Opinión | El frutero como Presidente

Por Luis Aneiros, con viñeta de Bezerradas Nocturnas

Las últimas encuestas pretenden reflejar la opinión de los españoles, aquellos españoles que estaban en casa a la hora esa molesta de responder encuestas, y que se prestan a las mismas porque así salen en los telediarios y las portadas de los periódicos. Y esos españoles disponibles a las cuatro y media de la tarde han decidido castigar los vaivenes y las luchas internas fratricidas por el desmedido poder en Podemos. Las ligerezas ideológicas de Errejón y sus ganas de dar la lata, y el ansia enfermiza de Pablo Iglesias por ser el mesías de la izquierda, han hecho que la gente pierda la confianza en un proyecto político que, hasta ese momento, les resultaba esperanzador, ilusionante e, incluso, merecedor de algún voto en alguna elección de algún puesto de esos que puede conllevar la política. Podemos pierde unas décimas porque hay personas dentro de su seno que se atreven a tener ideas propias, a exponerlas y a confrontarlas públicamente en un congreso en el que los militantes de base han tenido la oportunidad de hacer oír su voz… Como si la voz de los militantes tuviera algún valor en la marcha de un partido. Como si el pueblo ese de “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” tuviera derecho a influir para algo en lo que viene a ser el gobierno, la política y sus herramientas.

Las mismas encuestas le dan al PSOE un ligero aumento en sus expectativas de voto, llegando incluso a volver a colocarlos en la segunda posición de unas supuestas elecciones generales. Eso es lógico porque cualquiera entiende que ejercer la política desde la traición y el chanchullo es la manera más adecuada para defender los intereses de militantes y votantes. Es necesario premiar a quienes prometen algo en la campaña electoral, y después se pasan ese algo por el Arco del Triunfo. Por otra parte, es cierto que quién prometió cosas tan disparatadas como echar del gobierno al Partido Popular y derogar leyes que nos retrotraen  a la dictadura, como la de Educación, la Laboral o la Mordaza, ya no es quien ahora rige los destinos del PSOE, sino que es una gestora impuesta por la sacrosanta voluntad de Susana Díaz, que todo el mundo sabe que una gestora es la mejor manera de llevar un partido político que pierde ideología a cada paso. Así que, aquellos compromisos de Pedro Sánchez ya no obligan a los nuevos mandamases a nada, sino que más bien se ven casi obligados a hacer todo lo contrario, como apoyar con una abstención la investidura de Mariano Rajoy o traicionar el compromiso de librar a España de las antes citadas leyes, y algunas otras más.

En lo que se refiere a regir nuestros destinos, los españoles tenemos la maravillosa costumbre de ver el lado positivo a cada incumplimiento de los compromisos que se adquieren en las urnas

Y la opinión de los trabajadores de este país es que el PP debe de seguir siendo quien ocupe los bancos azules del Gobierno. No hay disensiones, no hay peleas, su congreso es un remanso de paz en el que no se mueve ni el pelo de Dolores de Cospedal, y aquellos que han osado solicitar cambios que mermaban poder a ciertas personas han tenido la deferencia de abandonar sus puestos. Y además, ya sabemos qué es un charrán… Los mismos que castigan a Podemos por tener un líder tirano premian al PP por tener un líder que niega la corrupción, que abraza y apoya a defraudadores, que permite a su alrededor mamandurrias y que tiene como táctica política el silencio y la inacción. Normal: ¿qué mejor presidente del gobierno que aquél que no hace nada y deja que lo hagan los que, finalmente, saldrán beneficiados de todas sus mentiras, engaños y abusos?

Cualquiera de nosotros, en el momento de entrar en una frutería a comprar plátanos, respetaría el que los dependientes estuvieran en ese momento intercambiando pareceres discrepantes de una manera civilizada, pero no estaríamos dispuestos a que los plátanos que nos dieran estuvieran pasados. Y es posible que lo permitiéramos una vez, pero a la segunda, sin duda, no volveríamos a esa frutería. E incluso, los más exigentes y concienciados con los derechos de los consumidores, acudirían a las autoridades de consumo a denunciar tan pésima práctica. Pero no. En política las cosas no las vemos así. En lo que se refiere a regir nuestros destinos, los españoles tenemos la maravillosa costumbre de ver el lado positivo a cada incumplimiento de los compromisos que se adquieren en las urnas. Valoramos muy negativamente la búsqueda de objetivos y de formas desde la discrepancia, pero sabemos ver el valor de engañarnos, arruinarnos, defenestrar todos y cada uno de nuestros derechos sociales más básicos y mirarnos después a los ojos hablando de prosperidad y bienestar.

Propongo pues que elijamos como Presidente del Gobierno a nuestro frutero. A él no le perdonaríamos que todo estuviera podrido.

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