La importancia del programa electoral

Escrito por Luis Aneiros @LuisAneiros | Ilustración por @SrPotatus


Asistimos de nuevo a una escenificación de las limitaciones de nuestra política. Cuando a los encargados de formar gobierno no se les da una mayoría absoluta o, en su defecto, un partido nacionalista que les saque las castañas del fuego, no se sienten capaces de ejecutar los movimientos necesarios. Y digo que no se sienten capaces porque no sé si realmente lo son. De lo que no tengo ninguna duda es de que ellos no saben gestionar las decisiones de los electores si no se las dan ya compradas, cocinadas y mascadas. El partido ganador se pone en la esquina, debajo de la farola para que se le vea bien, pero sin “ofrecerse” para que nadie le pueda acusar de prostituir su programa, mientras los demás partidos, especialmente los que tienen en sus manos las distintas opciones para desbloquear la situación, pasan silenciosamente y miran a los ganadores de lejos, disimulando su interés para que no se les acuse de gastar lo que les dio el electorado en programas ajenos y prostituidos…

Explicaciones

Porque está en juego el programa de cada cual. El programa electoral, aquel en el que han basado su campaña, aquel que justifica cada gesto, cada intervención pública, cada discusión en los platós de televisión, aquel por el que se supone que se les ha votado… aquel que no dudarán en traicionar llegado el momento oportuno, algo de lo que nosotros no nos enteraremos porque no nos los hemos leído. El programa es la piedra angular y la excusa para todo. Sirve para echárselo en cara al gobierno cuando toma medidas que no anunció previamente en campaña. Sirve para escudarse en él cuando se plantean pactos y se ponen líneas rojas. Sirve para rechazar un apoyo cuando ese apoyo no es el que se esperaba, y para esconderlo en un cajón cuando el apoyo que sí se esperaba impone el suyo. Los programas electorales son como las bicicletas estáticas, que se fabrican para hacer ejercicio pero finalmente solo se usan como perchero.

Hace mucho ya que las promesas de los partidos políticos han dejado de utilizarse para convencer al electorado. Los votantes estamos demasiado alejados de nuestros representantes, no los consideramos como tales, sino como nuestros superiores. No nos importan las ideas que pueda haber detrás, sino sólo las personas que se ponen al frente. Mariano es el único que puede sacarnos de la crisis (¿a quién le importa que él nos la hubiera metido hasta la cocina?); a Pedro Sánchez  sí que se le ve un tío serio, aunque sea de izquierdas; Pablo Iglesias sí que sabe meterles caña a los fachas esos… y a Rivera se le ve un tío serio, aunque sea de derechas… Y lo contrario: Rajoy es sólo un facha, Sánchez es tan de izquierdas como Heidi, Iglesias es tan sólo un piojoso que no se lava el pelo y Rivera es la reencarnación de su “primo” José Antonio. Sus planteamientos ideológicos, sus compromisos como aspirantes a servir al país, sus garantías de que la intención de sus partidos es hacer mejores nuestras vidas… ni lo hemos mirado ni nos interesan. Filias y fobias, con eso funcionamos como electores.

Hace mucho ya que las promesas de los partidos políticos han dejado de utilizarse para convencer al electorado. Los votantes estamos demasiado alejados de nuestros representantes, no los consideramos como tales, sino como nuestros superiores.

Y con ese planteamiento, ¿para qué molestarse en confeccionar un programa electoral? Y además, en vista de la historia de la democracia española y el grado de cumplimiento de las promesas de campaña, ¿para qué molestarse en confeccionar un programa electoral? Pongamos como ejemplo el momento actual, y veremos que la figura del programa se desvanece cada vez que se habla de pactos, contrapactos o rechazos de pactos. Más o menos, todos dicen lo mismo: “nosotros nos presentamos a las elecciones para poner en marcha los compromisos de nuestro programa electoral”, “tenemos una obligación con nuestros electores…” A partir del 21 de diciembre, y hasta la convocatoria de estos últimos comicios del 26J, los programas electorales se pusieron en subasta en busca del mejor postor. Desde la renuncia al casi 100% del suyo por parte del PSOE, en beneficio del casi 100% del de Ciudadanos, hasta el ofrecimiento de numerosas renuncias por parte de Podemos, pasando por la excusa de las líneas rojas para impedir opciones numéricamente posibles, pero personalmente inoportunas, los programas electorales dejaron de ser contratos con los ciudadanos para convertirse en los tapetes donde jugar la partida del póquer más torpe jamás jugada. No es que no se supiera jugar, es que no se conocían ni las cartas que tenía cada uno ni las más básicas reglas del juego. Y los programas electorales, como los tapetes en las partidas de tahúres, terminaron tirados en el suelo, pisoteados y necesitados de un buen lavado o, en algún caso, inservibles para el futuro.

Llegado el 12 de junio, y comenzado el período de campaña, ya casi nadie habló de compromisos ni promesas. Ya solo se mencionaba al contrario, nunca a la propia intención. Y se mencionaba al contrario sin ánimo de atacar su programa, sino de deteriorarlo personalmente. Rajoy no se atrevió, Sánchez se vendió, Iglesias impidió, Rivera jugó a dos bandas… Y ya. Esos fueron los discursos que pudimos escuchar. Pero claro: ¿cómo se puede prometer la derogación de las más injustas y salvajes leyes del gobierno del PP, cuando en un acuerdo, hace solo seis meses, esa derogación se había transformado en modificación? ¿Cómo se pueden garantizar derechos sociales a los que se les aplicó una rebaja en un ofrecimiento de pacto que se sabía imposible por motivos personales de ambos líderes?

Lo paradójico es que nuestros políticos han minimizado, a base de necedad e ineptitud, la importancia de sus programas electorales en un momento en el que dichos programas ya no tienen ninguna importancia. Sería bueno que dejaran de utilizarlos como arma arrojadiza, los dejaran en los cajones de sus despachos, y procedieran a pensar en lo importante. La gobernabilidad de España no pasa por poner encima de la mesa leyes, referéndums ni porcentajes de gasto, sino por descubrir la necesidad que tenemos los españoles de un gobierno que quiera gestionar los recursos que quedan para devolver lo saqueado. Hablo de la oposición actual, por supuesto. El PP solo quiere el gobierno para disponer de más tiempo… lo necesitan para dejarlo todo “atado y bien atado” ante la inminencia de tiempos poco favorables para sus intereses. Los demás, los que se echan las manos a la cabeza ante el desplante que les hemos dado por inoperantes, tienen otra oportunidad para empezar por el principio. Solo la falta de buena voluntad nos puede llevar a otro gobierno del PP o a otras elecciones. Los programas ya no importan. Los ciudadanos no estamos en esos programas hoy en día. Son folios plagados de excusas y escasa intención de cumplimiento. Los ciudadanos volveremos a vernos en sus programas cuando nos demuestren que somos para ellos lo más importante. Y eso, amigos, no es lo que sucede ahora mismo.

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