielo lleno de mujeres, un cielo donde México se descubre colorido, multilingüe, que no plurilingüe, criollo, moderno, vivo, musical, divertido, amable, empático, lleno de vida. Un México que, por una vez, ha sido escrito con rostro de mujer. Un México que invita a bailar de la mano de las hermanas Campobello, huir de Pita y sus desplantes o llorar con la narrativa de Garro. Un México que no obvia el dolor y el sufrimiento de Frida, ni sus corsés, ni sus enfermedades, ni la desaparición y la no-muerte de Campobello. Un México de color rojo Olin. La segunda Elena es, pues, la creadora de ese universo universal, que fascinó a unos cuantos vanguardistas, historiadores, norteamericanos y antiguos colonizadores que no podían más que aplaudir ante tal imagen. Cambiemos el título, sí, Las ocho cabritas. Ahora, Elena Poniatowska no sólo escribe, crea, deicida matriarcal o feminista. Gracias, Elena, por acabar con ellos.

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