De látigos, correas y cuero: El BDSM a debate

Por María Sánchez Arias

El BDSM (Bondage, dominación, disciplina, sumisión, sadismo y masoquismo) es un término paraguas. Engloba una serie de prácticas sexuales alejadas de lo que es considerado convencional, desde aquello que comúnmente denominamos sado hasta el shibari (arte japonés de atadura erótica). Todas estas prácticas normalmente se realizan bajo un contrato, verbal o escrito, que ha de regirse por las siglas SSC (seguro, sensato y consensuado). Esta serie de prácticas sexuales han sido motivo de debate dentro del movimiento feminista, sobre todo, las que tienen que ver con las relaciones D/S (Dominación y sumisión). A falta de estadísticas que determinen cuáles son los roles ejercidos por cada género y en qué incidencia se dan en las prácticas sexuales, solo queda la experiencia. Así, quien conozca mínimamente el mundo BDSM, se encontrará con que la mayoría de personas que ejercen el rol sumiso suelen pertenecer al género femenino mientras que el rol dominante es ejercido por el género masculino, al menos, en las relaciones heterosexuales. En consecuencia, puede argüirse que existe cierta relación entre el mundo del BDSM y los roles que se ejercen y el sistema patriarcal, si bien de manera provisional. Ahora bien ¿hasta qué punto eso es cuestionable?

En primer lugar, es obvio que difundir imágenes de violencia sexual hacia la mujer, independientemente de que estás sean consensuadas o no, es algo peligroso, puesto que, aunque se dé el consenso, este no puede ser mostrado en una fotografía. Del mismo modo, la pornografía, salvo excepciones, no suele mostrar el previo consentimiento que dan las actrices, cuando ocurre, al realizar ese tipo de prácticas, si bien en el caso de la pornografía es mucho más complejo que cuando la relación BDSM se da de manera consentida en una relación sexual no filmada y no destinada al consumo. En cualquiera de los casos, la mayoría de usuarios que consumen, más bien, digieren estas imágenes no se cuestionan qué es lo que hay detrás, es decir, si hay consentimiento o si, en cambio, se trata de violencia totalmente gratuita hacia la mujer. Por ende, estos contenidos audiovisuales refuerzan el imaginario heteropatriarcal. De hecho, no solo lo refuerzan, sino que supone un aumento en la intensidad de las formas de violencia que existen en contra de la mujer, ya que este tipo de relaciones sexuales sumamente violentas y en las que el hombre extrae el placer de someter y humillar a la mujer han aumentado en la pornografía y en las redes sociales. Esto implica, con respecto al BDSM, que, al menos, en el espacio o ámbito público, su difusión puede conllevar que, en el imaginario colectivo, se blinde y fortifique el patriarcado, los roles de género y la misoginia.

Si las mujeres tenemos que autocensurarnos para casar con aquello que algunas tendencias feministas promulgan (erradicar de nuestras relaciones este tipo de prácticas), nos sometemos a una doble presión que puede resultar muy dolorosa.

En segundo lugar, el psicoanálisis nos enseñó que existía algo más que el mero ámbito mental consciente, que se puede controlar. Y, también, Freud y sus compañeros nos mostraron que es muy difícil alterar los deseos, emociones y sentimientos que se albergan en el inconsciente y el subconsciente. Más allá de estas teorías que no han podido ser demostradas mediante el método científico, está claro que el deseo sexual y aquello que nos excita es muy difícil de cambiar, por lo que, a veces, lo masoquista no es la práctica sexual en sí, sino la obligación o el sentirnos obligadas a hacer que esas fantasías sexuales desaparezcan. Las mujeres, a su vez, estamos sometidas a grandes presiones en el ámbito sexual que nos cohíben y coartan reduciéndonos consecuentemente el placer y el disfrute que podíamos obtener, por lo que si, además de aquellos condicionamientos, tenemos que autocensurarnos para casar con aquello que algunas tendencias feministas promulgan (erradicar de nuestras relaciones este tipo de prácticas), nos sometemos a una doble presión que puede resultar muy dolorosa. No obstante, tampoco, se puede olvidar aquella consigna tan repetida durante la tercera ola: “lo personal es político”. Y, ante este panorama, solo nos queda preguntarnos ¿qué hacemos las feministas ante esta disyuntiva?

No podemos, pues, realizar análisis simplistas que solo tengan en cuenta consignas y dogmas que no sobrepasan los debates de 140 caracteres. Quizá la respuesta pase por entender que hay que volver a delimitar los espacios, públicos y privados, y ser conscientes de que no estamos libres de nada, pero que tampoco podemos ser nosotras mismas las que nos ejerzamos la violencia.

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