Las vidas de Hans y Juan | La verdad incómoda

Por Carmen Sereno @spicekarmelus | Ilustración de LaRataGris @LaRataGris

Hans Holmqvist tiene 31 años, vive en Estocolmo y mide 1,95, aunque este dato en realidad es irrelevante. Juan García tiene 36 años, vive en Barcelona y mide 1,73, aunque este dato también es irrelevante.

Como cada mañana, Hans se ha despertado a las 7 en punto, se ha calzado su par de zapatillas Asics y ha salido a correr siete kilómetros. Unos 25 minutos más tarde, ha regresado a casa, se ha dado una ducha caliente y se ha sentado junto a Hanne, su hermosa y rubísima mujer, en la espaciosa cocina blanca de su casa adosada, donde se ha tomado su habitual desayuno a base de café, huevos, avena, queso y fruta importada mientras echaba un vistazo a los titulares del Aftonbladet. Pasadas las 8, Hans se ha despedido de Hanne con un beso en los labios, ha subido a su despacho en el piso de arriba, ha encendido su Mac Book Pro y se ha dirigido a la habitación contigua, donde el pequeño Viggo dormía plácidamente en su cuna. Tras haber comprobado y anotado su temperatura en el registro diario de su app Baby Connect, ha vuelto a su despacho, se ha sentado en su escritorio y se ha conectado a Skype para la primera conference call del día.

Mientras tanto, tres mil kilómetros más al sur, Juan ha vuelto a tener una bronca monumental con Ana, su mujer, en la destartalada cocina de su minúsculo y demasiado caro piso de alquiler.

-Vamos a ver, Ana. Si le digo a mi jefe que no voy porque el niño está malo, es capaz de mandarme derechito a la cola del Inem.

-Bueno, ¿y qué puñetas hacemos, Juan? Hace sólo una semana que me reincorporé de la baja maternal; no puedo empezar a faltar ya, que no está el horno para bollos.

-¿Y qué quieres que te diga? Llama a tu madre y que venga ella a hacerse cargo.

-¿Mi madre? ¡Mi madre no puede, Juan! ¿No ves que tiene artrosis?

-¡Pues mala suerte! Alguien tendrá que cuidar del crío, digo yo, ¿no?

-Todo esto no estaría pasando si hubiéramos pagado la guardería privada como te dije. Pero como eres un egoísta que sólo piensa en el trabajo…

-Que sí, Ana, lo que tú digas. ¿Me haces el desayuno o qué? Te recuerdo que hoy vuelve a haber huelga de transportes y a este paso, llego tarde otra vez.

-¿Sabes qué, Juan? ¡Que te lo hagas tú con la punta del pijo!

Después de la discusión, Juan se ha largado dando un portazo con poco menos de una taza de café de alguna de esas insípidas marcas compatible con Nespresso en el cuerpo y la corbata a medio anudar. Como cada mañana, se ha dirigido al metro, ha cogido un ejemplar del 20 minutos y lo ha lanzado a la primera papelera de camino al andén después de haber echado un vistazo rápido a la sección de deportes. Luego, se ha marcado un sprint de unos 15 segundos aproximadamente, el tiempo justo para escabullirse hacia el interior del vagón antes de que las puertas se cerrasen sin que le diera una angina de pecho. Tengo que dejar de fumar y decirle a la Ana que me ponga a régimen, se ha recordado a sí mismo, con la respiración entrecortada.

Hans es consultor en una multinacional de telecomunicaciones y gana 56 mil euros brutos al año. Uno de los requisitos solicitados en la descripción de su puesto de trabajo era que el candidato fuera capaz de organizarse de forma autónoma. Cuando contrataron a Hans, no le ofrecieron móvil o coche de empresa, pero a cambio le garantizaron horario flexible, teletrabajo, incentivos económicos para la paternidad y días libres a convenir. Hans trabaja 40 semanales, de las cuales pasa unas 30 en la oficina. La sede de su empresa se encuentra en la otra punta de Estocolmo, así que generalmente sólo acude cuando tiene alguna reunión. Hoy tiene 4 en su agenda, pero se ha quedado en casa. Su hijo está enfermo y toca hacer vab. Su jefe lo ha entendido perfectamente porque él mismo suele hacer vab varias veces al año. De hecho, en Suecia está muy mal visto que un padre no falte al trabajo de vez en cuando para cuidar de su hijo enfermo, porque eso significaría que descuida sus obligaciones como padre. ¿Y qué clase de trabajador sería entonces? A cambio, Hans ha decidido atender las reuniones desde casa. Él lo llama win-win.

Juan es un consultor subcontratado por una empresa española a su vez subcontratada por una multinacional de telecomunicaciones sueca y gana 27 mil euros brutos al año. Mucha gente opina que Juan es un privilegiado porque además de un sueldazo, tiene Ticket Restaurant. Uno de los requisitos solicitados en la descripción de su puesto de trabajo era que el candidato tuviera alta tolerancia al estrés. Cuando contrataron a Juan, no le ofrecieron móvil ni coche de empresa, pero tampoco horario flexible, ni teletrabajo, ni mucho menos días libres a convenir. El día que su jefe se enteró de que iba a ser padre, sólo hizo un comentario al respecto:

-Menos mal que no contraté a una mujer.

