Contra la tolerancia, el progreso y la libertad

Por Sergio Martos García 

Pienso firmemente que varios de los problemas que nos acusan en sociedad tienen que ver con ideas que se han vertido, desde diferentes versiones del liberalismo político. Más en concreto, pienso que existen tres ideas anudadas, que representan grandes enigmas: tolerancia, progreso y libertad. Según iré mostrando, creo que no resultan conceptos vacíos ─ sí ambivalentes. También voy a tener que conceder, por cuestiones de brevedad, que estamos hablando de «nuestra» sociedad, entendiendo que compartimos una cierta idea de «conciencia cívica».

No escondo que buena parte de las ideas que voy a mostrar provienen del filósofo esloveno Slavoj Žižek, así como del filósofo francés Alain Badiou. Aunque disiento con ellos en ciertos puntos clave, lo que quiero plantear aquí puede encontrarse argumentado más extensamente en sus libros, vídeos y conferencias.

Primero, la tolerancia. ¿Qué es? Más allá de definiciones estáticas, la tolerancia es una suerte de virtud. Al menos, así se nos ha presentado durante décadas ─ en las que sucesivos cargos políticos de todos los colores clamaban, incluso, «tolerancia cero» para terroristas como para maltratadores. Según la RAE, la tolerancia supone la «actitud de la persona que respeta las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas aunque no coincidan con las propias»; en otras palabras, el cuidado por la integridad del otro.

Por supuesto, esta idea de la tolerancia desconecta automáticamente la posibilidad de que, de hecho, «las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas» tengan cierta fuerza política, cierta capacidad de arranque o cambio. Respetar significa cuidar, y cuidar significa preservar; alguien que no respeta no preserva, y por tanto es «poco tolerante». Un inciso: alguien «poco tolerante» no es alguien con pocas o muchas razones para serlo, sino simplemente alguien que «no respeta». La circularidad del concepto se cierra aquí.

Con esto quiero destacar que la tolerancia admite sólo este abanico de posibilidades: alguien es más o menos tolerante, y ante esta situación cabe ser más o menos tolerante. Entonces, lo que quiero decir con que «la circularidad del concepto se cierra aquí» es que la propia idea de «tolerancia» se sostiene en sus propios términos.

Segundo, el progreso. ¿Qué es? Si he prestado atención a mis clases, el progreso representa la idea de que «el género humano» avanza en una dirección favorable para él. Cualquiera puede ver aquí que la tolerancia juega un papel clave en el progreso. El progreso sería «el desarrollo continuo, gradual y generalizado de una sociedad en los aspectos económico, social, moral, científico, cultural, etc»; en otras palabras, el «progreso» se identifica con el «crecimiento» o el «crecimiento de posibilidades [científicas y técnicas]».

En un sentido, el progreso significa el crecimiento de «recursos económicos» o de capital. En este aspecto coincide con la dinámica esencial del sistema capitalista: mantener sus propias condiciones de producción revolucionándolas. El desarrollo científico-técnico está, en este entramado, directamente relacionado con el progreso económico. Pero lo importante es lo que se ha llamado «progreso social, moral o cultural».

Es complejo diferenciar aspectos sociales, morales y culturales; sin embargo, en cualquiera de ellos supone un único sujeto que avanza unívocamente hacia su bienestar. Esto encubre toda dinámica de poder implícita. Sin embargo, esta moral de superioridad existencial caracteriza, para Ortega y Gasset, al liberalismo, que es «el derecho que la mayoría otorga a la minoría», proclamando «la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil» (La rebelión de las masas, Alianza, Madrid [2014], pág. 137).

Tercero, la libertad. ¿Qué es? En sentido estrictamente teórico se suelen diferenciar distintas concepciones de la libertad misma, pero habitualmente pensamos en términos de derecho. La libertad es «posibilidad de» en el sentido de que nadie te puede impedir tal cosa. Esto se suele conocer con el nombre de «libertad negativa» (véase: I. Berlin, Dos conceptos de libertad). En cualquier caso, la libertad se reconoce a través de un obstáculo. Por ejemplo, alguien que reprocha a quienes contestan a su comentario que tiene «libertad de expresión».

Una consecuencia inmediata, como se ve, es que la libertad es generalmente entendida como un concepto que se sostiene sobre sí mismo ─ en el mismo sentido que la tolerancia. Esto permite desconectar la «libertad» de cualquier otro esquema, de forma que se convierte en una expresión de la simple y llana acción individual. Alguien «tiene libertad» hasta donde puede expresarse sin ser respondido, objetado; alguien «es libre» porque sencillamente está ahí.

Como sucede con la tolerancia, este sentido de la libertad limita cualquier posibilidad de ser directamente interpelado por las acciones (sean dichos o sean hechos) de otro. Ambas ideas se parecen bastante en este punto.

Mi siguiente pregunta es: ¿qué crea esto? Este nudo de ficciones, que desconecta el espacio público de la capacidad de discusión política ─en el sentido más amplio de la palabra─, crea un ambiente débil y tenue, un espacio cínico de «lo políticamente correcto». Anuda un lugar de perfecta ficción, donde existe un límite de «lo que debe decirse». En el relato del progreso, que diferencia entre lo viejo y lo nuevo, se crían los discursos contra las minoría ─ ya que las estas, cuyos derechos son poco más que migajas de pan en su realidad cotidiana, encarnan lo «nuevo».

Un buen ejemplo de esto es el World Pride celebrado este verano en Madrid: los negocios se envolvían en banderas LGTB, mientras los delitos de odio por orientación sexual e identidad de género aumentaban. También resulta un ejemplo vívido el que haya ganado las elecciones de Estados Unidos un supremacista blanco, sucediendo al primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos. O en general, es consistente pensar que buena parte de la culpa del ascenso de la ultraderecha en Europa se sostiene sobre la ruptura de esa ficción. También se mueve en esta línea la x-fobia, de forma que una de las últimas discusiones en televisión tuvo que ver con la «turismofobia».

Ahora bien, ¿de dónde proviene entonces este enigmático nudo entre tolerancia, progreso y libertad? Estos son tres pilares fundamentales del pacto entre democracia liberal y capitalismo ─ lo que Badiou ha denomadino sucintamente «capital-parlamentalismo». La tolerancia, el progreso y la libertad suponen las coordenadas fundamentales de una sociedad sumida en la lógica capital-parlamentarista, y que bebe directamente de sus dinámicas ─ con todo lo que suponen: el icónico «todos los políticos son iguales», la sed de ser un «pequeño burgués», la renuncia a toda discusión por la preeminencia del «al final todo es igual», etc.

En este contexto en el que existe una tendencia al giro conservador o reaccionario, la carga de la prueba estará en definir su oposición. «La(s) izquierda(s)» sólo son una alternativa más, y se encuentra en un limbo extraño; la izquierda clásica es hoy social-liberal, y la «nueva» es verde, feminista, etc. En este sentido, no suponen una superación concreta del esquema del progreso, y por eso siguen siendo problemáticas. La tarea de hoy es redefinir su pauta, y más especialmente, cómo hacerlo.

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