¿Por qué no nos preguntan?

Por Luis Aneiros, ilustración de Bezerradas Nocturnas

La tradición histórica de España como monarquía es uno de los argumentos más usados por los defensores del actual continuismo en el modelo de estado español, alegando que la experiencia republicana, además de corta y a su parecer decepcionante, es en sí misma una razón de peso para no ser repetida. Y efectivamente, desde los tiempos de la unificación de los distintos reinos peninsulares por parte de los Reyes Católicos, sólo hemos vivido seis escasos años de república y cuarenta de dictadura franquista. Así pues, siglos de historia dan a los monárquicos las razones más sólidas para no compartir el planteamiento de una España republicana.

Pero un régimen político no tiene sentido si no obedece al sentir del pueblo al que se supone que representa. El más que evidente déficit democrático de España durante sus largos períodos monárquicos anteriores a la primera república, experiencia también defenestrada a espaldas del pueblo, hacía que nada se decidiera tomando en consideración las necesidades de la gente de la calle. Y cuando en 1931 se suceden las elecciones municipales y las elecciones a Cortes, y los electores (todavía con el derecho a voto limitado a los varones mayores de 23 años) decidieron dar el poder a los partidos republicanos, aún tuvo que ser el miedo a un levantamiento popular el que determinara la abdicación del rey Alfonso XIII, que en otras circunstancias dudo que decidiera hacer caso a la voz del pueblo que pagaba su salario.

Pedimos explicaciones y, por encima de todo, queremos ser escuchados. La sumisión ya no es una virtud y la información es el alimento de nuestra libertad, a pesar de que las mismas fuentes de las que la bebemos puedan estar envenenadas con manipulación y mentiras.

La verdadera tradición española es mantener sistemas políticos ajenos al verdadero sentir popular, y con ella seguimos, manteniendo una monarquía sustentada en la excusa de una Constitución aprobada bajo la amenaza militar y con el planteamiento de “o esta Constitución o la continuidad del franquismo”.  Las  declaraciones del mismísimo Adolfo Suárez afirmando que todo apuntaba a que el NO vencería en una consulta sobre la monarquía y que por ese motivo no se realizó, vienen a reafirmar ese argumento. España no es lo que quisieron los españoles, sino lo que los españoles se creyeron que deberían de ser, porque así se lo habían dictado. No había cultura democrática después de cuarenta años de seguir las instrucciones de quienes “sabían lo que hacían”. El alejamiento de la política de los estamentos populares era el resultado de un gran trabajo realizado por los hasta ese momento regidores del destino de la nación, y la gente no estaba preparada para entender algo que no fuera el miedo a una vuelta atrás. La palabra transición engañó a los ciudadanos, y un sistema al que no se le había reformado nada en sus estructuras franquistas se dio por bueno simplemente porque lo encabezaba un rey, representación que evocaba los tiempos anteriores al franquismo, y más anteriores aún a la tan denostada república, la de los devoradores de niños e incineradores de curas.

Pero la España de hoy no es la de 1978. Y menos aún la del 36. Y menos aún la de 1492. El rey no es una figura rodeada de un halo divino ni estamos dispuestos a aceptar que iluminados salvadores de la patria decidan nuestros destinos sin consultarnos. Conceptos sagrados hasta hace bien poco, como patria, moral, ejército, ley, estado o poder ya no nos asustan ni justifican cualquier cosa. Pedimos explicaciones y, por encima de todo, queremos ser escuchados. La sumisión ya no es una virtud y la información es el alimento de nuestra libertad, a pesar de que las mismas fuentes de las que la bebemos puedan estar envenenadas con manipulación y mentiras.

Y esta España necesita pronunciarse más que nunca sobre su seña de identidad. No queremos ser una monarquía porque lo diga la Constitución del 78, queremos ser lo que digamos nosotros ahora. Aunque la figura de Felipe VI ha hecho olvidar en parte los desmanes y escándalos de su padre, Juan Carlos I, la monarquía como institución sigue sin llegar al aprobado en cuanto a la imagen que de ella tenemos los españoles. La jefatura del estado no debe de ser el reflejo de lo más negativo de la clase política, como es ahora. Corrupción, escándalos sexuales a cuenta de los presupuestos generales del estado, oscuros negocios con dictaduras árabes, comportamientos propios de nuevos ricos sin sentido del respeto… deberían de tener un precio. Un  Presidente de la República pagaría con su cargo, pero el rey paga con una extraña abdicación que le mantiene cargo y privilegios, y con el paso del título a su hijo, sin más méritos que el haber mamado desde pequeño la regalada vida sin responsabilidades que le hemos pagado los españoles.

La Segunda República fue fruto de la decisión popular en las urnas, y su final llegó por la fuerza siempre equivocada de las armas. Y el mismo criminal que le cortó las piernas a nuestro futuro eligió la monarquía como continuadora de su trabajo. Y esa elección sin consulta se ha mantenido hasta hoy. ¿No es acaso hora de que se ponga en su lugar el deseo de un dictador? ¿No es lo más natural anteponer al gusto de Franco el gusto del pueblo que hoy lo detesta? ¿Por qué, simplemente, no nos preguntan? Prometemos contestar sin tanques ni aviación como respaldo.

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