Juan trabaja 40 horas semanales, de las cuales pasa unas 50 en la oficina. Cuando Juan le sugirió a su jefe que tal vez estaba haciendo demasiadas horas extras, ésta fue su respuesta:

-Esto es lo que hay en consultoría, y si no, haberte dedicado a otra cosa.

-Pero es que ni siquiera me estás pagando las horas que hago de más. -se quejó Juan.

-Te advierto que esa actitud tuya es muy poco corporativa -replicó su jefe en tono amenazante.

Juan no volvió a sacar el tema nunca más y acabó aceptando con resignación que en lo sucesivo, su jornada laboral estaría destinada a acabar, como muy pronto, a la hora de la cena. Él lo llama ha-habido-un-pollo-a-última-hora-y-me-voy-a-tener-que-quedar.

Hoy a Juan le han jorobado la hora de la comida. Resulta que los suecos le han colocado una reunión por vídeo conferencia de 2 a 4.

-¡Joder con los suecos! -ha protestado- ¿Y no la podemos mover para las 4 o qué?

-Sí, los cojones vamos a mover. ¿Pero no ves que esa gente a las 4 ya está cenando? -ha argumentado su jefe.

A Juan, Hans Holmqvist, su interlocutor habitual, le parece un tío majo. El típico nórdico rubiales que habla perfectamente el inglés -no como él, que tiene un acento de Calasparra que da lástima-, y con una mujer que seguro que no se la lía parda cada vez que van a Ikea -no como la suya, que casi le estampa una Billy en la cabeza la última vez-. Hans le ha dicho a Juan que procuraría ir rápido porque su hijo estaba enfermo y tenía que atenderlo.

-Qué casualidad, el mío también.

-¿Y porqué no estás trabajando desde casa? -le ha preguntado Hans como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando Juan le ha contado que en España está muy mal visto faltar al trabajo para cuidar de un hijo enfermo porque eso significaría que descuida sus obligaciones como trabajador, Hans no podía dar crédito.

-Pero entonces, si tú estás en el trabajo y tu mujer también, ¿con quién demonios está tu hijo? Imagino que en la guardería no te lo habrán aceptado si está enfermo.

-Con mi suegra. Mi hijo no va a la guardería. No había plaza para él en la pública, y la privada más cercana cuesta un dineral.

-En Suecia todas las guarderías son públicas. Sólo en mi calle hay 8.

-Pues en mi calle hay 8 bares.

Poco después de las 5, Hans se ha desconectado de Skype, ha apagado su portátil, se ha dirigido a la habitación contigua y ha preparado al pequeño Viggo para su baño diario. En el piso de abajo, su mujer, Hanne, que ha llegado no hace mucho de su clase de yoga Bikram, ultima los preparativos para la cena de esta noche. Hoy los Holmqvist tienen invitados: Un colega de Hanne de la universidad y su mujer, que como ella, se acaba de incorporar al trabajo después de haber agotado 10 de los 16 meses de baja que garantiza el estado sueco. Será estupendo intercambiar impresiones con ellos, ha pensado Hans mientras iba a comprar unas cuantas botellas de vino francés. A las 9, los amigos de Hanne se han marchado, momento en el que Hans, tras haber comprobado y anotado la temperatura del pequeño Viggo en el registro diario de su app Baby Connect, se ha lanzado a arrancarle las bragas a su mujer y le ha practicado el mejor sexo oral de todos los tiempos, según palabras de la propia Hanne.

Juan ha llegado a casa a eso de las 10 con su jefe soltando mierda a raudales al otro lado del móvil.

-¡Ni pero ni pera, García! O me solucionas el problema mañana a primera hora o va a haber consecuencias. Tú mismo.

Tras colgar, se ha quitado los zapatos exhalando de placer y los ha dejado tirados de cualquier manera sobre la alfombra del comedor. A Ana eso no le hace ni puta gracia, pero la verdad es que está demasiado cansado para agacharse. Acto seguido, se ha calentado en el micro ondas las sobras del pollo que su suegra ha preparado al medio día, se ha abierto una de esas birras aguadas del Lidl -más malas que la peste pero muy bien de precio-, y se ha sentado en el sofá a cenar  con el mando de la tele en la mano. A ver qué ha pasado hoy en el mundo, se ha dicho mientras hacía zapping. Media hora después, se ha dirigido a su habitación, se ha metido en la cama y le ha dado un beso húmedo en la oreja a su mujer, que ya dormía, con la esperanza de que ése no fuera el único agujero en el que metiera la lengua esta noche. Sin embargo,  la única respuesta de Ana a los estímulos de su marido ha sido:

-¿Pero tú te crees que tengo yo hoy el chichi pa’ farolillos o qué?

Acompañada de un gruñido.

Resignado, Juan se ha dado la vuelta resoplando, y se ha quedado traspuesto a los pocos minutos, hasta que el llanto del pequeño Víctor, que dormía plácidamente en su cuna al lado de Ana, lo ha despertado.

-Juan… ¡Juan! Levántate y mira a ver si el niño sigue teniendo fiebre, anda.

-Pfffffff….. Voooooy.

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