Cultura | Los cambios demográficos y el fenómeno urbano en el siglo XIX

Por Eduardo Montagut

La población mundial creció un 50% más durante el siglo XIX, llegando a los 1500 millones de habitantes, aproximadamente hacia 1900. Este crecimiento se produjo en Europa y Estados Unidos. El continente europeo dobló su población y superó los 400 millones; en Estados Unidos se multiplicó por diez y rebasó los 100 millones de habitantes, gracias, especialmente, a los inmigrantes europeos.

El aumento de la población en los países industrializados se debió a la entrada en el período conocido como transición demográfica hacia el ciclo demográfico moderno, a lo largo del siglo XIX. Esta transición se caracterizaría por el mantenimiento de altas tasas de natalidad y por el descenso sostenido de los índices de mortalidad, permitiendo un fuerte crecimiento vegetativo o natural de la población.

El descenso de la mortalidad, especialmente de la infantil, tuvo que ver con las mejoras de la alimentación, el desarrollo de la higiene y de la sanidad. Durante el siglo XIX se descubrieron y difundieron vacunas, como la de la viruela y se pusieron en práctica nuevos tratamientos efectivos contra graves enfermedades, como la rabia, la tuberculosis y el cólera. Además, se impusieron el cloroformo y los desinfectantes en los tratamientos de enfermedades y en las operaciones quirúrgicas.

En todo caso, en el siglo XIX siguió habiendo fuertes hambrunas, como la de Irlanda en 1846-48, y epidemias de cólera, transmitida a través del agua. Pero, más que en épocas anteriores, la mortalidad fue diferencial, es decir, afectó más a las clases trabajadoras por sus difíciles condiciones laborales y de vida que a las clases más acomodadas, mejor alimentadas y con acceso a los avances médicos.

Uno de los fenómenos demográficos más importantes del siglo XIX fue el de las migraciones, siendo las mayores en la historia hasta ese momento. Los europeos comenzaron a emigrar, tanto dentro de sus países y del continente, como a otros. Las migraciones fueron causadas por las diferentes oportunidades de empleo entre unas zonas y otras. Las migraciones fueron facilitadas por los avances en los transportes y comunicaciones.

Las principales migraciones interiores se dieron entre el campo y la ciudad. El aumento del empleo en las industrias y en los servicios, radicados en las ciudades, además del incremento de la mecanización de la agricultura y los cambios en la estructura de la propiedad, provocaron un verdadero éxodo rural. Los campesinos marcharon a la ciudad en busca de una oportunidad.

A mediados del siglo XIX comenzaron las migraciones transoceánicas. Más de 50 millones de personas abandonaron Europa en dicho siglo. El destino principal fue Estados Unidos, convertido en el país de las oportunidades, ya que ofrecía tierra y unas relaciones sociales más abiertas y menos rígidas que las europeas. Otros destinos importantes fueron: Australia, Sudáfrica, Brasil y Argentina.

Al principio, los británicos fueron los principales emigrantes, especialmente, los irlandeses que huían del hambre. Posteriormente, se incorporaron a las migraciones los escandinavos y alemanes. En torno a 1880 fueron mayoritarios los emigrantes del área mediterránea (italianos, españoles) y de Europa Oriental (eslavos, húngaros).

Por fin, uno de los fenómenos más característicos del siglo XIX fue el desarrollo urbano. El aumento de la población, la industrialización y las nuevas formas de vida cambiaron el aspecto y el funcionamiento de las ciudades europeas. Las grandes capitales crecieron de forma espectacular. Este crecimiento se debió, fundamentalmente, a la emigración de la población campesina, obligada a abandonar el campo a causa de las transformaciones económicas, para buscar oportunidades de vida en la industria y los servicios.

El ritmo de la urbanización de la sociedad europea se aceleró a mediados del siglo XIX. Muchos núcleos urbanos surgieron a partir de la industrialización, con viviendas obreras junto a las fábricas, creando barrios populares con construcciones de baja calidad y escasez de servicios. Pero la ciudad industrial no fue el modelo más habitual de la explosión demográfica europea. La mayoría de los centros urbanos crecieron a partir de las antiguas ciudades.

En este proceso de crecimiento de las ciudades, éstas comenzaron a reflejar las desigualdades sociales. La ciudad se dividió en barrios para la burguesía, con buenas construcciones y servicios, y barrios en los suburbios para los obreros, con viviendas de escasa calidad y sin servicios.

El crecimiento urbano obligó a las autoridades a plantearse políticas de planificación urbanística y establecimiento de servicios públicos que se concentraron, al principio en los centros administrativos de las ciudades y en los barrios burgueses: empedrado de calles, alumbrado público, aceras, red de cloacas y alcantarillado, red de distribución de agua potable, construcción de parques, lavaderos, mercados y transporte (estaciones de tren, tranvías de caballos y, posteriormente, a partir de los años setenta, eléctricos y el metro, destacando el de Londres que comenzó en 1863 y luego se extendió por otras capitales).

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