Opinión | Hacia donde vamos

Por Víctor Chamizo

Un país que se pierde el respeto a sí mismo está condenado al fracaso. En España hace tiempo que nos lo perdimos. Desde el momento en que hemos consentido que nos gobierne una banda de malhechores. Una banda de  delincuentes de la que, cada vez más a menudo, y, en cada momento, más voluminosamente aparecen casos de corrupciones y corruptelas políticas, económicas y de toda índole.

Por si ello no fuera suficiente, aparte de las lindezas de gobernantes que tenemos, que no difieren en nada de las que podían existir en el siglo XIX, el de los bienios de alternancia entre liberales y progresistas, la oposición no es mucho menos corrupta que el partido en el poder, y entre ellos se vienen protegiendo, con el único objeto de mantener su estatus, y sostener a una camada de ganapanes que se benefician de este régimen político.

Es el momento de echar a toda esta basura de la política y de las instituciones, y la única manera de hacerlo es que la ciudadanía se vuelque con los movimientos sociales y de cambio, que pretenden darle la vuelta al calcetín, que por el lado que está ya huele demasiado.

Estar con los movimientos del cambio implica tratar de convencer a todos esos temerosos de lo nuevo, de la renovación, a todos aquellos que sienten el vértigo de romper con lo establecido, porque la mayoría no son conscientes de lo que está sucediendo, aunque se quejen de la situación, y ello les hace asirse al sistema como el que se agarra a un madero, como tabla de salvación de un naufragio, sin apercibir que se encuentra en una piscina donde hace pie. Se llama inconsciencia. Realmente no son culpables, sino víctimas de un sistema que les ha lavado el cerebro, hasta el punto de pensar que nada puede, ni debe cambiarse, que cualquier modificación a lo que existe es la catástrofe (el comunismo bolchevique y bolivariano que nos va a llevar a la hecatombe). Una filfa creada por el sistema para poder seguir abusando de la ciudadanía a su antojo.

Lo realmente cierto es que, si las fuerzas del cambio dan espectáculos de ruptura, desunión, o enfrentamiento, todos esos indecisos se van a apartar más de estas posiciones, porque lo perciben como algo inseguro. No están acostumbrados al debate, ni al intercambio de ideas. Están acostumbrados a la lucha personal por un puesto dentro de la organización. No es suficiente con llevar el testigo de la democracia, con entender la democracia en lo más puro de sus esencias. Es vital ser pedagogo y saber explicar en qué consiste una diferencia de posición política, una disensión en cuanto a la estrategia, una postura distinta ante determinada situación. No, una mayoría de la ciudadanía no está acostumbrada y todo lo interpreta en clave de poder, de poder personal, puro y duro. El poder democrático no es un poder personal, es un poder de ideas. Eso es lo que hay que explicar.

No es fácil, puesto que los medios de comunicación están al servicio del régimen establecido, y tratarán de equiparar los nuevos movimientos a los actualmente existentes, a las ancestrales organizaciones y partidos políticos, basados en el personalismo, y en la carencia de ideas. Partidos seguidores de un líder que es el que lleva la voz cantante. Por eso, las nuevas formaciones son diferentes. No existe, no debe existir el líder, sino ideas e individuos que las defienden y, que si son mayoría, deben llevarlas a cabo, con toda la fuerza detrás de la gente, porque, fundamentalmente, se diferencian en matices.

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