Los malos españoles

Por Manuel Tirado Guevara @manologandi


Leo con estupefacción que la nueva película de Fernando Trueba, La reina de España, secuela de una de sus mejores cintas, La niña de tus ojos, ha obtenido un rotundo fracaso en taquilla en el primer fin de semana de su estreno en los cines y, todo ello, al parecer, debido a un boicot y a una polémica que se ha hecho viral en las redes sociales después de que Trueba soltara hace unos meses, tras recoger el Premio Nacional de Cinematografía, la siguiente frase: “Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida”.

trueba

El mensaje del boicot a la cinta de Trueba llegó a mi “wasap” a través de uno de esos amigotes que todos tenemos y que comparten cualquier polémica sea del signo que sea y que se apuntan a cualquier boicot de cualquier producto, a veces por la razones más peregrinas que uno pueda imaginar.

Mi amigo es de los que lo mismo hoy quieren boicotear el Colacao porque el negrito canta una canción muy alegre, mientras cultiva la hoja de cacao, y en seguida ve en el anuncio una apología de la esclavitud y del racismo, o bien, se posiciona a favor de boicotear cualquier producto catalán, extremeño o andaluz dependiendo de la ofensa que el politiquillo de turno haya cometido contra una comunidad autónoma en cuestión, sea la que sea.

El otro día, sin ir más lejos, mi amigo quería boicotear los bocatas de calamares porque según él Cristina Cifuentes había insultado a los andaluces diciendo que los madrileños nos pagaban la sanidad. Yo le dije que en vez de boicotear los bocatas de calamares, el chotis o la verbena de La Paloma, lo que tenía que hacer era dejar de votar al PP, pero ese boicot parece que no le gusta demasiado. Ver para creer.

Lo cierto es que España siempre ha sido muy dada al boicot ciudadano, a la censura, a la condena inmediata de un producto porque su autor o su promotor haya manchado con su palabra el sacrosanto nombre de la patria. Y de nuevo sale la patria y el patriotismo a la palestra. Ese patriotismo muy de moda últimamente, que pone el grito en el cielo cuando alguien dice que no se siente español, pero que ni se inmuta cuando una anciana muere en su casa porque le han cortado la luz o cuando los mal llamados patriotas se llevan el dinero que han esquilmado a las arcas públicas en maletines para Suiza mientras asisten a desfiles militares y honran la bandera.

A Trueba lo han condenado por “mal español”. Y no es la primera vez que a un cineasta lo acusan en nuestro país de delito “tan infame”. Ya Franco, tras visionar El Verdugo de Berlanga en el Pardo y después de que sus asesores le dijeran que la cinta era pura “maniobra de la propaganda comunista” y que Berlanga era “compañero de viaje de los comunistas y anarquistas”, Franco se limitó a decir que el autor de cintas tan magistrales como La Vaquilla o Plácido, no era más que un “mal español”. La suerte fue que El Verdugo resultó premiada en el Festival de Venecia y, claro, ya era muy difícil criticar la cinta públicamente. Si los extranjeros dicen que algo español es bueno, aunque lo haya hecho un “mal español”, el pecho henchido se nos llena de pasión y fervor patrio. Nos pasa con Piqué en el selección. Le silban airados en los campos de fútbol por defender su catalanismo, y lo encumbran a los altares cuando trae bajo el brazo una copa de campeones del mundo. Cosas de la vida.

Lo mismo pasará con Trueba. Dejad que le den un premio internacional. Veremos cómo llenamos los titulares de los periódicos de orgullo patrio y redimimos al cineasta de sus pecados contra la sacrosanta nación española. Algo parecido le paso a Buñuel con el estreno de Viridiana. La censura, el propio régimen franquista y la iglesia se echaron las manos a la cabeza cuando vieron en la cinta a Silvia Pinal, la protagonista, sacando un crucifijo que se convertía en navaja y contemplando aquella escena de los desarrapados emulando al cuadro de La Última Cena de Da Vinci.  Pero claro, todo cambió en cuanto la cinta recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes y aunque la actitud del régimen fue prácticamente negar la existencia de la película, todo el escándalo se quedó en nada.

Y es que cuando a uno de nuestros artistas se les reconoce algún mérito desde otros países, olvidamos aquello de “los malos españoles” y en seguida pasan a formar parte del elenco de los héroes del orgullo patrio. La vida es así y los artistas lo saben. Los mismos que hoy te vilipendian y censuran pueden ser tus máximos admiradores mañana. Ya lo dijo Machado, España es el trozo de tierra por donde pasa errante la sombra de Caín… lo que pasa es que aquí un día matamos a nuestro hermano y al siguiente le hacemos un panteón del mármol más caro y lujoso que podamos imaginar.

Yo si fuera Trueba estaría tranquilo. Vendrán los arrepentidos y los hipócritas y ya se sabe que el arrepentimiento del hipócrita es de por sí la hipocresía. Una costumbre muy puesta en práctica por los que sí se consideran “buenos españoles”.

 

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