Lágrimas en el Mediterráneo

Por Tamara Sánchez (@tammyloka)

De vuelta a casa tras una larga jornada de trabajo, observo el timeline de Twitter  para enterarme de lo sucedido durante el día. Voy pasando con desgana noticias sobre desahucios, Venezuela y órdenes judiciales que las multinacionales se niegan niegan cumplir, las mismas noticias que el día anterior, cuando un ruido seco seguido de un llanto me hace levantar la vista hacia una niña de apenas 13 años que entre lágrimas intenta encender un IPhone que, parece, ha pasado a mejor vida.

Vuelvo a bajar la vista hacía mi móvil donde aparece la imagen de una lancha de goma cruzando el Mediterráneo, bajo la foto un titular reza “51 inmigrantes fallecen al naufragar su embarcación en un intento de cruzar el Estrecho”. Levanto la vista hacía la niña, que sigue llorando abrazada a su amiga mientras lamenta lo duro que es vivir sin wathsapp; vuelvo a mirar mi móvil, ahora ya no veo mensajes, solo veo cristal, plástico y mis manos manchadas de sangre. Sangre que corría por las venas se esos migrantes que jamás llegaron a Tarifa, sangre de aquellos niños que extraen coltán de las minas para que yo pueda ver fotos de comida orgásmica y futbolistas cachas,  sangre de aquellos que se desgarraron el cuerpo en las concertinas que Fernández Díaz colocó para impedirles el derecho a vivir y no sólo a sobrevivir.

Y ahora es a mí a quien le brotan lágrimas de los ojos, lágrimas que se mezclan con las olas del mar Mediterráneo, olas que acunan a un bebé que, desesperado, le pide a su mamá un abrazo que le proteja del frío que le envuelve; lágrimas que ya no brotan de los ojos de una niña aunque su llanto penetre en el horizonte; lágrimas que contiene una mujer mientras las contracciones le avisan de que su hijo nacerá antes de pisar tierra firme.

Vidas que se pierden bajo una ola que hace minutos acunaba a un bebé, vidas que no encontraron la dignidad que merecían. Vidas robadas por un sistema que nos vendió la manzana del pecado y que tras morderla, nos convertimos en esclavos de la miseria y la vergüenza, vendimos nuestra alma al diablo del capital y éste nos inmunizó contra el dolor del débil. Nos convertimos en máquinas que deambulan en fila mientras las escaleras nos suben hacía una calle repleta de coches y nubes tóxicas que apenas dejan pasar los rayos de sol, esos mismos que quemaban la piel de aquellos que se hundieron en el Mediterráneo junto con nuestra dignidad y nuestros principios.

Vuelvo a levantar la vista hacía la niña y en mi interior empieza a arder una llama que me quema las entrañas, la indignación que me produce el habernos convertido en números que solo importan cuando producen beneficios al de arriba me quema junto con la impotencia de no poder detener el genocidio al que sometemos al hemisferio sur del planeta. Y dejan de brotarme lágrimas y me dan ganas de gritar, de gritarle al mundo para que despierte, para que abra los ojos y vea que estamos cometiendo los mismos errores que a día de hoy nos avergüenzan,  que los campos de concentración ahora tienen nombre de continentes y los asesinatos ya no necesariamente necesitan de alguien que dispare una bala,  de gritar que las SS ya no visten de uniforme sino de Nike y Zara, que cada vez que miramos a otro lado estamos ahogando a un ser humano en el agua salada.

Pero no grito, no hago nada y toda mi indignación se convierte en hipocresía,  soy cómplice de asesinato, de una masacre que se cobra cientos de miles de vidas al año, vidas que merecían gozar de una mejor suerte que la mía, porque ellos lucharon por su dignidad hasta que se los tragó el mar y sin embargo, yo sé que hay quien muere por mi culpa y aunque me avergüence no hago nada por cambiar las cosas.

Y la sangre de esas personas seguirá manchando mis manos y las vuestras, hasta que nos movamos y detengamos la masacre y lancemos la manzana del pecado al mar y cojamos de las manos a esos niños que cruzaron el Estrecho en patera y les demos la oportunidad de vivir como personas y no como esclavos de esclavos que consumen sin parar para que cuatro personas acumulen riquezas que ni en cien vidas podrían gastar.

Viñeta de Eneko (@EnekoHumor)

 Escrito por Tamara Sánchez (@tammyloka)

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