Nueva Revolución

Por Tin Morín

Creo que una Nueva Revolución debe ser fundamentalmente una revolución diferente. Para una revolución diferente necesitamos no aplicar esquemas del pasado, puede que estas ideas y propuestas fundamentales que recopilo aquí resulten novedosas para algunos, y pueden serlo en cuanto a su aplicación, pero no en su concepción, ninguna de ellas es mía, sólo lo serán en cuanto a su interpretación si ésta fuese errónea.

El superdotado y criminal Kaczynski, el Unabomber, estableció con un afilado análisis en su manifiesto una serie de leyes para las revoluciones, la más útil considero que es aquella que establece que ningún proceso revolucionario termina alcanzando los fines para los que se inició, y que por lo tanto el resultado de una revolución siempre es desconocido a priori. Sería un bonito debate el que concierne a lo acertado de este análisis, yo pienso que observando cuidadosamente cualquier revolución acaecida hasta la fecha uno concluye en que es un análisis asombrosamente correcto; así pues, si deseamos revolucionar la sociedad en la que vivimos con un determinado objetivo debemos, aparte obviamente de tener claro el objetivo, establecer un método diferente al clásico revolucionario. Para entendernos y abreviar en adelante llamaré a esta ley para las revoluciones ley K.

¿Se cumple la ley K en los procesos revolucionarios más famosos? Parece que nuestra historia nos pide mirar inmediatamente al paradigma de la revolución francesa, y enseguida nos damos cuenta de que el resultado de dicho proceso no fue en absoluto el planteado inicialmente, se pasó de pretender laminar el poder del rey a eliminarlo por completo, y de pretender la soberanía popular a parir una constitución aristocrática en la que la alta burguesía acaparaba el poder. Miremos el proceso que miremos el resultado parece inapelable, la ley K se cumple inexorablemente y es importante notar que la ley K no supone un juicio moral, no establece si el proceso revolucionario es bueno o malo, si es de un signo o de otro, o si lo son sus resultados, simplemente enuncia que objetivos iniciales y resultados finales nunca son los mismos.

Yo he imaginado un método de cambio tomando como metáfora el cálculo diferencial, es decir, un cambio por aproximaciones sucesivas. Sugiero que podemos pensar el proceso ideal de nuestra revolución (sea la que sea) como una función en un plano de coordenadas en el que las ordenadas representan precisamente el orden, el conjunto de sistemas sociales a cambiar, mientras que las abcisas representarán los cambios concretos realizados para alcanzar variaciones en esos sistemas, nuestra revolución ideal consistirá en todos los cambios realizados en el proceso que representa nuestra función revolucionaria para llegar de un punto A a un punto B y por lo tanto será el área que encierra dicha función. Creo que la verificación de la ley K se debe a que hasta ahora todos los procesos revolucionarios han venido pensados y asociados a cambios drásticos y rápidos, con alteración radical y violenta de las instituciones del estado, esto hace imprevisibles los resultados del proceso. Creo que un proceso gradual de cambios diferenciales, a despecho de parecer lo contrario por definición a una revolución, supondrán el verdadero y permanente cambio. Tenemos ejemplos de ello, el paso de una sociedad cazadora recolectora a una agraria, o el proceso de revolución industrial, sin ir más lejos, han supuesto ejemplos de gigantescas revoluciones a nivel planetario que no se han realizado a lo largo de unos pocos años convulsos con enormes cambios, sino a través de décadas de profundos cambios diferenciales en la sociedad; esas son las verdaderas, y profundas revoluciones. Las revoluciones clásicas, como en este momento se comprenden, puede que no se ajusten a la frase “cambiarlo todo para que nada cambie” pero sí parece que se ajustan a la ley K, “cambiarlo todo para no sabemos bien qué”.

Me gustaría que este primer artículo sobre la Nueva Revolución sirviese para que las mentes a las que les seduce el cambio abriesen una nueva puerta a la sorpresa, para que no demos por supuesto que la revolución tiene que seguir un esquema clásico, en definitiva para que los progresistas no sean conservadores precisamente en lo más radical de su pensamiento. Si conseguimos esto tendremos la predisposición necesaria para reflexionar acertadamente sobre la revolución que viene: la revolución de la democracia real, la democracia por sorteo y deliberativa que a mí me ha presentado David Van Reybrouck en su libro de 2016 “Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia”, un libro luminoso, esclarecedor, que no sólo desmonta el mito de las elecciones como método democrático si no que expone el proceso que debe seguir la democracia para sobrevivir como sistema de gobierno.

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