Opinión | ¿Existe la vacuna contra la desinformación?

Por Luis Aneiros

Imagino que, si yo digo ahora que Cárdenas es un imbécil, caería sobre mí todo el peso de la ley y se me acusaría de cosas gravísimas. Me vería, sin duda alguna, pagando una sanción de 600 a 3.000 euros por esas cosas que tienen que ver con el honor, el derecho a la imagen, las injurias y un yoquesé infinito de figuras legales que habría violado. Bien, porque el susodicho haría público que utilizaría el dinero en la lucha contra algo muy necesario. A lo mejor haría como Amancio Ortega y lo donaría para ayudar a curar el cáncer. O la estupidez, vaya usted a saber. Única y exclusivamente por todo lo dicho, no diré que Cárdenas es un imbécil, independientemente de que lo piense o no.

Pero sí me voy a permitir hacer una modesta reflexión sobre qué está ocurriendo con los medios de comunicación en España. El NODO no ha muerto. El “es verdad, que lo ha dicho la tele” sigue vigente, como ya dije en mi artículo “Negro sobre blanco, rojo sobre azul”, de julio de 2016. Y aprovechando eso, personajes de una valía moral y profesional más que discutible no dudan en soltar perlas propias de niveles culturales subterráneos. Saben que hay una mayoría social que no pone en duda lo que oye ni lo que ve en las pantallas de sus televisores  en o en sus aparatos de ”arradio”. Gentes deseosas de entender el mundo en el que viven, pero que no pueden dudar de la intención de quienes les hablan a través de dichos medios. Son los mismos que viven en el convencimiento de que un traje y una corbata son garantía de seriedad y de veracidad. Son una parte muy importante de los ocho millones de personas que votan al PP a pesar de ser un partido investigado por corrupción, o de que su presidente tenga que declarar como testigo (luego es que algo sabrá) por la financiación ilegal de su formación. Son los que dan más valor a lo que ocurre en Venezuela que a lo que sucede en la puerta de su vecino o en su ayuntamiento. Son los que no duermen preocupados por la suerte de Terelu en T5, pero creen que España está en buenas manos. Esos ciudadanos escuchan salvajadas como que las vacunas producen autismo, o caen en Interconomía en el momento justo (que ya es mala suerte) en el que Eduardo García Serrano habla de Irene Montero como “la chati de Pablo Iglesias” y continúa con un desbarajuste de vómitos machistas ,  y asimilan la información recibida como buena.

Nosotros mamamos cultura e imaginación. Sabemos que tras un titular o una desinformación hay más contenido, más visiones. Y nuestros hijos son la generación más preparada, a pesar de sus intentos de idiotizarlos alejándolos de la cultura desde sus medios de comunicación

Y no. No todos disponen de medios para contrastar lo que oyen. No todos pueden responder con el número de vidas que salvan las vacunas o con el currículum de Irene Montero, algo más que una “chati”, guste más o menos. Y tampoco hay remedio a que en nuestra prensa escrita, nuestra radio o nuestra televisión haya voces de la talla de los ya nombrados, o como Hermann Tertsch, Salvador Sostres o Sáenz de Buruaga. Eso es inevitable porque existen empresas o agentes sociales que los necesitan. Hay mucho en juego. Éste es el fin de una época y hay que poner toda la carne en el asador para intentar frenar el avance de la gente frente a los privilegios de los de siempre. Un gran ejército en marcha, con la TVE de todos en cabeza, dispuesto a desterrar todo atisbo de inteligencia y de análisis crítico de nuestras cabezas.

Pero llegan tarde, porque nosotros somos los de La Bola de Cristal. Los del Xabarín Club de los 90… Nosotros mamamos cultura e imaginación. Sabemos que tras un titular o una desinformación hay más contenido, más visiones. Y nuestros hijos son la generación más preparada, a pesar de sus intentos de idiotizarlos alejándolos de la cultura desde sus medios de comunicación. Ni un solo espacio de mínima calidad destinado a los niños y los jóvenes en ninguna cadena de televisión. Pretenden que series americanas de privilegiados de la factoría Disney se conviertan en los referentes juveniles, pero olvidan que la juventud es curiosidad, fuerza e inconformismo. Nuestros jóvenes crecen sanos gracias a las vacunas que reciben en su casi totalidad y lo saben, como saben también que una mujer no necesita ser la “chati” de nadie para demostrar su valía.

Siguen perdiendo tiempo y dinero de los contribuyentes en sus esfuerzos por dormirnos, pero no deberían de esperar mejores resultados que los que han obtenido hasta ahora. Sus números van en descenso, mientras las calles están tomadas por la ilusión y el ansia del cambio, a pesar de la cantidad de autistas provocados por las vacunas y de las mujeres que llegan a puestos de relevancia sólo por ser parejas de sus parejas.

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