Las vanguardias artísticas en la II República | Especial Segunda República

Por Carlos César Álvarez

Entendemos por vanguardia el “conjunto del arte y la literatura innovadores del período de entreguerras y de la primera preguerra” (Javier Arnaldo). El concepto avant-garde surge en Francia en los primeros años del siglo XX y se plantea como un enfrentamiento entre una nueva cultura progresista y la cultura de la burguesía heredada del siglo XIX. De acuerdo con Daniel Bell, la vanguardia no sería más que la expresión de la sociedad liberal de la época, que abandona la ética ascética del capitalismo temprano y asume el valor de la espontaneidad.

La vanguardia llegó a España en la segunda década del siglo XX, aunque ya en 1909, el gran Ramón Gómez de la Serna había publicado su ensayo-manifiesto “El concepto de la nueva literatura”. Se importaron los movimientos europeos, como el expresionismo, el futurismo, el surrealismo, etc, y se creó alguno propiamente español, como el ultraísmo, liderado por Rafael Cansinos Assens.

En la Gaceta Literaria nº 83 (1-6-1930) -periódico dirigido por Ernesto Giménez Caballero que se posicionaría a favor del fascismo- se publicó una encuesta sobre las vanguardias artísticas, que fue respondida por varios intelectuales de la época. El mismo Giménez Caballero opinaba que “La vanguardia fue un término bélico, nacido de la Gran Guerra. Primero adoptó un aire subvertedor, irracional, libertario (Dadaísmo, futurismo, maximalismo, cubismo… Todos los ‘ismos’). Después un aire constructor, ordenador (Tomismo, clasicismo, bolchevismo, fascismo, gongorismo… Todos los demás ‘ismos’)”. Para Gregorio Marañón la vanguardia era “sólo una posición relativa, no un valor absoluto” y para Melchor Fernández Almagro, “una disposición de ánimo, una actitud”. Según el escritor César M. Arconada: “Lo que postulaba la vanguardia era la quiebra de lo exquisito. Es decir, las últimas delincuencias del impresionismo: La pintura quebrada de reflejos de sol. La música acuática y vaporosa. La poesía simbolista. La arquitectura barroca de confituras de yeso. Todo eso murió bajo la acometida, poco piadosa, de la vanguardia.”

La mayor parte de los vanguardistas habían defendido la independencia de arte y política

En este contexto, con un vanguardismo que tuvo su punto álgido con la generación del 27 y que ya comenzaba a decaer en la escena cultural española, se proclamó la II República. Y con ella surgirían a lo largo de los siguientes cinco años numerosos manifiestos de artistas, escritores e intelectuales que criticaban el estado de la cultura y exigían soluciones a los nuevos responsables políticos. El primero se publicó el 29 de abril de 1931 en el periódico libertario La Tierra, firmado por miembros de la recién creada Agrupación Gremial de Artistas Plásticos, y comenzaba así:

“Queremos: que el hundimiento de un régimen político confeccionado con la opresión y la arbitrariedad traiga consigo, como consecuencia, renovación en todas las manifestaciones sociales que, como la artística, han estado sujetas a un régimen opuesto a toda idea que significase un cambio en las viejas costumbres. El procedimiento seguido por los representantes oficiales del arte en el régimen caído valió con la organización absurda de toda manifestación artística nacional para crear un arte oficial viejo, caduco, y representativo de la España muerta.”

La República trató de impulsar la política cultural, aunque no siempre consiguiera los objetivos deseados. En particular, los gobiernos de izquierdas entendieron la cultura como una herramienta de cambio social y político, promovieron la enseñanza, creando nuevas escuelas de arte, y se ocuparon de la difusión al público de las actividades culturales. Surgieron asociaciones artísticas, se publicaron numerosas revistas, se mejoraron los museos, como el Museo de Arte Moderno, en el que se introdujeron las corrientes más vanguardistas. La iniciativa privada se sumó al cambio, proliferando ateneos, círculos, galerías y salas de exposiciones. En general, el mundo del arte y la cultura apoyó las iniciativas oficiales. Hay que mencionar a los dos colectivos que tuvieron mayor influencia: El Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC) y los  Amics de l’Art Nou (ADLAN), en el terreno de la arquitectura y las artes plásticas respectivamente.

Sin embargo, a pesar del apoyo oficial recibido, el arte de vanguardia nunca llegaría a ser mayoritario. Como afirma Jaime Brihuega, uno de los primeros estudiosos de este período: “la producción artística que domina numéricamente en lo que se refiere a volumen de exhibición y venta y a ocupación de las plataformas de cristalización de la ideología artística es heredera, sin demasiadas variantes estructurales, de la que dominó en los ámbitos del arte oficial durante las dos décadas anteriores”. De hecho, acabada la Guerra Civil, pudo comprobarse que no hubo grandes diferencias entre el arte mayoritario en la República y el de los primeros años del franquismo.

Otro aspecto que caracterizó esta etapa fue el debate sobre el compromiso político en el arte. La mayor parte de los vanguardistas habían defendido la independencia de arte y política. Ortega ya había tratado este tema en su obra “La deshumanización del arte” (1925). Algunos intelectuales de izquierdas trataron de presentar la vanguardia como arte de clase que desplaza al tradicional burgués. Un ejemplo son los artículos publicados por el pintor Francisco Mateos en el periódico La Tierra: “La pintura anticolectiva, desde Rafael a Picasso ha tenido el tránsito y ritmo de una vida, y hoy asistimos a su muerte con un poco de indiferencia. Al cesar el individuo como valor absoluto para dar paso a la colectividad, todo lo que sirvió para su exaltación cae, y en primer lugar el juego inútil del arte.”

El intento de ideologizar la vanguardia tendría escaso éxito

En lo que respecta al compromiso político hubo dos líneas muy claras: la de la izquierda, que fue mayoritaria, y la fascista, encabezada por Ernesto Giménez Caballero. La mayor parte de los artistas de derechas defendían “el arte por el arte”. No obstante, el intento de ideologizar la vanguardia tendría escaso éxito, como explica Brihuega: “Continúan produciéndose movimientos artísticos de vanguardia cuyas manifestaciones equivalen a propuestas de modificación de la ideología que domina entre la burguesía, pero sin rebasar la globalidad de esta ideología; desde objetivos igualmente burgueses; movimientos que intentan alcanzar el papel de un patrimonio cultural para ciertos grupos de los sectores sociales dominantes. En general, son los que continúan limitándose a efectuar una crítica/alternativa restringida al aspecto de los lenguajes plásticos vigentes y a proponer tan solo la sustitución de estos por otros nuevos”.

Dos eventos señalan el final de la época vanguardista en España: la retrospectiva dedicada a L’Art espagnol contemporain que se exhibió en París en 1936, poco antes de estallar la Guerra Civil, y el Pabellón Español de la Exposición Internacional celebrada también en la capital francesa un año después.

Ramón Gómez de la Serna con su muñeca de cera. Foto: ALFONSO

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