Literatura | ¿Qué fue de Comala? ¿Qué fue de la Revolución? ¿Qué fue de Dolores?

Por María Sánchez Arias

Juan Preciado y Pedro Páramo ¿Quién es quién? Uno, pobre y el otro aparentemente rico. No se sabe quién es el muerto y quién el vivo. Quizá sea Comala, quizá fue la Revolución o quizá fue México y el desencanto. Este dualismo se nos presenta como una gran complejidad en la que el lector ha de esforzarse por comprender, al igual que si se quiere entender, no de manera superflua, un conflicto político y social, similar a la Revolución que tantas esperanzas recolectó. Rulfo, pues, nos pide, más bien, nos exige que entremos en la obra, que muramos con Dolores, Pedro, Eduviges, Abundio y Damiana. Ello es debido a que la narración nos muestra el no lugar que sucede al fin de la vida; sin caer en clichés, la niebla, húmeda, blanca y sumergida en un profundo fundido negro o nocturno.

Del mismo modo, es difícil resumir o hablar sobre esta obra entrando en los debates que han asolado el campo de batalla de la historiografía literaria: localismo, indigenismo, literatura social o Realismo mágico. Por tanto, sería, además de azaroso, una tarea, en cierta manera, que dificultaría más que ayudaría a comprender los muy diversos misterios que nos plantea la obra y que ya mencionamos de manera más narrativa al comienzo de la reseña. Asimismo, si nos adentramos en el terreno filosófico y recordando los postulados del filósofo español José Luis Pardo, nos encontramos con que Comala es el no lugar o el lugar de nadie (Nunca fue tan hermosa la basura). La sociedad occidental, más allá de los enfoques pro-globalización y contrarios, ha disuelto, si es que acaso no lo estaba ya, la identidad nacional. Por tanto, la literatura es aquel lugar que no es de nadie pero que, a su vez, sirve de refugio ante la necesidad de ser en un espacio y en un lugar, necesidad metafísica. Sin ese lugar, como es Comala y su desidia, no queda más que el nihilismo, el que tanto temía Nietzsche.

¿Qué implica todo lo dicho anteriormente? Implica que, más allá, del tan acusado regionalismo, localismo o neoindigenismo, hay detrás, como en toda obra que ha pasado a la historia por ser eso, una gran obra de la literatura, un universalismo. La Revolución Mexicana, los muertos vivientes o fantasmas son, además del conflicto de la obra, el reflejo de todo un sentir: el fin de la historia, la disolución y el olvido. Juan Rulfo, pues, en tan solo cinco meses comprendió muy bien en qué consistía el arte y la belleza, qué era lo que se requería para ser un escritor con todas las letras. Además, no conforme, con universalizar lo local, lo propio de aquello que denominamos patria, usa la técnica narrativa como si le fuera propia y exige al lector una participación muy activa para que comprendamos las historias que se entrelazan, las historias de los muertos de la Revolución, de aquello sobre lo que, a veces, se nos olvida. Al fin y al cabo, de hacer memoria.

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